El sol iluminaba suave el comedor principal del palacio, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz y ofrecían vistas del jardín moderno que rodeaba la residencia real. Los aromas del desayuno flotaban en el aire: tostadas recién horneadas, frutas frescas, huevos preparados de distintas maneras y una variedad de infusiones. Herodes caminaba junto a Aria, sosteniéndola del brazo con cuidado mientras ella se acomodaba en la silla frente a la ventana. Su sonrisa aún tenía restos del sueño, pero brillaba con una energía serena que lo hacía sonreír a él también.
—Creo que este lugar va a ser perfecto para desayunar —dijo Herodes, señalando la mesa larga, con sillas de madera clara y cojines suaves que combinaban con la luz del amanecer—. Además, tenemos compañía hoy, muy a mi pesar —refunfuña
Aria giró la cabeza y vio a Dalila entrar sonriente, llevando una bandeja con jugos frescos. Su presencia iluminó la habitación de inmediato; no solo era su amiga, sino alguien que entendía todo su mundo, y se sentía más cercana a ella que a cualquiera en la corte.
—¡Buenos días! —saludó Dalila, abrazando a Aria con calidez—. ¿Lista para probar las nuevas recetas del chef? He traído jugo de naranja recién exprimido, con un toque de menta.
Aria rió, apoyando su mano en el brazo de Dalila:
—Siempre haces que hasta un desayuno sencillo se sienta especial.
No tardó en llegar la madre de Herodes, con un vestido ligero y elegante que le daba un aire moderno pero acogedor. Su mirada se iluminó al ver a Aria, y sus pasos suaves llenaron el comedor con la serenidad que siempre traía.
—Mi querida niña, me alegra verte bien después de todo lo que ocurrió —dijo, sentándose a la mesa y tomando la mano de Aria brevemente.
—Gracias, madre —respondió Aria, con un brillo sincero en los ojos—. Estoy contenta de estar aquí con todos ustedes.
El padre de Herodes entró en ese momento, con el porte tranquilo y seguro de alguien acostumbrado a mantener la calma incluso en los días más agitados. Saludó a todos con un gesto amplio y luego se inclinó brevemente hacia Aria:
—Mi pequeña hija, no sabes que feliz estoy de tenerte, por suerte no te perdiste el desayuno real —bromeó, provocando risas alrededor de la mesa.
Elías, el hermano menor de Herodes, apareció en escena con su habitual energía desbordante. No podía ocultar la emoción de ver a Aria sonreír y se sentó frente a ella, buscando inmediatamente maneras de provocarle risas.
—¿Y bien? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Quién va a competir conmigo en la elección de la mejor tostada de mantequilla? Porque advierto que soy imbatible.
Kael, siempre calmado, pero con una mirada llena de complicidad, se acomodó junto a Elías.
—No subestimes a la reina —dijo en tono bajo, provocando que Aria riera—. Podría sorprenderte.
Herodes arqueó una ceja, cruzando los brazos con expresión seria, aunque no podía evitar sonreír al ver a Aria.
—¿Veo que intentan distraerla mientras yo no estoy mirando? —dijo, un tono de celos ligeros se percibía, pero todo en clave de broma.
Aria levantó una mano, divertida:
—No se preocupen, estoy completamente concentrada en mi café —dijo, mientras Kael le ofrecía azúcar y Elías hacía gestos exagerados de derrota.
Herodes suspiró, pero una sonrisa lo traicionaba: sabía que no podía competir con tanta simpatía y encanto concentrados en una sola persona, y eso lo hacía sentir más cerca de ella.
La conversación fluyó naturalmente. Dalila contó historias divertidas del entrenamiento de los guardias, Kael mencionó nuevas tareas de magia que había preparado para mantener protegido el reino, y Elías no dejaba pasar la oportunidad de lanzar comentarios juguetones:
—¿Sabías que la reina tiene un talento oculto para elegir fruta perfecta? —dijo, tomando una manzana y mostrando una sonrisa traviesa—. Podría enseñarte, Herodes, aunque no sé si sobrevivirías a mi técnica.
Herodes frotó la frente fingiendo indignación, mientras todos reían:
—¡Basta! —exclamó con una sonrisa—. No necesito clases de fruta, tengo a la mejor aquí sentada frente a mí.
Aria se sonrojó apenas, y sus manos se encontraron con las de Herodes sobre la mesa. Un gesto simple, pero que decía más que cualquier palabra. Dalila observó con alegría y la madre del rey sonrió con complicidad.
La conversación se mantuvo ligera, las risas frecuentes y pequeños gestos románticos de Herodes: acomodando el cabello de Aria, ofreciéndole primero el pan, tocando su mano discretamente cuando se inclinaba hacia ella para hablar. Kael y Elías intercambiaban miradas y pequeñas bromas que hacían reír a todos, pero siempre respetando el espacio de la reina. Herodes lo notaba y no podía evitar fruncir ligeramente el ceño en gestos de celos juguetones, pero nunca de manera seria.
El desayuno se extendió más de lo habitual; la luz del sol se filtraba y las risas llenaban la habitación. Aria se sentía segura, amada y parte de la familia del rey, incluso en los gestos más pequeños de cuidado.
Después del desayuno, Herodes tomó la iniciativa:
—Hoy quiero llevarte a dar un paseo por el jardín y ver cómo recibe el reino a su reina. Pero primero, vamos a prepararnos —dijo, ayudándola a levantarse y ajustando la chaqueta ligera que llevaba.
Dalila se adelantó, sonriendo ampliamente:
—Te acompañaré, por supuesto. No podemos permitir que la reina camine sola entre tantos saludos.
—Y yo también —dijo Kael, cruzando los brazos con una sonrisa—. No sería justo que todos se agolpen sin guía.
—Bien, está decidido —dijo Herodes, mirando a Aria—. Seremos un pequeño grupo. Pero quiero que sepas… —añadió con un tono juguetonamente amenazante— que no permitiré que nadie robe tu atención mientras estoy cerca.
Aria rió y tomó su brazo:
—No te preocupes, mi rey. Nadie podría quitarme la sonrisa de esta mañana.
Elías no pudo resistirse a una última broma antes de salir:
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Editado: 02.01.2026