Locuras enlistadas

Capítulo 1

Mi mente solía alterarse con situaciones ante las que no encontraba registros precedentes. Viajar sola era una de esas experiencias que carecía de previa vivencia. Estas situaciones desconocidas despertaban mis miedos y me llevaban a imaginar irracionalidades.

¿Qué sucedería si me equivocaba de autobús y terminaba en el extremo opuesto del país? ¿Y si me confundía de asiento y todos se burlaban? ¿Y si necesitaba ir al baño y, cuando regresaba, el autobús había partido? La lista continuaba y la irracionalidad se incrementaba a lo largo de los incisos. Era consciente de la falta de sensatez, pero aun así allí estaba, temiéndole de todas formas.

Me costaba mucho salir de mi zona de confort y hacer una viaje, sola, era un punto al que no había llegado antes. A pesar de la incomodidad, sabía que aquello era algo que no podía evitar. Debía enfrentarlo porque valía la pena, todo aquel nerviosismo merecería la pena cuando llegara a destino.

El sonido del motor del autobús ingresando a la estación, llamó la atención de todos. Mi padre se puso de pie y tomó la maleta. Eso me sacó de mis pensamientos y me llevó a imitarlo. Comenzamos a caminar hacia donde correspondía y mi madre nos siguió a paso más lento.

—¿No olvidas nada? —inquirió mirándome de reojo—. Estarás un mes allí… —Me recordó como si fuese algo que pudiese pasar por alto. Al parecer, le afectaba la idea de no tener a su única hija en casa durante treinta días.

—Creo que guardé todo —afirmé aferrándome a la mochila que llevaba en los hombros.

—Acuérdate de llamar cuando llegues —me pidió mi madre cuando llegó a nuestro lado.

—Los llamaré —prometí—, no se preocupen. No me mudaré y tampoco iré a un lugar desconocido. —Traté de tranquilizarlos, aunque la que más nerviosa estaba era yo.

Esperamos hasta que vimos que algunas personas empezaron a acercarse al autobús. Entonces la despedida tomó protagonismo; fue iniciada por mi padre quien me envolvió en un abrazo de oso. Al segundo, mi madre se unió a la pequeña ronda.

—Me incomodan —manifesté sin responder al abrazo.

—Deja esa frialdad de lado y abrázanos un ratito. —Casi suplicó mi padre apretujándome con más fuerzas.

Suspiré y elevé ambos brazos para rodear con el derecho a él y con el izquierdo a mi madre. Una vez conformes, se separaron de mí. Mi padre, con una mueca en sus labios, me entregó la maleta. Volvió a abrazarme y finalmente me dejó ir. Mi madre me observó con un brillo en sus ojos y me dedicó una de esas sonrisas que me transportaban a mi niñez, que me hacían sentir que todo estaba bien.

—Te extrañaremos —articuló mi padre.

—Yo también —admití—. Los quiero —les dije mientras comenzaba a caminar hacia el autobús.

Avancé sin dirigir mi vista atrás. Fijé mi destino en el transporte y hacia allí me dirigí. Una vez que dejé la maleta en el lugar correspondiente, subí y me dispuse a encontrar mi asiento. Recorrí el pasillo buscando el número treinta y dos. Avancé mientras hacía sonar mis dedos nerviosa, hasta que lo encontré. Estaba casi en la mitad y del lado izquierdo; daba al pasillo. Saqué mi celular junto a los auriculares y dejé la mochila en la parte superior. Luego me senté rogando no tener acompañante de viaje y, si lo tenía, que fuese soportable.

Los minutos comenzaron a avanzar y el transporte estaba cada vez más lleno, pero el asiento que se encontraba al lado mío seguía vacío. Cada vez estaba más convencida de que viajaría sola. No es que fuese asocial, sino que había escuchado anécdotas sobre personas a las que les había tocado viajar con gente ruidosa, que roncaba o que hablaba dormidas. De solo pensarlo me daba miedo.

Dos minutos antes de la hora en la que se había definido la salida, subió un joven que captó la mirada de todos los que aún no se habían dormido; incluso la mía. La forma peculiar en la que estaba vestido, los tatuajes extravagantes y coloridos de sus brazos, y los piercings que tenía en el labio, ceja y pómulo eran razón suficiente para justificar la reacción de todos. Empezó a avanzar por el pasillo y las miradas lo siguieron, aunque a él pareció no molestarle.

Sus pasos se detuvieron justo a mi lado. Mi corazón se aceleró.

—¿Treinta y tres? —inquirió con voz profunda, clavando sus ojos en mí.

No reaccioné al instante. Sus ojos celestes me atraparon por completo y no terminé de comprender la razón de su pregunta. Por suerte, a los pocos segundos, entendí a qué se refería. Era el asiento contiguo al mío. Asentí.

—Creo que viajaremos juntos —comentó revelando una sonrisa muy linda en su rostro.

Luego de dejar su mochila al lado de la mía, me pidió permiso para pasar hacia su asiento. Aquello me sorprendió; era raro encontrar a alguien que mantuviese modales de ese estilo, era bueno toparse con un chico así.



Antonella Vecchietti

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En el texto hay: vacaciones, verano, viaje

Editado: 22.05.2018

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