Los Brazos de Morfeo.

37.

Loki:


—¿Vamos a tu habitación, padre? —pregunto cerrando la puerta tras de mí.

—No, la tuya está más cerca —dice acercándose.

—Pero... Las ninfas la están ordenando, era un desastre —miento mirándolo a los ojos.

—Pues que se vayan —masculla, me hace a un lado y entra.

Siento la adrenalina correr por mi cuerpo y lo sigo, pero el alivio me golpea cuando no veo a Eros por ninguna parte.

—Quería decirte que lamento haber sido tan tosco contigo, hijo —dice mirándome con su ojo bueno, su cabello oscuro está peinado hacia atrás y trae puesta su armadura como de costumbre.

Mi padre en el mundo humano parecería mi hermano mayor. Tiene la apariencia de un mundano de treinta y cinco años, pero su mirada siempre severa delata que es mucho mayor.

—Puedes asistir a las reuniones del Consejo, aunque realmente no son la gran cosa. Me demostraste que puedes cumplir una misión como la que se te dio exitosamente.

—Bien, padre, no sabes lo feliz que estoy —Sonrío y nos damos un apretón de manos antes de que él se marche.

Fue la charla más falsa que tuve en mi vida, luego de que Thor anduvo hablando de manera sospechosa con la Nefilim, según me dijo Eros, mi padre debe estar enojado con él, y claro, a falta del hijo perfecto, está el repuesto.

Me pregunto si Eros estaba actuando un desmayo porque no lo encuentro por la habitación, hasta que se oye el ruido del resorte de mi cama.

—Les salvé el trasero —dice Hipnos, ha adoptado la apariencia de una mujer muy hermosa con pelo blanco y corto, ojos azules y una figura perfecta—. Realmente, deben tener más cuidado.

—¿Por qué lo has hecho? —pregunto acercándome.

—Porque Eros es amigo mío y no quiero besar sus labios solo porque tú eres un indiscreto. —Me espeta—. Éste chico está muriendo porque te ama, míralo.

—Nunca le pedí que sacrificara algo por mí —Me encojo de hombros y de repente siento su mano estrellarse con mi mejilla.

—¡Reacciona!, Si no lo quieres díselo, él sufre. Sufre por amor y tú eres un desgraciado que solo quiere sexo, me das asco.

—Es el Dios del amor sexual, no debería quejarse —digo tomando sus muñecas.

—Pues yo sí me quejo y si no haces algo sobre ésto, voy a devorar esa boca tuya y te mandaré al peor agujero del Inframundo, ¿oíste?

Me empuja con fuerza y camina hacia la puerta para irse.

Mi mirada viaja hasta Eros, quien sigue inconsciente en la cama. Suspiro y camino hacia él.

No necesito terminarlo, necesito tiempo para aceptarlo.

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Noah:

El tiempo parece haberse detenido de verdad, porque no siento dolor, solo puedo ver los ojos de la muerte fijos en los míos y su bello rostro.

Sus manos frías contra mis mejillas son lo único que puedo sentir en éste momento.

—No suelo hacer éstas cosas, pero me llamas la atención —dice con su voz neutra—. Te haré elegir, Nefilim. ¿Quieres morir ahora, con un pacífico beso mío?, ¿O quieres seguir adelante y ver qué sucede con tu tortuoso destino?

Me quedo sin palabras.

Por un lado, morir de una vez y tener paz es muy tentador, pero por el otro... No sé si quiero rendirme. No sé si quiero darles la satisfacción de bajar los brazos.

No me quiero ir sin ver a Zeus arder en su miseria.

Quiero vivir —musito y él me mira la boca y luego mis ojos.

—Eres una persona interesante y estúpida, bien. Si esa es tu decisión, la respeto —dice y sus labios suaves tocan mi frente.

Su toque es una sensación demasiado placentera, es como si me brindara paz y calidez, a pesar de que es la Muerte y todo en él es frío.

Se separa de mi y el tiempo vuelve a correr, puedo sentir el dolor intenso del rayo contra mi cuerpo y la sangre escapar a borbotones de mi boca.

—Tánatos, creí decir que no volvieras —dice Zeus.

—Creí decir que no puedes ordenar cosas a la Muerte, Zeus, voy a donde se me place, no necesito tu permiso —Le dice con serenidad—. Te sugiero que pares de golpearla, está justo al límite y no te servirá para tu propósito si es un cadáver.

—Está bien —musita el Dios y el rayo se desvanece, dejándome con el sufrimiento de los daños que causó.

Mis ojos van y vienen de un lado al otro, sin poder ver con claridad absolutamente nada. Sé que Tánatos me está levantando en brazos porque sus manos son tan heladas como las de un muerto y muy suaves al mismo tiempo, pero no puedo mirarlo bien.

Siento mis huesos volver a su sitio y suelto un gemido de dolor mientras mi cuerpo se regenera. Las heridas de mi espalda no sanarán, eso lo sé. Eros dijo que la herida causada por un rayo de Zeus nunca se cura del todo.

De repente puedo oír murmullos a mi alrededor y soy depositada en una silla, donde sujetan mis muñecas con cadenas.

Poco a poco mi mirada se va enfocando para ver a los dioses del Consejo frente a mi.

Odín, Atenea, Ares, Afrodita, Hera, Tyr y otros dioses de otros mundos que no conozco, sé que cuatro de ellos son asiáticos y los otros deben ser Egipcios. Me sorprende no ver a Thor junto a su padre.

Zeus ocupa su lugar junto a Odín y Hera.

—Atenea —La llama el Dios de los dioses y su hija se levanta.

Su larga cabellera rubia y sus ojos oscuros me miran con curiosidad y diversión. Camina hacia mí y se posiciona a mis espaldas.

—Ha llegado el momento de conseguir una guerrera más —dice Zeus—. Y también un guerrero.

Las puertas se abren y una pequeña figura es arrastrada hacia mi lado, el horror me consume al ver que es el pequeño Jasper. Su cabello rubio está empapado en sudor y luce enfermo, como si tuviera fiebre.

Alguien entra por otra puerta, un pequeño niño, que no parece tener más de ocho años, de cabello rubio y ojos dorados, se acerca al hijo de Skadi.




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