Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 38: La mejor Navidad de mi vida

*Leif*

Los dos regresamos a casa, más relajados esta vez y con la determinación de lo que haremos. Raisa no suelta mi mano y, aunque está nerviosa, sé que está segura de que no volverá a separarse de nosotros.

—Se tardaron menos de lo que esperaba —se burla Devian al vernos llegar.

—¡Llegaron! —gritan nuestros cachorros, viniendo hacia nosotros con el auto eléctrico que tanto nos costó envolver.

—Así que ya abrieron los regalos —gruño, fingiendo estar ofendido.

Mis hijos se echan a reír.

—Pues sí, ¿por qué no abrirían sus regalos cuando tú estabas abriendo el tu…?

Mi hermana salta y golpea a Devian en la cabeza antes de que termine la frase. A pesar de lo poco apropiadas que iban a ser sus palabras, no puedo evitar reírme.

—No te atrevas a decir esas cosas frente a los niños —lo reprende—. ¿Qué te pasa?

—Devian, siempre tan imprudente con sus comentarios —dice Raisa, negando con la cabeza.

—Ahora sí, querida, tú y yo tenemos que hablar muy en serio —le gruñe Eden, tratando de acercarse—. Me tienes que…

—Me temo que no —la interrumpo, rodeando a Raisa por la cintura—. No te la vas a llevar, queremos que…

—Ah, no, ya la tuviste más de tres horas, Leif. Ahora me toca a mí hablar con ella.

—Sí, papá, que hablen —dice Lunaire, sonriendo—. Se van a hacer amigas.

—Será divertido —se ríe Dean.

Devian y yo nos miramos y tragamos saliva. Raisa no está loca, pero Eden sí. ¿Y si termina influenciándola?

—No, no, me niego a…

Pero Eden, con un movimiento veloz, se acerca a Raisa y la aparta de mí. Mi luna suelta una pequeña carcajada, delicada frente a la risotada de Eden.

—Tenemos que pensar cómo hacerlos sufrir.

Los niños, dejando el auto abandonado, corren detrás de ellas.

—Esto no va a terminar bien —dice Devian, preocupado—. Las dos están locas, Leif…

—Habla por Eden; Raisa no…

—Me tocó verla cazar, y con eso me bastó para no intentar hacerla enojar —dice, estremeciéndose—. La única vez que lo hice fue hace unos días, y fue solo por Eden.

—¡¿Y por qué las dejaste ir?! —le grito.

—Porque no puedo ir en contra de los deseos de mi loba —responde, encogiéndose de hombros.

—¿De qué te sirve la maldita corona? —le reclamo—. Tienes que controlarla, tienes que…

—A mí no me vas a decir qué hacer —gruñe, adoptando una postura defensiva—. Vamos, Leif, vamos a…

—Ay, no podemos dejarlos ni dos segundos solos porque ya empiezan con sus peleas —dice Eden, llegando donde estamos—. Vamos, no sean nenitas y entren a la casa. Vamos a comer el recalentado.

Devian y yo nos fulminamos con la mirada.

—¿Van a entrar o tendremos que echarlos de nuestras vidas para que se peleen como los machos alfa que creen que son?

—Eden, creo que deberías calmarte un poco —le susurra Kevin, nervioso.

—¡Ella es tu reina, así que suéltala! —le grita Devian, avanzando amenazante hacia él.

Para mi sorpresa, Kevin sale corriendo, olvidando que es un lobo y que podría hacerlo trizas.

—Puede que a Kevin le des miedo, pero a mí no. Bueno, tal vez un poco, pero no me pongas esas caras —lo regaña Eden.

—¿Por qué te habla así? ¡Solo es un empleado!

Raisa, quien está rodeada por nuestros hijos, suelta una risita mientras los observa. Por un momento olvido la discusión que mi hermana tiene con Devian y contemplo su belleza, lo bien que luce junto a nuestros cachorros.

Por mucho que siempre deseara estar a su lado, jamás imaginé que algo así pudiera ser posible.

Al poco tiempo, Raisa nota mi mirada y se sonroja. Aun así, no deja de mirarme a los ojos.

—Es nuestra para siempre, Leif. Por fin hiciste las cosas bien —me dice Kael, muy emocionado.

Asiento levemente, dándole la razón. No hay lugar en mi mente para reproches, solo para la comprensión y el deseo de hallar una solución para mi pequeña Lunaire, que corre hacia mí para que la tome en brazos.

—Gracias por traer a mamá con nosotros —me dice muy contenta—. Te amo, papi.

—Te amo más, hija —respondo, abrazándola con fuerza.

Cierro los ojos, dejándome calmar por su respiración y los latidos de su corazón. Más que nunca, lamento no haberla conocido recién nacida, pero pienso aferrarme a ella mientras siga siendo mi cachorra.

—Creo que tienes un poco de hambre —me río al oír su estómago rugir.

—Sí, tenemos hambre. ¿Vamos? Pero no te pelees con el tío Devian, ¿eh?

—Así que tío Devian —mascullo.

—Somos primos —confiesa el aludido—. Por parte de mi madre.

—¿Es en serio? —le pregunto a Raisa, quien asiente.




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