Los Brazos de Morfeo.

81.

Maine:

No me gusta la idea de ir en autos separados, pero somos bastantes y debemos ir en dos camionetas a quién sabe dónde. No conozco a las personas que manejan, realmente ni siquiera las he visto bien.

Noah no parecía muy convencida al respecto, para nada convencida.

No sé qué habrá pasado con Morfeo, pero se nota a leguas que está afectada. Me apena mucho que esté así, me da rabia que la hayan atormentado tanto, una chica tan bella en una guerra como ésta. Primero debe ganar la guerra que se libra en su interior.

Frente a mí van sentados dos demonios y en medio la pobre Artemisa, que se coló con nosotros a último momento. Su hermano está a mi izquierda, mirando a ambos monstruos con recelo. Hace tiempo que no veía a Apolo, está bastante arruinado, lejos de sus años de gloria. Debido al grillete debe sentirse bastante atado. Criaturas como Pandora y yo, maldecidas por los dioses, no lo llevamos.

Lo que faltaría, que no me dejen usar mis poderes en tierra.

—Vaya, vaya —dice uno de los demonios, lleva un jersey negro y abierto sobre su torso desnudo—, no me has dicho tu nombre, cariño —Su mano toca la pierna de Artemisa y me faltan las palomitas para ver el gran espectáculo que se viene.

—Yo no lo haría, amigo —Sonrío de lado.

Noah se endereza, hasta ella sabe que fue un grave error. Ni siquiera es necesario que Apolo le salte encima. Artemisa se vale de una pequeña navaja de bolsillo para cortar la mano del demonio y casi siento pena por él. Yo le destruí la otra.

La sangre de color negro ensucia los jeans de la Nefilim y fulmina al demonio con la mirada. Al parecer esa sangre es un tipo de ácido o algo así, porque la tela comienza a deshacerse, causando que el otro diablillo se ría.

— ¿Se puede saber qué tienen contra mis manos? —protesta el manco.

—Tal vez que no las dejas quietas —comento cruzándome de brazos.

— ¿Qué pasó con Vincent? —pregunta Apolo copiando mi gesto.

Artemisa baja la mirada.

—Nada, solo prefirió ir con Hades y yo con ustedes —dice entrelazando sus manos sobre su regazo, siempre tan pulcra y refinada.

Al cabo de unos minutos, dos manos vuelven a nacer de esas muñecas mutiladas y todos lo vemos con cara de asco.

—Son tan repugnantes —Rueda los ojos Noah.

—Al menos ya no soy manco —masculla el demonio y se dirige a su compañero—. Amón, ¿Qué tan lejos estamos?

—A diez metros —indica asomándose por la ventana.

—Esto será divertido —Sonríe en respuesta con dientes afilados.

Artemisa me mira con el ceño fruncido y yo me encojo de hombros. No tengo idea de lo que hablan.

— ¿Para qué... ? —Comienza la Nefilim, pero entonces el suelo bajo el auto se desvanece—, ¡Oh, maldita sea! —exclama aferrándose a mi brazo.

Estamos cayendo por un foso enorme.

— ¡¿Qué planean, monstruos?! —chilla Apolo a punto de avalanzarse sobre ellos.

—Qué dramáticos son, solo tomamos atajos —Se excusa el tal Amón escondiendo una sonrisa.

Noah tiembla y yo pongo mi mano sobre las suyas con la intención de calmarla un poco.

La camioneta aterriza con brusquedad, causando que saltemos un poco de nuestros asientos. Cuando me inclino para ver a través de la ventana, veo una especie de túnel, el calor intenso se percibe al instante.

— ¿Es en serio?, ¿Los túneles del infierno? —espeta la Nefilim soltándome—, ¡¿Cómo se les ocurre traernos aquí?!

—Oh, ya cierra la boca, maldita niña histérica —exclama Amón haciendo un ademán con su mano.

Veo una especie de energía negra desprenderse de sus dedos y golpear la frente de Noah, causando que caiga hacia adelante, pero la sostengo.

— ¿Qué hiciste? —pregunto mirando a ese monstruo.

—Solo la he dormido, no estoy de humor para berrinches ridículos —dice sacando su celular—. ¿Escuchas eso? El bello silencio de esa tarada dormida.

Entierro el tacón de mi bota en su entrepierna y reprime un gemido.

—A veces me pregunto la finalidad de esa educación de mierda que tienen ustedes, no se ven mejores así, ¿Saben? —mascullo—. Y más le vale que tengan cuidado con tocar a ésta niña, tiene mi protección.

Artemisa me mira.

—Qué miedo —farfulla el otro—. ¿Cómo te llamas?

—Maine —espeto acomodando a Noah para que pueda recostarse sobre mí—. No me interesa el tuyo.

—Te lo diré de todas formas —Sonríe de lado—, Abaddon, Príncipe del Infierno y demonio de la destrucción.

—Príncipe del Infierno, vaya... ¿Debería sentirme intimidada?

— ¿Acaso no lo estás?

— ¿Ya pueden parar con éste coqueteo ridículo? —protesta Artemisa mirándome mal, yo me encojo de hombros.

—Los monstruos no me van —respondo con algo de estupor.

—Las prefiero rubias —refuta el demonio mirándola.

— ¿Acaso quieres que te corte la cabeza ésta vez? —Lo amenaza.

Pero no deja de mirarme como si quisiera asesinarme. Mira a la Nefilim, luego a mí y así sucesivamente.

"¿Celosa?" Digo sin emitir sonido y arqueo mis cejas, ella lee mis labios y rueda los ojos.

Sonrío para mis adentros.

— ¿A dónde nos llevan? —pregunta Apolo para cambiar de tema, Amón se endereza.

—A la casa de los Malcolm.

— ¿Quiénes? —preguntamos él y yo al unísono.

—No es necesaria más explicación, dioses, no planeamos nada contra ustedes —dice con molestia.

—Si tenemos la oportunidad de fastidiar al viejo Luci, no la desperdiciaremos —Sonríe Abaddon con malicia.

— ¿Y qué tanto falta para llegar? —pregunta Artemisa.

—Casi ocho horas, no podemos utilizar los portales sin que el jefe lo sepa, así que lo mejor es tomar el camino más largo —explica Amón—. En sí, podría ser peor.

—Genial, estaremos ocho horas encerrados en ésta asquerosa camioneta junto a ustedes, ¡Qué divertido! —farfulla la diosa.

Abaddon golpea la ventana polarizada que da a la cabina del conductor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.