Dalila bajó del vehículo al borde de la carretera y respiró hondo. El motor seguía rugiendo suavemente mientras el sol se ocultaba tras los picos cercanos. Los valles al sur del reino habían sufrido demasiado durante años de caos: las manadas habían sido quebradas y las aldeas abandonadas; vampiros corruptos impusieron miedo hasta que los nuevos monarcas decidieron ponerle fin. Ahora todo cambiaba, aunque lentamente. Los vampiros bajo Vlad, su nuevo líder, vigilaban sin exigir respeto; las hadas, lobos y humanos comenzaban a recuperar la autonomía que les habían arrebatado.
Ella estaba allí para asegurarse de que la reconstrucción funcionara, para que nadie olvidara lo que había ocurrido y para que no se repitieran errores antiguos. Aria no podía recorrer los territorios debido a su embarazo, y Dalila asumió la tarea sin molestia alguna. No necesitaba que nadie la llamara princesa; su presencia era suficiente para que los líderes de manadas la escucharan, respetaran y siguieran sus indicaciones.
La princesa caminaba entre los claros con botas firmes sobre la tierra húmeda. Dafne, su loba, estaba alerta, su instinto siempre captando algo que Dalila no podía ver. Cada vez que pasaba por un valle, un bosque o un sendero solitario, su cuerpo reaccionaba: un escalofrío que recorría su espalda, era un estremecimiento que la mantenía alerta. No entendía por qué, pero lo sentía. La sensación era intensa; percibía que alguien la estaba observando desde la distancia.
La primera parada fue la manada del valle del sur, una de las más golpeadas por los antiguos vampiros. Dalila revisó refugios, observó a las crías y conversó con líderes. Enseñó a organizar patrullas y a comunicarse con humanos y criaturas mágicas; cómo crear acuerdos que fueran respetados. Mostró a los jóvenes lobos la manera más práctica de vigilar sin intimidar, y a las hadas les enseñó a protegerse y educar a sus crías sin miedo.
—El respeto se gana, no se impone —decía Dalila—. Nadie tiene derecho a dominar a los demás solo por nacimiento, poder o sangre.
Dafne aullaba internamente, aprobando cada movimiento de Dalila; sus decisiones las tomaba con cuidado y claridad. La loba reaccionaba a cualquier sombra que se moviera, ninguna mirada fija en ella pasaba desapercibida. Dalila no se sorprendía: había aprendido a confiar en ese sexto sentido.
Después de recorrer varios valles, la jóven llegó a un pequeño lago oculto entre árboles y rocas cubiertas de musgo. Una cascada alta borraba cualquier sonido del exterior, y el lugar estaba vacío. Era su refugio secreto, donde podía despojarse de la tensión del reino, de la vigilancia constante y de las expectativas de todos. Allí se desnudaba, se sumergía en el agua fría y sentía que Dafne cobraba vida en cada latido de su corazón. El agua despertaba sus sentidos y la llenaba de energía para seguir su misión al día siguiente.
Ese día, sin embargo, la sensación de ser observada regresó, más intensa que nunca. Dalila percibió un escalofrío, alguien estaba cerca. Dafne reaccionó con un rugido interno, sus instintos alertando de una presencia desconocida. La loba giró en su interior, sus sentidos extendiéndose por la zona, reclamando territorio. Dalila se tensó, consciente de cada movimiento alrededor.
—¿Quién está ahí? —gritó, la voz decidida, pero alerta.
El agua se agitó y una figura emergió lentamente de entre los árboles que rodeaban la cascada. Vlad el nuevo rey de los vampiros, apareció, caminando sin apuro hacia el lago, sin mostrar temor ni intención de ataque. Su piel pálida brillaba con la luz del atardecer; sus ojos rojos seguían cada movimiento de Dalila. La tensión entre ambos fue inmediata. Dafne rugió, reclamando.
Mate, anunció por el vínculo, dejando a la joven helada.
—Esto no es lo que parece —dijo Vlad—, su voz profunda, llena de curiosidad y celos.
Dalila retrocedió ligeramente, el agua salpicando.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, tratando de mantener el control sobre la situación y sobre Dafne.
—Sabes por qué, lo sientes —dio un paso hacia ella—. No voy a irme hasta asegurarme de que estás bien —respondió Vlad, avanzando un poco más. Cada movimiento suyo mostraba dominio y cuidado al mismo tiempo.
Dalila sintió que su cuerpo reaccionaba antes que su mente. Dafne, dentro de ella, aullaba con ese deseo de reclamarlo. Vlad sostuvo la chaqueta frente a ella y la acercó suavemente. Sus dedos rozaron su rostro mientras la ayudaba a cubrirse, y la electricidad que recorrió a Dalila fue inmediata, intensa. La loba gritó internamente, reclamando a Vlad como protector y guardián, y algo profundo se activó dentro de ella.
—Mío… —exclamó Dalila, con la palabra quemándole la garganta.
—Tuyo… y tú mía —apretó los dientes—. Odio verte a diario aquí, desnuda, exponiéndote a cualquier infeliz.
Ella rspiró hondo; sus palabras debían molestarla, pero no lo hicieron, a pesar de que odiaba que la controlaran.
—Eres mi mate… ¿tú, un vampiro?
—Y tú mi Tua cantante —acarició su rostro—, mi otra mitad. Te he buscado por siglos, vida mía.
—O sea que eres un viejo —bromeó, y el vampiro la besó; su piel, a pesar de ser fría, se sintió igual a un fuego que los consumía.
—Este viejo ha hecho que salga un olor diferente y delicioso de tus piernas ahora mismo —sentenció, orgulloso de lo que provocaba en ella—. Hoy el rey tiene a su reina —la apretó de la cintura, y su cuerpo mojado lo hizo gemir.
Los encuentros con Vlad se hicieron habituales. Dalila dejó de nadar desnuda; el lago pasó a ser un lugar donde conversaban, y ella lo convencía de que era una locura. Ese lugar era donde podían intercambiar no solo besos, también problemas, solo con contarlos.
—Tú eres vampiro, yo soy princesa —decía Dalila, desafiándolo con una sonrisa.
—Y yo no pierdo —respondía Vlad, ladeando la cabeza con un brillo travieso en los ojos.
Cada día la relación crecía en silencio; para Vlad, ella era una recompensa. Los besos pasaron de tiernos a intensos, él se volvió posesivo y ella ya no quería dejarlo solo.
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Editado: 07.01.2026