Los Brazos de Morfeo.

17.

Noah:

Perdí de vista a todos.

Sí.

Soy una idiota.

La música es tan fuerte que apenas si puedo oír el latir de mi desaforado corazón. Nunca me sentí tan desesperadamente perdida.

La fiesta de Susanowo es en el sótano de una gran mansión en Tokyo, hay tanta gente que apenas si se puede caminar, para nada es una fiesta formal, la gente va vestida como si fuesen a un club nocturno. Me siento fuera de lugar, Freya me obligó a ponerme una falda engomada negra y un top del mismo color, me siento desnuda e indefensa con ésta mierda puesta.

Y ni hablar de los zapatos que me obligó a usar, tacos del demonio...

Al entrar en el lugar, los dioses se separaron para buscar al anfitrión de la fiesta, se supone que debía quedarme con Nale y Sacha; pero ellos fueron llevados por la marea de cuerpos danzantes y antes de que me dé cuenta, estaba perdida.

Perdida en éste lugar tan enorme, entre la oscuridad y los flashes de colores que me confunden. La idea de buscar a Susanowo pasa por mi mente, pero el problema es que no sé cómo luce.

Una capa de sudor ardiente cubre mi cuerpo entero, y de nuevo me veo arrastrada por la gente, doy varios traspiés mientras intento mantener el equilibrio sobre estos elementos de tortura llamados zapatos.

De repente, tropiezo y caigo contra la espalda de alguien, la vergüenza se dispara sobre mi al instante, mientras el desconocido se gira para verme.

Unos ojos claros me escanean y un destello inhumano se enciende en ellos.

¿Te conozco? —pregunta alzando sus cejas rubias.

—No... Lo siento —digo y me giro para irme, pero sus dedos se aferran a mi muñeca y es en ese momento cuando noto una leve descarga eléctrica.

Cuando lo encaro, él ha sentido lo mismo.

—Eres una Nefilim, ¿verdad? —dice y me sorprende que pueda oírlo a través de la fuerte música—, no puede ser...

—Debo irme —espeto intentando safarme de su agarre, pero lo intensifica aún más—. Suéltame.

—Hey, Noah —Una voz conocida logra destacar entre la música electrónica y me encuentro con unos ojos azules.

Pero la mirada de Nale se desvía hacia el chico desconocido, veo pasar muchas emociones a través de ellos; alegría, confusión, alivio y algo de enojo.

—¡Santiago! —exclama con una radiante sonrisa.

—¿Nale? —exclama él y una sonrisa atraviesa su rostro—. N-No puede ser, amigo...

—¿Qué haces aquí? —pregunta el ángel.

—Me enteré de la fiesta y de que unos dioses intentan encargarse de Zeus, creí que podía ser de ayuda —Se encoge de hombros y su mirada eléctrica se fija en la mía—. ¿Tú qué haces aquí?, ¿eres su novia? —pregunta señalando a Nale—. ¿Y Emeraude?

—Ella es su prima, San —dice Nale, algo incómodo—. Emeraude murió en... El ataque...

Los ojos del rubio se abren de golpe y retrocede unos pasos, pero choca contra alguien y maldice.

—¿Muerta? —exclama como si no pudiera creerlo.

Yo tampoco quisiera creerlo.

—Necesito un maldito trago —espeta y toma del brazo a Nale para arrastrarlo entre la gente.

Pero antes, el ángel me suelta unas palabras al oído: —Ellos están arriba.

Mis ojos vagan hasta la escalera que da a éste lugar, no está tan lejos y si ellos están arriba, discutiendo del dichoso plan, yo debería ir. Yo también soy parte de esto.

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Morfeo:

La mirada rígida se Susanowo se mantiene en la mía todo el tiempo mientras le relato el plan, todos en la gran mesa de ésta lujosa sala de juntas no me quita los ojos de encima. Ni siquiera Hades, Freya o Apolo, a quienes ya se los dije unas mil veces.

El ambiente está tenso, desconfiado. El cabello oscuro del Dios de la tormenta luce algo despeinado, trae un jersey dorado abierto, dejando ver su piel desnuda, sus pantalones son negros y distingo los múltiples tatuajes que pintan la poca piel que deja al descubierto.

—Que plan carente de esperanza... —masculla y una sonrisa se forma en sus delgados labios—. Lo entiendo y admito que no es un mal plan, a pesar de lo drástico que es.

—La ignorancia de mi padre le impide tener conocimiento suficiente de las puertas de Tártaro —La voz de Apolo los sorprende a todos, el rubio luce completamente intimidante, con su cabello despeinado y su penetrante mirada. Él puede ser muy serio cuando se lo propone—. Pero es posible que Odín sepa del tema, si pudiera usar mi oráculo, podría confirmarlo... —dice, la vista de los dioses en la mesa se choca de nuevo con la mía y necesito un cigarrillo...

—Conozco las reglas del Olimpo, no pueden utilizar sus poderes fuera de allí —comenta el dios—. Aunque yo tengo mi propio oráculo —dice y todas las miradas se fijan en él—. Mi plan lo conocen, pero el que sea visto en el oráculo, es el que será elegido, sea cual sea el resultado, así lo dicta el destino.

Hades comparte una mirada fugaz conmigo, no está para nada convencido con la situación, pero es la única forma que tenemos de reclutar más gente. No planeo liderar la rebelión.

Solo ejecutarla y ganar.

Acabar con Zeus y el sufrimiento de todos para siempre.

El malestar me ataca de repente y mis piernas flaquean, por suerte todos están concentrados en algo que Osiris, Dios de Egipto, plantea.

Tomo asiento y respiro hondo todo lo que puedo, reprimo la tos que amenaza con hacerme escupir sangre y lucho contra el dolor que se expande por todo mi cuerpo. Una oleada de calor me golpea brutalmente, siento que mi camisa me ahoga, a pesar de que tengo los dos botones abiertos, siento que me asfixio, que me sofoco.

De repente mis sentidos vuelven una milésima de segundo al oír el nombre de la Nefilim.

—¿En verdad es tan poderosa? —pregunta Susanowo con entusiasmo—, ¿podría conocerla?, Estoy seguro de que todos aquí quieren verla —Le hace una señal a un guardia de la puerta y éste se acerca.




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