Los Brazos de Morfeo.

83.

Rei:

He vuelto a soñar con Pandora.

Otra pesadilla disfrazada de dulce sueño, de nuevo esos ojos ambarinos, esos bellos pómulos pálidos, esas mejillas sonrojadas y esa suave voz, no importaba lo ruda que quería tratar de ser, seguía siendo una voz suave que no conocía lo que es un grito de guerra o de intensa agonía.

Recordarla no me hace bien, me hace sentir tan culpable que me parece imposible que sea tan intenso sentimiento. Estuve encerrado por seiscientos años y nunca me he arrepentido de mis actos, nunca he llorado por ni una muerte que he ocasionado. Ni siquiera las de niños. Los humanos no son seres que me interesen, no son nada para mí. Si ellos se creen libres de asesinar, no solo animales, sino también a sus crías, ¿por qué no pagarles con la misma moneda? ¿Quién les da el derecho de hacer esas cosas?

Pandora me ha afectado hasta este punto gracias a que estábamos conectados, me ha enredado en su ser y se ha ido sin deshacer los nudos. Me ha colgado de sus cabellos, para luego cortarlos de forma brutal.

Dolió tanto no poder salvarla, y no solo de forma psicológica, sino también física. Se cortó el lazo y si Tsukoyomi no me hubiese atado a él, habría vuelto a mi prisión eterna en aquella dimensión solitaria y alterna.

La oscuridad le envolvió y pudrió de todas las maneras existentes y pidió por una ayuda que me fue imposible darle.

Ahora está muerta y yo me tragué mis palabras de protección, de que estaría allí para ella, soy un tonto. Soy un tonto por dejarme llevar por este tipo de sentimientos hacia una simple humana con una caja mágica.

Hace ya dos semanas que hemos llegado a Japón el dios de la luna y yo. Luce tan extraño todo a mi alrededor, pero a la vez tiene ese aura familiar que me hace sentirme en mi hogar. Tsukoyomi fue claro: solo estaré fuera hasta que la guerra termine, luego volveré a mi prisión.

Volveré a la profunda soledad, al silencio, al frío que transmite la ausencia de cualquier otra forma de vida aparte de mí.

—Simplemente no puedo pensar en todo lo que sucedió. —dice el dios de la luna, mientras bebe un vaso de agua y mira a Cang, el dios chino que decidió acompañarnos también—. Ya han pasado unos cuantos días, Tsukoyomi, espero que todos estén recuperados y listos para cuando volvamos a reunirnos, debemos pensar las estrategias que utilizaremos en la guerra, Zeus tiene a Tyr, Ares y Atenea, debemos ser muy cuidadosos con lo que hagamos —masculla y yo bebo el whiskey que logré servirme antes de que Cang se apoderara totalmente de la botella.

No estuve en presencia de los ataques que sufrieron, pero sé que fueron graves y que tuvieron bastantes muertes. Después de que se rompiera el lazo con Pandora, enfermé por el cambio, todo me dolía, me sentía desganado, deprimido. La había tenido entre mis brazos cuando dio su último respiro, cuando minutos atrás, la tenía abrazada contra mí como si fuese una niña. Había despertado cierto instinto protector que no había sentido antes con otros lazos, con otras personas o seres.

Me pregunto si se hubiese quedado en mis brazos de saber la cantidad de gente que he asesinado sin piedad y lo poco que me importa.

Quisiera saber porqué me pone tan malditamente triste su muerte, no estaba enamorado, eso lo sé. La conocía muy poco como para eso, pero sentía cierto aprecio, cariño, lo que sea. Odio sentirme así, no debería importarme, no debería...

No debería, jamás.

—Rei, ¿estás bien? —pregunta el dios de la luna mirándome de soslayo, le dedico una sonrisa melancólica antes de terminar de beber lo que queda de mi vaso, cosa que es inútil, no puedo emborracharme, en un sentido literal que no puedo, no con alcohol humano.

—Claro que sí, llorar se ha convertido en mi pasatiempo favorito, ¿sabías? —mascullo con todo el sarcasmo del mundo.

Me siento como si todo me golpeara la cabeza una y otra vez, todos mis recuerdos, mis sueños, mis pesadillas, todo dándome tortuosos escalofríos y más dolor que parece ser tristeza, más sentimientos que nunca he experimentado. Me duele el pecho y no puedo parar, no puedo despegar mi vista de la ventana de la casa donde estamos, tratando con todas mis fuerzas de contener mi corazón que parece treparse por mi garganta. Repitiendo una y otra vez que no me importa, que nada lo hace, que todo estará bien y que este no soy yo.

Extraño a mi familia, a mi hermana Hitomi, a mis sobrinos, cuyos rostros apenas recuerdo, ni siquiera puedo acordarme de algunos nombres.

¿Cómo era la voz de Hitomi? ¿Cómo era mi madre?

Golpeo la mesa donde estamos sentados y se hace pedazos, siento astillas enterrarse en mi piel, pero no me importa, ya no sé lo que es el dolor, ya no sé diferenciarlo de las demás sensaciones que me agobian y desnudan ante la vista de todos.

La he olvidado, maldición. He olvidado su voz.

—Rei —dice Tsukoyomi con desaprobación mientras saca su katana y me apunta con ella—, ten cuidado con lo que haces.

No puedo evitar reír.

—Vamos, estoy esperando a que lo hagas, Tsukoyomi —digo mirándolo, aunque mi vista se nubla un poco por la humedad de las lágrimas asquerosas y tan ajenas a mí que me asustan—. Lo mejor que podrías hacer es asesinarme.

—Te necesito en la guerra, todos te necesitamos allí, es el único motivo por el que sigues vivo —espeta guardando su arma—, si sobrevives, ahí estaré para cumplir tu deseo, puedes estar tranquilo.

Al parecer lo único que soy capaz de hacer es reírme de lo ridícula que es la situación.

— ¿En verdad necesitas que empiece a decirte lo idiota que era tu hermano o utilizar otras provocaciones para que me mates? Cada vez tiene menos sentido hacerlo, sigues siendo incapaz de tomar tus propias decisiones, incapaz de dar un solo paso solo, Cang ya habría acabado conmigo —digo viendo la sangre en mi mano luego del golpe a la mesa.




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