Loba traicionada

Paz

Herodes llevó a su esposa hasta el reino bajo un cielo que todavía guardaba rastros del enfrentamiento reciente. A su paso, risas, vítores y palmas abiertas los seguían sin descanso. El eco del combate había corrido veloz por aldeas, senderos y colinas, y ahora los ojos del pueblo se posaban sobre la reina con devoción sincera. Para muchos, Aria no era solo la consorte del soberano; se había convertido en una figura sagrada, una enviada divina que había roto las cadenas impuestas por la sombra vampírica que durante años los sometió.

Los estandartes ondeaban desde los balcones, las antorchas iluminaban los caminos y los murmullos se elevaban con gratitud. Nadie ignoraba el sacrificio que ella había hecho, ni el riesgo que asumió al colocarse al frente del conflicto. Aun así, Aria avanzaba sostenida por el brazo de Herodes, con el aliento corto y los párpados luchando por mantenerse abiertos.

—Amor… ¿estás bien? —preguntó él, con su voz grave, áspera por naturaleza, intentando suavizar el tono sin lograr disimular del todo su carácter dominante.

—Lo estoy, mi rey… solo deseo reposar y sentirte cerca —respondió ella, alzando la mano con dificultad, buscando el rostro que tanto la tranquilizaba.

Herodes se detuvo sin importarle el clamor que los rodeaba. Inclinó la cabeza y unió su boca con la de Aria, entregándole un beso profundo, lento, lleno de devoción. Su lengua recorrió con destreza un territorio conocido, impregnándose del aroma delicado que siempre lo anclaba a la realidad. Los aplausos crecieron, mas para él todo sonido externo dejó de existir; su universo entero se redujo a la mujer que sostenía.

—Pronto llegaremos, mi vida —susurró, dejando escapar palabras nacidas desde lo más hondo de su ser.

El amor que sentía por Aria no admitía comparación alguna. No existía medida posible para aquello que le despertaba el solo hecho de verla respirar. Ella representaba su hogar, su propósito, su razón para continuar. Ni su temperamento severo ni su carácter cortante lograrían jamás alejarlo de ella. Si debía cambiar, aprender o moderar gestos, lo haría sin dudarlo.

—Te amo… mi rey gruñón —murmuró ella, con una sonrisa tenue antes de rendirse al sueño.

Herodes reconoció el agotamiento en su cuerpo. Aceleró el paso, atravesando el último tramo del sendero hasta donde aguardaba el vehículo real. Subió con cuidado, acomodándola sobre su regazo, sosteniéndola con delicadeza. El motor inició su marcha y, durante el trayecto, él cubrió su frente, mejillas y cabellos con besos silenciosos, velando su descanso.

El trayecto pareció eterno. Su mente revivía escenas del combate, imágenes que prefería borrar. El pensamiento de perderla lo había atravesado durante la lucha, clavándose en su pecho con una angustia insoportable. Prometió en silencio que jamás permitiría que algo así volviera a ocurrir.

Al llegar al reino, Dalila y la reina madre aguardaban con rostros tensos. La visión de Aria inconsciente desató el desorden.

—¿Qué sucede con Aria, Herodes? ¿Qué le hicieron? —exclamó Dalila, con la voz quebrada y los ojos llenos de temor.

—Llévala a su habitación de inmediato. Busquen ayuda —ordenó la madre del rey, presa de un pánico imposible de ocultar. Para ella, Aria era hija tanto del corazón como de la sangre.

—Está a salvo. Solo necesita reposo —respondió Herodes, retomando su tono distante mientras subía las escaleras sin detenerse.

Los sollozos quedaron atrás. Su única prioridad era cumplir el deseo de su esposa. Abrió la puerta de la habitación y avanzó hasta el lecho cubierto de telas suaves. Depositó allí el cuerpo rendido de Aria y retiró con cuidado la prenda que aún llevaba, revelando la piel marcada por el esfuerzo.

Se dirigió al baño en busca de paños limpios. Necesitaba borrar los rastros del enfrentamiento, devolverle la calma, ofrecerle seguridad. Regresó y recorrió su cuerpo con movimientos lentos, respetuosos, dejando su piel limpia, intacta, digna de una reina.

Aria se movió levemente. Herodes se acostó a su lado y la envolvió con sus brazos. Cubrió su figura con una manta ligera y besó su sien en repetidas ocasiones. El ritmo de su respiración comenzó a cambiar. Aun dormida, su cuerpo reconoció la presencia que tanto la serenaba. El aroma de Herodes llenó sus sentidos y su mente se aquietó.

Para ella, él representaba el refugio absoluto. No necesitaba palabras grandilocuentes ni gestos exagerados. Bastaba su cercanía, su constancia, la manera en que siempre estuvo presente aun sin decirlo. Antes de conocerlo, nadie le había ofrecido un amor tan completo.

La noche avanzó lenta. Herodes permaneció despierto, pasando los dedos por los cabellos dorados de su esposa, escuchando su respiración acompasada, atendiendo los murmullos suaves que escapaban de sus labios al pronunciar su nombre. Esa certeza llenó su pecho de orgullo silencioso. Sabía que el corazón de Aria le pertenecía sin reservas.

Afuera, el reino celebraba la victoria. Dentro de aquella habitación, el verdadero triunfo era distinto: la paz compartida, el amor resguardado, la promesa muda de permanecer juntos frente a cualquier adversidad que el destino decidiera colocar en su camino.

Pasadas las horas, los rayos del sol le dieron el anuncio de un nuevo día; la cara de la reina se arrugó cuando la luz molestó su sueño apacible. Herodes protestó con un gruñido; ni siquiera el sol tenía ese derecho, nadie podía molestar a su amada.

El cuerpo ancho y fuerte del rey se levantó, haciendo que su ausencia quisiera que los ojos de su reina se abrieran. Ella sonrió al verlo refunfuñar, tapando hasta el mínimo agujero para que ella continuara con su descanso.

—Te ves adorable peleando con la naturaleza —le regaló una sonrisa dulce a su esposo, y él se giró resignado.

—No sirvió de nada porque te despertaste. ¿Cómo amaneciste, amor? —se acercó de nuevo hacia ella, sentándose a su lado.

Ella lo imitó y rodeó con sus brazos su cuello, sin darle una respuesta con palabras.




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