Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 39: Déjame ser tu fuerza

*Eden*

—Vendrás para Año Nuevo, Eden —me dice mi hermano con tono apacible al reunirnos en su despacho—. No tienes que sufrir, tranquila.

—Sé que me voy con el hombre que amo, con mi compañero, pero entiéndeme. He cuidado a mis pulgas como si fueran mías todos estos años.

—Y ellos son tuyos, hermana —me asegura con ternura—. Sé que, si Raisa y yo faltáramos, tú serías su madre. Además, ellos te han dicho muchas veces cuánto te aman.

—Sí —sonrío—. Supongo que puedo estar tranquila por ese lado. Tengo que aprender a soltarlos un poco, aunque me cueste.

—Haz lo que dijiste y piensa que solo son unas vacaciones —me aconseja—. Todo estará bien, ¿sí?

—Sí.

Leif se acerca a mí y me abraza con fuerza, lo que me hace sonreír.

—Eres una tonta si crees que dejarás de ser su segunda madre —murmura—. Ellos jamás van a olvidarte, Eden.

Se me escapa un breve sollozo.

—Lo sé.

—Y, además, pronto tendrás tus propios cachorros.

—No sé si quiera eso por ahora —admito—. Con toda esta situación…

—Con todo lo que está pasando, necesitamos una alegría, hermana —me interrumpe, acariciándome el rostro—. Y sé que Devian estará feliz de ser padre, sobre todo contigo.

—Menos mal que es humano y no puede escucharnos —mascullo.

—Pero nuestras pulgas se lo van a decir —se ríe.

Pongo los ojos en blanco.

—Pues Devian puede irse olvidando de los bebés por ahora —gruño—. Primero tenemos que enfocarnos en que Lunaire se quede con nosotros.

La sonrisa de mi hermano desaparece y la preocupación vuelve a nublar su mirada. Aun así, no me retracto de lo que acabo de decir.

—Es cierto, hermana —suspira—. No podemos perder de vista lo importante. Ya habrá tiempo para que llenes de herederos el reino.

—¿Disculpa? —pregunto, ofendida—. Le daré uno, y si quiere.

Leif se echa a reír.

—Bueno, yo tuve tres de una sola vez.

—Eso fue cosa de Raisa, no te quieras colgar el mérito, hermanito —replico con una sonrisa.

—No los habría tenido con ningún humano —sonríe—. Ella me dio tres hijos porque me deseaba mucho.

—Sí, sí, vive en tu mundo de fantasía —resoplo—. En fin, cuídense mucho, ¿de acuerdo? No quiero recibir más malas noticias.

—Te aseguro que estaremos bien. La casa está protegida, y Devian enviará a miembros del ejército para vigilar la zona.

—No quiero sonar pesimista, pero ¿crees que eso realmente sirva de algo?

—No lo sé, Eden, pero de algo tiene que servir.

—Estamos hablando del dios del sol, no de cualquier criatura sobre la Tierra.

—Lo sé, pero encontraremos la forma de comunicarnos con él. Mientras tanto, disfrutemos los días que nos queden antes de la fecha que le dieron a Raisa.

—Eso es antes de Año Nuevo.

—Y verás que para entonces ya habremos arreglado todo —sonríe, con la confianza brillando en sus ojos—. Confía en mí, Eden. Ahora más que nunca tengo la fuerza para defender a mi cachorra, a mi familia entera.

—De acuerdo —asiento—. Pero no me dejes fuera, ¿sí? Déjame ser tu fuerza también.

—Está bien, Eden —asiente—. De todos modos, no habría podido lograr todo esto sin ti.

—Te quiero mucho, tontito —me río, abrazándolo de nuevo—. Nunca imaginé que acabaríamos así.

—Yo tampoco —susurra—. Gracias por perdonarme, hermana.

—Gracias a ti por dejar que me quedara a tu lado.

—Y lo seguirás estando. Somos un equipo —me asegura, con lágrimas asomando en los ojos—. Te voy a extrañar, aunque la separación no sea tan larga.

—No me digas eso, porque no me voy —gruño.

—Pero claro que vas a venir conmigo, loba descarriada —dice Devian, entrando al despacho—. ¿Y por qué ese abrazo tan largo?

—Devian, basta, no seas tan celoso —le pide Raisa—. Son hermanos y…

—Tú tampoco lo sujetes así —gruñe Leif, caminando hacia ella para alejarla de Devian—. No me importa que sean primos, no puedes…

—¿Por qué están tan enojados todos? —pregunta Riven, entrando con sus hermanos—. Pensé que íbamos a estar felices porque es Navidad.

—Y estamos todos felices, mientras Raisa y Eden se queden donde deben —le responde Leif con una sonrisa casi macabra—. No les cuesta nada…

—No nos cuesta nada, pero a ustedes tampoco les cuesta nada ser menos celosos —gruño—. No nos vamos a ir huyendo.

—Uno nunca sabe —murmura Leif, abrazando a Raisa con fuerza.

Devian me rodea con los brazos y gruñe como un lobo, imitándolo.

—De verdad no los entiendo —dice Lunaire—, pero se ven muy chistosos.

Mis tres pulgas se ríen, y eso relaja el ambiente tanto que los adultos terminamos riendo también. Sin embargo, pronto la alegría se vuelve melancólica al recordar que ya tendremos que irnos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.