A los siete meses de embarazo renuncié a mi trabajo.
No porque dejara de importarme.
No porque me hubiera vuelto irresponsable.
No porque quisiera descansar cómodamente en casa mientras los demás resolvían mi vida.
Renuncié porque ya no podía más.
Y decir “ya no podía más” todavía se queda corto.
Mi cuerpo estaba cansado.
Mi cabeza estaba saturada.
Mi embarazo necesitaba cuidados.
Mis dos niñas seguían necesitando a su mamá.
Mi matrimonio seguía atravesando problemas.
Las mujeres del pasado seguían dejando ruido.
Y mi trabajo continuaba exigiendo la misma versión eficiente de mí, como si yo no estuviera embarazada, preocupada, asustada y emocionalmente al límite.
Las responsabilidades administrativas no desaparecen porque una mujer esté a punto de colapsar.
Los pendientes siguen llegando.
Los correos siguen esperando respuesta.
Los problemas siguen teniendo fecha límite.
Y mientras todos necesitan que soluciones algo, nadie parece preguntarse quién está solucionándote a ti.
Yo llegaba.
Cumplía.
Respondía.
Organizaba.
Resolvía.
Y después regresaba a casa con el cuerpo agotado y la cabeza todavía trabajando.
Porque el trabajo terminaba a una hora.
Mis pensamientos no.
Esos hacían horas extras.
Sin sueldo.
Sin descanso.
Sin pedir permiso.
Podía estar acostada intentando dormir y recordar una fotografía.
Un comentario.
Una llamada.
Una duda.
Y otra vez comenzaba todo.
Las preguntas.
Las cuentas.
Los escenarios.
Las conversaciones imaginarias.
Mi cabeza era una oficina que nunca cerraba.
Y yo era la única empleada.
A veces me sorprendía pensando:
No puedo seguir así.
Pero al día siguiente me levantaba.
Me arreglaba.
Y seguía.
Porque yo ya sabía hacerlo.
Era mamá de dos niñas.
Tenía responsabilidades.
No podía simplemente desaparecer unos días mientras mi vida se organizaba sola.
Así que intenté sostenerlo todo.
Ese fue mi gran error.
Creer que podía ser madre, esposa, trabajadora, mujer embarazada, resolver problemas emocionales y además mantenerme tranquila.
Todo al mismo tiempo.
Qué ambiciosa.
Qué absurda.
Qué acostumbrada estaba a exigirme más de lo que le habría exigido a cualquier otra persona.
Mi alimentación empezó a empeorar.
No porque no supiera que tenía que comer bien.
Por supuesto que lo sabía.
Ya había sido madre dos veces.
Sabía perfectamente que mi cuerpo necesitaba nutrientes, descanso y estabilidad.
Pero saber algo no siempre significa ser capaz de hacerlo.
Había días en que comía tarde.
Otros en que apenas tenía hambre.
Otros en que estaba tan ocupada resolviendo cosas que dejaba mis propias necesidades para después.
Siempre después.
Yo podía esperar.
Eso pensaba.
Mi bebé no.
Mi cuerpo tampoco.
Y empezó a hacérmelo saber.
Llegaron los sustos.
Los riesgos.
Ese miedo que ninguna mujer embarazada quiere sentir.
¿Y si lo pierdo?
La pregunta aparecía y me paralizaba.
Porque una cosa es sentirse emocionalmente destruida.
Otra muy distinta es sentir que todo ese estrés podría terminar afectando a la persona que llevas dentro.
Entonces apareció la culpa.
Como si ya no tuviera suficiente.
Me sentía culpable por preocuparme.
Culpable por llorar.
Culpable por trabajar demasiado.
Culpable por comer mal.
Culpable por no descansar.
Culpable incluso por sentir rabia.
Qué cosa tan cruel puede ser la maternidad cuando empiezas a creer que cada emoción negativa te convierte en una mala madre.
Yo quería estar tranquila.
De verdad quería.
Pero mi vida no estaba tranquila.
Y no importa cuántas veces una persona te diga:
“No pienses en eso.”
Qué gran consejo.
Como si la preocupación tuviera botón.
Como si pudiera mirar una fotografía que me lastimaba y pensar:
Perfecto, la analizaré después del parto.
Como si las llamadas, las versiones, los problemas laborales y los miedos pudieran respetar horario de oficina.
No.
Todo llegaba cuando quería.
Y yo seguía absorbiéndolo.
Hasta que un día mi cuerpo dijo algo que yo llevaba meses negándome:
basta.
A los siete meses ya no estaba simplemente cansada.
Estaba colapsada.
Y lo sabía.
Había llegado a un punto en que ir a trabajar no era solamente levantarse y cumplir.
Era reunir pedazos de mí cada mañana para aparentar que todavía funcionaba.
Yo podía estar frente a una computadora trabajando mientras por dentro estaba pensando en mi embarazo.
Podía estar resolviendo una responsabilidad y sentir miedo por algún síntoma.
Podía sonreírle a alguien mientras en mi cabeza todavía estaba repitiéndose una discusión de la noche anterior.
Y eso desgasta.
Muchísimo.
Porque fingir que estás bien también consume energía.
Y yo ya no tenía.
Mi esposo estaba ahí.
No voy a borrar eso.
Estuvo a mi lado durante el embarazo.
Entre nuestros problemas, dudas y discusiones, estuvo.
Pero incluso teniendo a alguien al lado, había una parte de este proceso que yo estaba viviendo completamente sola.
Porque nadie podía meterse dentro de mi cabeza y apagarla.
Nadie podía cargar por mí el miedo de perder a mi bebé.
Nadie podía sentir exactamente lo que yo sentía cuando mi cuerpo me daba una señal que me asustaba.
Y tampoco podía delegar mis responsabilidades de madre.
Mis niñas seguían necesitando atención.
Seguían necesitando a su mamá.
Yo no podía llegar a casa y anunciar:
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Editado: 25.09.2026