*Eden*
En un abrir y cerrar de ojos, Raisa desaparece porque Leif corre hacia ella y se la lleva a toda velocidad.
Al principio mis pulgas quedan incrédulas, pero enseguida estallan en carcajadas, sujetándose la barriga.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunto sin aliento.
—Parece que cierto hombre está desesperado por estar con su amada —dice Devian con tono burlón mientras se acerca con el corazón acelerado.
El contacto de sus manos cálidas me provoca un estremecimiento. No solo yo estoy nerviosa, también noto sus reacciones. Casi no puede respirar por la emoción, pero lo disimula demasiado bien.
—Te dije que haría lo que sea —me susurra.
Me abrazo a él sin pensarlo, aunque no con la fuerza que quisiera porque temo lastimarlo. Huele tan bien que me quedaría aquí de por vida.
—Mi loba descarriada, nosotros también te extrañamos.
—¡Devian! —lo reprendo.
—¿Quién más? —le pregunta Riven.
Lo fulmino con la mirada, pero Devian suelta una risita encantadora que me borra el enojo al instante.
—Mi castillo y yo, obviamente —responde Devian, alejándose un poco de mí para voltear a ver a mis cachorros.
—Parece que nuestros papás se van a tardar, ¿por qué no abrimos los regalos? —propone Dean.
—¡Sí! —exclaman mis otras pulgas.
Aunque me encanta tener más tiempo con ellos, las dudas que me asaltan no me permiten estar en paz con la idea de sentarme a abrir regalos como si nada hubiera pasado.
—No, antes me van a explicar por qué me mintieron —les digo a mis pulgas—. Todo este tiempo me dijeron que su madre había muerto. ¿Y ahora resulta que…?
—Perdón, es que no te lo podíamos decir. Era un secreto —me responde Lunaire con carita de tristeza—. Perdón.
—Yo te explicaré todo lo que quieras saber —me dice Devian—. Tengo algunas cosas que explicarte, Eden, y también quiero pedirte perdón.
—¡¿Perdón?! —exclamo asustada—. Devian, lo único que has hecho es ayudarnos. Sí, sé lo que acordamos, pero…
Devian me interrumpe con un beso que me deja atontada y prácticamente sin neuronas. Es indescriptible lo mucho que lo he extrañado, incluso sin pensar demasiado en esa noche en la que estuvimos juntos.
El vínculo entre compañeros duele tanto que ahora entiendo por qué Leif está con Raisa ahora mismo.
—Sí, quiero pedirte perdón por no comprenderte. Ahora que he visto tu cara de tristeza, me queda claro que nunca podrías separarte de los niños.
—Pero tengo que hacerlo —suspiro—. Su madre está con ellos de nuevo.
—No, no podemos dejarte, tía Eden —dice Riven, abrazándome—. No nos puedes dejar, no.
—No, te queremos mucho y eres genial —murmura Dean, mirándome con ojos llorosos.
—Has sido como nuestra mamá —dice Lunaire—. Si te decimos tía es solo para no herir a mamá, pero en nuestro corazón lo eres también. Nunca queremos que te vayas.
Caigo de rodillas al suelo, llorando con el rostro entre las manos. El alivio, el amor, la emoción y un sinfín de sentimientos me invaden.
—Yo tampoco quiero dejarlos —sollozo—. Son mi vida, mis hijos. Lo han sido todo para mí desde que aparecieron en mi casa.
—Y que corrimos a Sam —recuerda Lunaire, riéndose.
—¿Quién es Sam? —pregunta Devian, sin disimular su enfado—. Eden…
—Mi ex —explico con una risita mientras me limpio las lágrimas—. Nada importante.
—Ese tonto besó a otra chica —gruñe Riven—. Por eso la tía lo mandó al mismísimo inframundo.
—Espera, no, no literalmente —le aclaro a Devian, que tiembla de rabia.
—¿Y por qué no? No merece vivir. Dime dónde vive ese pedazo de…
—Basta —le pido—. Ni quién se acuerde de él.
—¡Estos niños sí se acuerdan!
—¿Y? Si yo no me acuerdo, entonces…
—Claro que se acuerda, y mucho —dice Dean, malicioso—. Tío Devian, perdón, su majes…
—No, no, tío Devian está bien —responde, agachándose a su altura—. Dime todo lo que sepas, ¿serías mi ayudante? Te daré todo lo que quieras, ya lo sabes.
—¿Un auto? Claro, con chófer.
—¡Pero claro!
—¡Basta, Devian! —exclamo preocupada—. No le vas a dar un auto a Dean.
—Silencio, loba infiel y mentirosa —resopla él mientras se levanta—. Tal vez no lo mandemos a la horca, pero le va a venir muy bien un aumento de impuestos.
—¡Sí! —exclama Lunaire—. Y se los podemos enviar con envoltura navideña. Nos sobró un poquito.
—Sin duda, tengo a la sobrina más lista de todas —dice Devian, con un brillo malicioso en la mirada.
Observo estupefacta cómo se van al árbol mientras hablan sobre cómo darle a Sam «la Navidad más perfecta» de este mundo.
—No van a enviarle ni impuestos absurdos envueltos en papel de regalo ni mandarlo al buró de crédito, ¿qué les sucede? —los regaño, con las manos en la cintura—. Para mí ese tema ya está olvidado.