Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 40: No te vas a ir, Lunaire

*Raisa*

—Ojalá el palacio quedara más cerca —suspira Lunaire cuando ella y sus hermanos regresan de perseguir el auto—. La vamos a extrañar mucho.

—Sí, aunque a veces nos jala las orejas cuando no queremos bañarnos —suspira Riven—. ¿Por qué no nos mudamos cerca del…?

—No podemos, cielo. Los que viven allí son humanos y no creo que nos quieran de vecinos —le explico, inclinándome un poco para estar a su altura.

—Mami, pero vivimos mucho tiempo en territorio humano y ni siquiera se dieron cuenta —me contesta Dean—. Sabemos comportarnos como ellos y tampoco nos transformamos.

—Saben que no podemos dejar la manada —les dice Leif—. Este territorio ha sido el hogar de los Moonstone por generaciones. Además, soy el alfa y no puedo irme.

—Pero los demás quieren hacer combates para que te vayas —dice Lunaire, temerosa—. ¿Qué va a pasar con eso?

—Ya se envió un anuncio formal avisando que tengo herederos y que, por lo tanto, no pueden destituirme.

—Espero que no lo intenten —murmuro, pensativa—. Haré lo que sea, pero lograré convencerlos de que…

—No, Raisa, no tienes que convencer a nadie —me interrumpe Leif, tomándome por el mentón—. No vas a hablar con toda esa gente.

—Pero entonces no me aceptarán como su luna —replico—, a menos que no quieras que lo sea.

—No vuelvas a decir tal cosa —me gruñe Leif—. Eres mi luna y jamás cambiará eso.

Nuestros hijos nos observan con una gran sonrisa que me llena el corazón de felicidad. Sé que las cosas no serán sencillas, pero quiero luchar por ellos.

—Te queremos, mami —me dicen mis cachorros, rodeándonos a los dos.

—Y yo los amo más —respondo—. Estoy segura de que su padre piensa lo mismo.

—Estos cachorros descarriados son mi vida —me asegura, mirándolos con amor—. Igual que tú.

Aunque no nos besamos, la mirada prolongada que me dedica me lo dice todo. Él siempre correspondió a mis sentimientos, a pesar de haberse equivocado en el camino.

El resto de ese día dejo todas mis preocupaciones y me dedico a pasar tiempo con mis pequeños. Desde que nacieron, jamás pude hacer algo tan simple como jugar a la pelota o correr tras ellos como hago ahora.

Todo tiene un enorme precio, pero mi cabeza y mi corazón deciden olvidarlo.

—¡La atrapé! —grita Leif, cargándome por la cintura antes de que pueda atrapar a Lunaire.

—¡Se suponía que éramos un equipo! —grito, fingiendo enojo.

Pero toda indignación desaparece cuando Leif me recuesta en el césped y me mira con todo el amor del mundo.

—Lo siento, pero eres una dragona —bromea—. Es que eres muy ardien…

—¡Calla! —lo reprendo—. No puedes decir esas cosas frente a los niños.

—¿Cuáles niños? —sonríe—. Ellos están dentro de la casa.

Miro hacia la izquierda y veo tres enormes sonrisas en los rostros de mis pequeños cachorros. Bueno, ya no son tan pequeños; han crecido demasiado desde la última vez que pude ejercer mi papel de madre.

—Te amo, Raisa, gracias por darme a estos cachorros —susurra.

Cuando está a punto de besarme, el sol se abre paso entre los árboles y todo se vuelve cegadoramente luminoso. Leif se queja y rápidamente nos levantamos para correr hacia la casa.

—¿Qué es lo que está pasando? —pregunta Riven, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Por qué de pronto hace más calor?

—El sol debe estar furioso —responde Leif, que todavía parece adolorido de la espalda.

—Vamos a sentarnos, necesito revisarte, Leif —le digo con urgencia.

—No, estoy bien —insiste.

Pero cuando por fin logro convencerlo de que me deje echar un vistazo, todos jadeamos. No es una quemadura tan grave como para que un doctor tenga que venir a verlo, pero sí parece muy dolorosa.

—Te quemó, el sol te quemó —digo angustiada.

—Por hoy, no vamos a salir de la casa —dice Leif—. Raisa, no te preocupes, ¿sí? Solo fue algo superficial; a veces estas cosas pasan.

Aunque me cuesta creer lo que dice, solo respondo con un asentimiento. Ese gesto parece calmar a los niños, que enseguida comienzan a mostrarme sus regalos de Navidad.

—Ya no me duele para nada —nos asegura Leif después de un rato.

—No quiero irme de aquí —dice Lunaire de repente, con aire melancólico—. Me gusta que los dos estén conmigo.

—No te vas a ir, Lunaire —le asegura Riven, abrazándola por los hombros—. Nosotros vamos a ser tus guardianes, ¿sí?

—Está bien —asiente Lunaire—. Sé que puedo confiar en ustedes, pero espero que no terminen como papá, sin dientes.

—No te preocupes, nos crecerán otra vez —le asegura Dean, abriendo mucho la boca—. Además, todavía tenemos dientes de leche.

Leif y yo volteamos a vernos y nos sonreímos.

—Vengan aquí —dice él, abriendo los brazos—. Queremos abrazar a nuestros cachorros por Navidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.