La sala del ala central estaba abierta de par en par, con los ventanales dejando pasar el tono dorado de una tarde que avanzaba lenta. Sobre la mesa larga reposaban platos hondos de cerámica oscura, pan partido con las manos, frutas abiertas aún húmedas, carnes especiadas servidas en cortes generosos. El aroma llenaba el espacio y se acompasaba con voces que no hablaban bajo, sino con la confianza de quienes compartían linaje. Eran los timbres de voz de la familia real.
Herodes permanecía sentado a la cabecera. No tocaba la comida. Tenía los antebrazos apoyados sobre la madera, las manos enlazadas y la espalda recta. Sus ojos recorrían el rostro de Aria una y otra vez, sin descanso. Ella estaba a su derecha, vestida con un vestido claro que caía amplio sobre el vientre pronunciado. Sonreía mientras escuchaba, aunque sus dedos presionaban la tela a ratos, con una tensión breve que soltaba rápido.
—Los clanes del norte enviaron muchos regalos —dijo el padre de Herodes, partiendo pan—. Lo han hecho para dejar claro su felicidad por el futuro heredero.
La madre del rey asintió, tomando una copa pequeña.
—Las manadas simplemente no olvidan que está a punto de nacer el heredero de las personas que los salvaron cuando nadie más lo hizo, un acto heroico del tamaño de lo que hicieron ustedes dos —observa a Aria y a Herodes—. No es algo que se pueda olvidar fácilmente.
Dalila, sentada junto a Vlad, giró la muñeca y dejó ver el anillo que brillaba al tocar la luz. Siempre que podía lo miraba; era un tic que se había vuelto costumbre. A veces sus hermanos bromeaban diciéndole que ya sabían que tenía un anillo, pero ella no paraba de jugar con él. —En los territorios vampíricos no se habla de otra cosa. Estamos emocionados por conocer a nuestro príncipe o princesa.
Vlad inclinó la cabeza, con una media sonrisa tranquila.
—Los ancianos brindaron esta mañana. Usaron sangre añeja ceremonial para desearles felicidad y buena vida al heredero.
Kael apoyó el codo en la mesa y mordió una manzana.
—Todos dicen heredero, no se han puesto a pensar que es una heredera, una reina hermosa como Aria.
El comentario de Kael se ganó un gruñido de parte del rey; no le gusta que le vean de más a su esposa.
Elías, sentado frente a Aria, la observaba con una devoción que no disimulaba. Tenía el plato intacto.
—Dulce chica —dijo, usando el apodo de cariño o uno de los tantos que siempre usaba—. Cuando ese pequeño llegue, voy a estar ahí para ustedes, lo voy a malcriar y seré su tío favorito.
Aria alzó la vista y sonrió, con un brillo suave.
—Siempre lo has estado.
El sonido de cubiertos siguió unos segundos. El ambiente era estable, con risas breves, comentarios sueltos y bromas de parte de Elías, sobre que hace mucho que Herodes no iba a secuestrar esposas. Esto solo hacía que su hermano quisiera golpearlo, pero era cierto: ya no salía a buscarle cosas a nadie, tenía a la de él y eso bastaba.
Aria llevó la mano al vientre cuando un dolor la atravesó. No fue un gesto delicado. Sus dedos se hundieron en la tela y su respiración cambió. Aspiró hondo y exhaló despacio. Nadie habló al principio.
Herodes fue el primero en notarlo.
—Cachorrita, mi amor.
Ella levantó la mano libre, pidiendo tiempo. Su mandíbula se tensó. Los labios se apretaron. El aire entró por la nariz en una toma corta, luego salió en un hilo.
Dalila dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
Aria abrió la boca para responder. No salió voz. Sus hombros se elevaron. El color de sus mejillas se apagó apenas un grado.
Kael ya estaba de pie.
—Llévenla arriba. Ahora.
La silla de Aria se movió hacia atrás con un sonido seco. Herodes se arrodilló frente a ella sin pensarlo. Tomó sus manos, que estaban húmedas.
—Estoy aquí, cariño —dijo—. Mírame.
Ella clavó los dedos en los suyos. No habló. Su vientre se tensó más bajo la tela. Sentía su panza endurecida y un dolor desgarrante que parecía que le estaban abriendo desde adentro.
—Arriba —ordenó la madre del rey—. La habitación sellada.
El padre golpeó la mesa con la palma abierta.
—Que nadie se quede atrás.
El trayecto por los pasillos no fue lento. Aria avanzaba en brazos de Herodes. Sus pies colgaban y se movían al ritmo de los pasos.
La túnica se empapó de sudor en la espalda. Su respiración ya no seguía ritmo alguno. El aire entraba en golpes cortos, salía con un sonido que se quebraba al final.
—No —murmuró, apretando los dientes—. No todavía.
Herodes inclinó la frente hacia la suya.
—Mírame. Respira conmigo.
Ella negó con la cabeza. Un temblor le cruzó los brazos. Su vientre volvió a tensarse, esta vez con violencia. Sus dedos se clavaron en el antebrazo del rey. Las uñas marcaron su piel.
—Me quema —susurró—. Por dentro.
Kendra en su cabeza aullaba con un dolor indescriptible y ambas compartían el mismo miedo.
Kael abrió la puerta alta con un gesto seco. La habitación estaba lista. El lecho elevado, las telas limpias, los símbolos grabados en el suelo. Tres sanadores entraron a trompicones: dos mujeres y un hombre. Manos listas.
—Acuéstenla —dijo uno—. Ahora.
Aria fue llevada hasta el lecho. Apenas tocó la superficie, su cuerpo reaccionó. Se arqueó, lanzó la cabeza hacia atrás y un grito salió de su pecho sin forma ni control. No fue largo. Fue crudo. Sus manos buscaron algo a qué aferrarse. Herodes las tomó sin pedir permiso.
—No me sueltes, Herodes —dijo ella, con voz rota.
—No lo haré, amor mío —la voz de él era clara y tranquila, pero en realidad se estaba muriendo de terror; su corazón latía con demasiada rapidez.
El primer espasmo la recorrió entera. Su abdomen se contrajo, arrancándole un grito terrorífico. Sus muslos se pusieron rígidos. Un sudor frío brotó en su frente y sus labios se partieron al morderlos.
—Levanten el vestido —ordenó una sanadora.
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Editado: 07.01.2026