La manada Moonshades había cambiado con el tiempo. La ausencia de Aveline todavía dejaba un vacío difícil de nombrar, y las miradas de los lobos que compartían territorio con Darius reflejaban el respeto silencioso hacia su liderazgo, aunque el dolor seguía latente. Darius caminaba por los corredores de su residencia, sus pasos decaídos, observando la disposición de sus seguidores y recordando todo lo que había pasado. La memoria de Aria y de Aveline se hacía presente con cada decisión que tomaba y, por más que quisiera, no podía borrar los errores del pasado.
Los padres de Darius habían dejado salir los suspiros que habían retenido durante años. Su madre, con las manos apoyadas en la mesa del salón principal, se inclinó hacia su esposo, aceptando finalmente lo que ambos habían sabido desde el principio: Aveline había seguido un camino que les había sido imposible detener, y los actos que había cometido en contra de la manada, por dolorosos que fueran, habían marcado su destino. Sus rostros reflejaban resignación, pero no sin culpa. Habían sostenido normas rígidas y, aunque ahora la comprensión se abría paso, reconocían que algunas de sus decisiones habían sido crueles con Aria en su momento. Sus ojos se encontraron y, en silencio, admitieron que habían fallado con la muchacha que había sufrido a manos de la manada y de su propio padre, Cedric.
Cedric estaba en su habitación, con el rostro enterrado entre las manos. El sonido de su propia respiración se convertía en un eco doloroso que lo martillaba sin descanso. Golpeaba su pecho con movimientos desesperados, murmurando disculpas que nunca serían escuchadas por Aria. Sabía que ya no había regreso posible, que su hija había decidido mantenerse distante y que ningún gesto podría reparar lo perdido. Sus lágrimas recorrían surcos que llevaba años sin reconocer, y el arrepentimiento y la desesperación lo mantenían inmóvil durante largos minutos, mientras la conciencia de su abandono lo consumía lentamente. Cada recuerdo del pasado se le presentaba con crudeza, y la idea de que Aria lo repudiaba para siempre lo acompañaba en cada respiración.
Gritaba al viento y sus súplicas eran para la madre de Aria; le pedía perdón por haberse ensañado con el fruto de su amor, pero no había nadie que le diera tal perdón.
El hombre conocido como justo y leal a la manada le había fallado a la única persona a la que no debió hacerlo.
La esposa de Darius, por su parte, había tomado un camino distinto. Una tarde, sin aviso previo, dejó la manada para unirse a otro lobo, dejando atrás todo lo que habían construido juntos. Ella no pudo competir con la sombra de Aria y ni el poder que le daba ser luna fue suficiente para mantenerla con él.
La ausencia de su presencia en la residencia principal se sentía casi igual a cuando estaba, un vacío que se extendía por los pasillos. Darius no encontró palabras de reproche ni gestos de súplica: simplemente aceptó la traición y, en la tranquilidad que surgía después de la tormenta, comenzó a concentrarse en su liderazgo, en su manada y en mantener el orden dentro del territorio que dependía de él.
Cedric, en contraste, tuvo que enfrentar a la mujer que había compartido años a su lado y a su otra hija. Sus palabras fueron firmes y cargadas de emoción: cuestionó con dolor el modo en que habían tratado a Aria, les recordó los daños que infligieron y la injusticia que había soportado. La confrontación no fue violenta, pero sí profunda en significado. Cedric tomó una decisión que se había formado en lo más hondo de su ser: apartarse de su esposa y concentrarse en la manada como beta, dejando de lado los vínculos que habían sido tóxicos y concentrándose en reconstruir algo que todavía podía proteger y guiar.
Darius, mientras tanto, comenzó a encontrar un equilibrio nuevo. La ausencia de su esposa le permitió enfocarse más en su papel de alfa, en cuidar de su grupo y en velar por la seguridad de cada miembro. Su vida interna se fue ordenando poco a poco, aunque la sombra de Aria seguía presente en todas las reuniones sociales que involucraban a su reino. Cada encuentro con ella se convirtió en un ejercicio de respeto silencioso, una demostración de afecto que nunca podría volver a expresarse en plenitud. Darius aprendió a mirar sin reclamar y a vivir con los celos que le causaba verla con Herodes, ese hombre que todos creyeron que sería su final y demostró ser todo lo contrario: era su comienzo de felicidad.
Los días transcurrían con un ritmo que repartía obligaciones y memoria. Cedric, por su parte, aún sentía la ausencia de Aria como un punzante recordatorio de sus errores. Se encontraba con la hija que podía ver y con las responsabilidades hacia su familia fragmentada y, aunque la decisión de dejar atrás a su esposa no era sencilla, la claridad del juicio lo acompañaba. No podía reparar todo lo hecho, pero podía sostener aquello que aún dependía de su presencia y cuidado, porque, a pesar de que su otra hija era mayor de edad, al no tener mate podía tratar de enderezar su camino.
En la manada, los lobos aprendieron a mirar hacia adelante. Los sucesos dolorosos seguían marcando sus vidas, la culpa de haber maltratado a quien los salvó y haber venerado a la culpable de años de sufrimiento por ataques. Sin embargo, no había vuelta de hoja: lo hecho, estaba hecho.
El tiempo no se detuvo ni tampoco los encuentros con el reino de Luna Escarlata y, por consiguiente, los encuentros con Aria siendo feliz. Ella lo trataba igual a cualquier alfa y eso le dolía, porque presenciaba el amor con el que ella lo miraba; era más intenso de lo que alguna vez lo miró a él. Aparte, había celos y acciones posesivas cada vez que alguien miraba de más al rey; ella jamás fue celosa y, con su nuevo amor, era una mujer dispuesta a pelear por su esposo.
Cedric obligó a su hija a pedirle perdón a Aria. Le costó mucho hacerlo, pero igual lo hizo; él debía hacer las cosas bien, aunque Aria no perdonó. A pesar de ser una soberana, no les dio el poder de hacerla sentir cruel por negarse a perdonar.
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Editado: 02.01.2026