Loba traicionada

Pancita de amor

Las manadas ya habían corrido la voz por los senderos del bosque y por los pasillos de piedra: la reina Aria aguardaba vida nueva. La noticia despertó júbilo, promesas al cielo y también vigilancia constante. Aun sin señales de amenaza, Herodes reforzó guardias, selló accesos y ordenó turnos dobles. Bajo ninguna circunstancia permitiría una desgracia. Su compañera y su cachorro eran prioridad absoluta.

—Ya te dije que no quiero comer eso —Aria miró el platillo con gesto de rechazo, el verde espeso no lograba engañarla.

—Debes alimentarte mejor, amor —Herodes avanzó con la cuchara, paciente.

Las risas brotaron alrededor al ver el ceño fruncido de la reina.

—Soy loba, no chivo —respondió, inclinándose para rozar sus labios y desarmarlo con ese gesto breve.

Kael apareció con un fajo de pergaminos, decidido a hablar sobre rutas, patrullas y acuerdos. El objetivo era claro: ocupar al rey mientras Aria escapaba del menú impuesto. El hechicero desplegó mapas y cifras, y Herodes escuchó sin perder de vista a su compañera. Ella sostuvo un vaso oscuro, misterioso, lo llevó a su boca con aire triunfal y sonrió. El contenido quedó en secreto.

Los días avanzaron y con ellos crecieron los abrazos prolongados, los besos repentinos, los antojos inesperados y una sucesión de berrinches que arrancaban carcajadas. Herodes celebraba esa etapa. Siempre había amado la dulzura de Aria, aunque verla reclamar, señalar y ordenar lo llenaba de orgullo. La reina reclamaba espacio, pedía atención, exigía sabores nuevos. El reino aprendía a adaptarse a ese ritmo.

Una tarde, Herodes regresó con pasos silenciosos y sonrisa ancha.

—Mi amor, mira lo que traje.

Aria aguardaba las cremas habituales, tal vez una sopa tibia. La sorpresa la dejó sin palabras: una bandeja colmada de postres brillantes, frutas bañadas en miel, tartas suaves y pequeños bocados de chocolate.

—Amor… ¿esto es real? ¿Es mío? —sus ojos relucieron, la espera había despertado un apetito voraz por lo dulce.

—Totalmente real, vida. Lo que mi reina desea, mi reina recibe —rodeó su cintura redondeada con una mano y besó su cuello, lento, dejando que ella se perdiera en los aromas.

Aria probó un pastel, cerró los ojos y suspiró satisfecha. La escena arrancó sonrisas discretas en la servidumbre, que se retiró con respeto.

—Te veo radiante hoy —dijo él, admirándola.

—Dirás grande —replicó ella, cruzando los brazos con fingida ofensa.

—Preciosa —corrigió—. Tus muslos me enloquecen, tu vientre despierta ideas prohibidas y tus pechos son mi ruina.

La besó y luego la estrechó, permitiendo que apoyara la cabeza en su hombro. El latido del rey se volvió ritmo seguro para la reina.

Con el paso del tiempo, el palacio cambió. Se colocaron tapices nuevos para aislar corrientes, se perfumaron salones con esencias suaves, se abrieron balcones al amanecer para que Aria respirara aire fresco. Las sanadoras acudían a diario, revisaban, aconsejaban y sonreían al ver la energía de la reina. Kael reforzó sellos antiguos, trazó símbolos protectores y renovó juramentos.

Una noche, la luna bañó de luz plateada los jardines. Aria caminó despacio, apoyada en Herodes, observando luciérnagas danzar. El silencio resultó cómodo, lleno de promesas.

—¿Tienes miedo? —preguntó él, con voz baja.

—No —respondió—. Tengo sueños. Veo un reino más vivo, risas en los pasillos, pasos pequeños corriendo.

Herodes la besó en la sien. Juró en ese instante custodiar ese futuro con todo lo que era. No hubo discursos ni testigos, solo un rey y su reina bajo el cielo nocturno, sostenidos por el amor y por la certeza de un mañana que ya latía dentro de ella.

El alba llegó con cantos. Aria despertó con nuevas ganas, pidió frutas rojas y pan tibio. Herodes rió y ordenó servir. El reino continuó su marcha, atento, expectante, celebrando la espera.

La barriga de Aria ya no pasaba desapercibida. No importaba cuántas capas de telas usara ni cuán sueltas fueran las túnicas; el crecimiento había adquirido una presencia propia, imposible de ignorar. Los pasillos del palacio murmuraban con curiosidad, pero nadie se atrevía a formular la pregunta en voz alta. Nadie, excepto ella.

—Me miran —dijo Aria una mañana, acomodada sobre cojines, mientras Herodes le ajustaba con cuidado un chal sobre los hombros.

—Porque estás hermosa —respondió él, sin ironía ni exageración—. Y porque jamás habían visto algo así.

Herodes no permitió que caminara sola ese día. Ni el siguiente. Ni ninguno después. Si el trayecto era corto, la sostenía por la cintura; si se alargaba, la cargaba sin previo aviso, ignorando las protestas suaves que terminaban siempre en risas.

—Herodes, puedo caminar —decía ella, aferrándose a su cuello.

—Y yo puedo cargarte —replicaba él—. Ambas cosas son ciertas, pero solo una me deja tranquilo.

Ese mismo mediodía decidió llevarla al lago antiguo, un espejo de agua oculto entre árboles viejos que solo la familia real y la manada conocían. Ordenó que nadie los siguiera. Kael fue la única excepción.

Aria observó el lugar con ojos brillantes. El lago reflejaba el cielo con una claridad irreal.

—Es precioso… —susurró.

—Para ti —respondió Herodes, sentándola con cuidado sobre una manta gruesa, asegurándose de que nada rozara su vientre de forma incómoda.

Kael alzó las manos, murmuró palabras antiguas, y el agua comenzó a elevarse en figuras delicadas. Arcos líquidos se congelaban en el aire, transformándose en esculturas de hielo translúcido, flores, lobos, lunas. Aria llevó una mano al pecho, emocionada.

—Es magia viva —dijo.

—Es para ti —corrigió Herodes.

Esa noche, Herodes le leyó. Tomó un libro de cuentos antiguos: historias de lunas gemelas, de lobas blancas que guiaban a sus crías entre sombras, de reyes que aprendían a escuchar antes de gobernar. Aria se recostó a su lado, con la cabeza sobre su hombro, los ojos cerrándose poco a poco.




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