Loba traicionada

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En el reino de Luna Escarlata, Aria estaba en un día de chicas con su suegra y su cuñada; en realidad, estaba huyendo de Herodes, no quería que él se diera cuenta de sus sospechas antes de que ella lo hiciera.

—Esa rara Aria, ¿nos vas a decir qué te pasa? —indagó Dalila, con ganas de saber qué misterios se traía últimamente.

La madre de Herodes, por otro lado, estaba tranquila y en su rostro se pintaba una sonrisa pícara; ella sospechaba, aunque no tenía certeza, lo que le sucedía a su hermosa nuera.

—¿Por qué no le dices a Herodes en vez de huir? ¡Qué cobarde! —su suegra levantó una ceja y Aria se hizo la ofendida.

—¿Cobarde? ¿Ocultar? —No, madre, son impresiones suyas. Yo simplemente quería un día de chicas.

—Y tus extraños gustos por la comida, el hecho de que no paras de comer hielo, tus repentinas ganas de salir corriendo cuando ves estofado, ah… —subió y levantó las cejas la madre del rey—, y la forma en que no se te ve la cara ni a ti ni a Herodes hasta altas horas de la tarde.

Esto último puso a la reina de un color rojizo intenso; sus mejillas ardían y no sabía dónde meter la cara.

—Yo sigo sin entender. ¿Me pueden explicar qué carajos está pasando? —exclamó Dalila, molesta, y su madre la miró mal.

—Lenguaje, Dalila, cuida tu lengua; luego te quejas porque no has conseguido una pareja ideal —la reprendió su madre.

—Eeww —hizo una mueca de asco—. ¿Quién te dijo a ti que yo quiero ser la damisela de un lobo galante? ¡Mamá, por Dios, no todas soñamos con príncipe azul!

—Tu hermano no es un príncipe azul… —se quejó Aria—. Es un hermoso rey que tiene varias cosas de ambos mundos —se enrojeció de nuevo, causando la risa de todas.

—Es mi turno de decir “eeww” —se burló la madre de Herodes—. Pero, hablando en serio, ¿cuándo le vas a decir que será papá?

La cara de la joven quedó de piedra; no tenía idea de cómo se había enterado, ni siquiera estaba segura. Aunque bueno, tenía tres hijos y bastante experiencia, pero igual no dejaba de asombrarle la perspicacia de su suegra —madre.

—¿Eh? ¿Hijo? ¿Quién… quién está embarazada? —Dalila seguía sin entender, paseaba sus ojos del rostro de su madre al de su cuñada, hasta que cayó en cuenta—. ¿No… sí? ¿No… estás embarazada? ¡Estás embarazada! —el asiento donde reposaba quedó bamboleándose cuando se levantó de pronto para abrazar a Aria; se detuvo un momento al pensar que la estaba abrazando muy fuerte y se disculpó, muy torpe.

—Descuida, aún está pequeño y no es que esté muy segura. Hace un rato, cuando entré al baño, me hice una prueba y estoy esperando —sacó de su bolsillo el objeto color blanco, el cual tenía tapado con su dedo pulgar, el resultado que la angustia.

—Ya pasaron más de dos minutos. ¿Será que puedes decirnos si sería abuela o no? —la señora extendió su mano y abrió y cerró las puntas de sus dedos en una clara señal de que mostrara la prueba de embarazo.

—Pero… ¡acabamos de casarnos! Y si no quiere… Herodes es… muy serio. Me he preguntado muchas veces si querrá hijos o no —soltó cada una de las dudas que tenía acumuladas en su cabeza durante algún tiempo.

Dalila y su madre se quedaron viendo un segundo con una mirada tensa, haciendo dudar y temer un poco más a la joven Aria. Aunque, de repente, rompieron en risas ante tal bobada; era imposible que Herodes no quisiera ese embarazo: primero, porque involucraba a su amada esposa y todo lo que la daba involucraba a él —para él, eso era un milagro—, y segundo, porque era Herodes y amaría a ese niño.

—¿Por qué se ríen? No lo tomará bien, ¿cierto? —susurró, bañada en dudas. Aunque no se quedó mucho tiempo con ellas.

—Pequeña… te quiero igual que a mi hija Dalila, y puedo decir que te conozco perfectamente a pesar del poco tiempo que llevamos de conocernos. Imagínate cuánto conozco a mi hijo Herodes. Sé de primera mano que amará a ese bebé, si es que no tiene las manos metidas en este embarazo —subió y bajó las cejas, poniendo a pensar a Aria en varias actitudes de su esposo bastante cuestionables.

—No creo, puede que lo acepte, pero no creo que haya… —su cabeza se perdió un segundo en cada insistencia de su esposo por tomar los brebajes de Kael, por esa forma tan rara que quería que se pusiera después de hacer el amor con pasión, y de la forma en que no quitaba las manos de su vientre al dormir.

—¿Qué pasa, hija? ¿De qué te acordaste? —su suegra volvió a sonreír con una ceja alzada, confirmando lo que ya sospechaba.

—No, no es nada. Mejor vean y me dicen —Aria estiró su mano mostrando la prueba de embarazo, que mostraba dos rayitas. A pesar de que los lobos emanaban un olor diferente cuando estaban embarazadas, ella, tal vez por sus capacidades de élite, no emitía esos colores, ni siquiera cuando estaba en celo, a menos que ella quisiera.

—¡Ahhhh… voy a ser abuela! —gritó emocionada la señora y se levantó de inmediato, rodeando el cuerpo de su hija con el corazón.

—¡Eso es una locura! Voy a ser la tía más hermosa de todo el reino —se pavoneaba Dalila, emocionada—. Herodes se va a morir de la felicidad.

Las lágrimas de Aria no se detenían; estaba emocionada. Tenía una pequeña parte de Herodes en su ser, tenía algo de miedo, no quería ser tan mala madre como lo fue su padre con ella, pero, en el fondo, sabía que no podía ser así; había sufrido mucho como para tratar a su pequeño bebé tan mal.

Las tres mujeres estaban tan sumidas en su celebración que no se dieron cuenta de los seis pares de ojos que las estaban acechando.

—Hasta que al fin lo logré —la voz de Herodes retumbó en el pequeño lugar.

Aria quedó pálida y llevó la mano a su pecho; ver al hombre que amaba parado frente a ella, asechándola en modo acosador, era lo más lindo y aterrador que podía imaginarse.

—¿Qué lograste? No me digas que tienes algo que ver en esto, Herodes —lo señaló con el dedo, moviéndolo de arriba abajo.

El rey levantó las manos con un rostro de inocencia que solo daba miedo; a pesar de que quería parecer dulce e inocente, se veía un poquito siniestro.




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