El reino se sentía diferente; las manadas habían resentido esta situación con la reina.
La familia real se veía feliz, aunque en realidad ya no era la misma.
La madre de Herodes sentaba a su nieto mayor en las piernas. Era una copia de su madre, aunque con una mirada parecida a la de su padre. Todos se preguntaban por qué había pasado eso; sin embargo, no había una respuesta clara.
Herodes tenía en su mano a sus otros dos hijos varones. No podía parar de mirarlos. Estaba afuera, en el balcón del castillo, mostrándole a sus hijos lo maravilloso que era ese lugar gracias a su madre.
Los ojos del rey brillaban de orgullo y su pecho se inflaba al recordar a su esposa, aquella chiquilla triste que fue regalada a él; esa que bastó ver por unos segundos para reconocer que sería su perdición, y lo fue.
—Ba... bu... ba —Heros balbuceó; era el más activo de los cuatro.
El rey amaba a todos sus hijos, pero le costaba cargar a su pequeña Alice porque era materializar a su esposa. Todo en ella era igual a su madre; lo desarmaba con sus ojitos tristes y esa sonrisa tímida.
Los bebés cerraron sus ojitos y él los llevó a su habitación. Al llegar vio a Alice acurrucada, mirando a la nada. Las sonrisas de la pequeña eran un misterio; jamás había sonreído. Se dedicaba a mover sus manitas y a pasar desapercibida. Él no quería eso.
—Hola, princesita, mira nada más qué hermosa estás —acarició su cabello y ella lo miró. Para el rey fue un momento maravilloso. Luego la bebé regresó la mirada a la nada y él la cubrió hasta la cintura con su pequeña manta y se alejó de allí.
Los pies del rey lo llevaron con pasos temblorosos a la habitación donde sus hijos nacieron. Ese lugar era un santuario.
Al entrar, sintió un dolor atravesar su corazón.
—No puedo, amor —cayó arrodillado; sus ojos se enrojecieron y su pecho subía y bajaba con violencia—. No puedo sin ti, cachorrita.
Los puños golpearon el suelo y ahogó un grito desgarrador.
—Aria... mi dulce cachorrita, no puedo... —jadeaba para poder hablar—. Te extraño y tengo miedo de no ser un buen padre —el nudo en su garganta dolía y quemaba.
Se acercó a la cama y tocó el borde de esta. Sus ojos abrieron las compuertas y las cascadas de angustia se desbordaron. Anhelaba verla de nuevo, añoraba poder besar a su mujer.
Al rey le dolía ver a su hermana feliz con su amado; Vlad la trataba igual que él trató a su cachorrita.
No soportaba mirar a Elías en una relación que le sirvió para soportar la desgracia de Aria...
Antes disfrutaba de conseguirle pareja a sus hombres y hoy le molestaba ver a Kael pensando en amar; todos esos sentimientos egoístas eran porque él no la tenía a ella.
—Te amo... es injusto que me hayas dejado —la voz se le oscureció, haciendo presente a Zeus también—. No podemos seguir sin ustedes, nos han destrozado el alma.
La voz de Herodes y la del lobo Zeus se hacían una sola y se oía de ultratumba.
—No somos tan fuertes... vuelvan, por favor, regresen a nosotros.
Los ojos de Aria seguían cerrados y ella parecía una estatua de hielo en la cama. No había calidez en su cuerpo, tampoco un pulso latente; aunque, de manera impresionante, no se había descompuesto su cuerpo. Solo estaba allí, sin vida, aunque intacta.
Mientras que, en algún lugar lejos de allí, la voz de Aria resonaba. Estaba en una nada oscura; no sentía preocupación, solo paz.
Su madre estaba con ella; la mujer era una versión diferente de ella.
Aria por fin tenía lo que deseó en su infancia: a su madre, a la mujer que no conoció pero a la que le rogó a la luna poder hacerlo.
La mujer le decía que era maravilloso tenerla allí, pero que ella debía recordar su dolor por años; que necesitaba volver con sus hijos, pero no era decisión de Aria. Eso solo era posible si sus decisiones eran correctas.
—Hija... —su madre acariciaba su rostro—. Hay personas que te esperan; tus bebés lo hacen.
—Y yo estoy lista para regresar, mamá... pero no pasa, tal vez... este es mi lugar —su tono era resignado.
Su madre, Alina, negó fervientemente.
—No, hija, y lo sabes; pero no puedes regresar con tu corazón lleno de odio.
La mujer siempre le repetía lo mismo y ella no entendía, hasta que su madre trató de ayudarla más.
—Tu padre cometió un gran error al no cuidarte y culparte de mi muerte —su voz era suave y melodiosa—, pero es tu padre, hija... No quiere decir que le abras las puertas de tu vida de nuevo, pero debes perdonarlo.
Aria se alejó. El dolor de la cabaña, los maltratos, las burlas... todo el desprecio de su papá durante años regresó a ella.
Sus preguntas de pequeña a la luna, queriendo saber por qué la odiaba.
Todo se le arraigaba igual a raíces venenosas.
—Es tu padre, hija... no tienes por qué olvidar. Tampoco quiero aceptarlo; solo... perdona y libera la amargura de tu alma antes de que te consuma. Eres una elytar y eso puede volverte un demonio.
Aria dejó que las palabras de su madre rompieran el yugo, que se transformaran en un hacha, la cual golpeaba con fuerza las ramas del odio.
Aria se alejó aún más. Una luz llamó su atención y, al acercarse, vio a Herodes en el suelo; su dolor era el de ella.
De pronto comenzó a recitar.
—Padre... por esas veces que no me abrazaste, te perdono —murmuró, soltando uno de los puñales amargos en su alma—. Por cada cumpleaños sola... —sollozó—. Te perdono.
Caminaba más hacia la luz y esta se hacía más grande.
—Por permitirle a todos dañarme... te perdono —sus lágrimas brotaban, aunque no eran amargas; dejaban paz en su corazón—. Por condenarme al exilio y odiarme al nacer... yo te perdono, papá.
La cadena mayor cayó y la luz la hizo cerrar los ojos; su madre sonrió.
—Te amo, Aria... mi niña hermosa.
La reina Aria atravesó la luz blanca; todo desapareció a su alrededor. Ahora apenas veía algo de sombras mientras abría sus párpados.
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Editado: 07.01.2026