Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 41: Bienvenida a la reina

*Eden*

—Quiero hacerlo puré. Debería bajar y enfrentarlo —gruñe Devian al revisarme la espalda—. ¿Por qué no me dijiste que te dolía?

—No duele mucho —le aseguro—. Seguro que se me pasa pronto.

—Pues yo no lo creo —gruñe, bajándome la camisa—. No me arrepiento de lo que pasó, pero sí de seguir cuando ese maldito sol nos atacó con toda su furia.

—Ya, ya, cálmate, seguro que está furioso y…

—No vas a salir del palacio —me interrumpe, nervioso—. Vas a quedarte quieta dentro y se acabó.

—Ah, no, yo no voy a ir a encerrarme a tu palacio —bufo—. ¿Qué clase de mujer crees que soy?

—La mía —sonríe, palmeándome una pierna—. Vamos, ahora sí.

Devian enciende el auto y el camino continúa. Aunque no se lo digo, no puedo dejar de pensar en lo que tengo en la espalda. ¿Será esto una declaración de guerra o solo una muestra de rabia por no poder contra nosotros?

El palacio por fin se deja ver tras unas cuantas horas de camino. Pero antes de llegar allí, tenemos que atravesar el pueblo, y hoy la gente parece más curiosa que nunca, porque están formados como si esto fuera un evento público.

—Oye, ¿qué está pasando? —le pregunto a Devian, extrañada—. Es que…

—Lo que pasa es que ya saben que su reina está dentro de este auto.

—Espera, ¿qué? —jadeo—. Ay, no, yo solo quería una entrada discreta.

—Lo siento, loba descarriada, pero tendrás que acostumbrarte a ser el centro de atención de nuestros habitantes.

—Eres odioso —mascullo mientras me cruzo de brazos.

Al poco tiempo, esa frustración se me olvida y sonrío al ver a algunos pequeños agitando banderas. Devian no me deja asomar la cabeza por seguridad; dice que nunca se sabe si alguno podría intentar atacarme.

—¿No conoces a tu pueblo, entonces? —pregunto incrédula y un poco decepcionada.

—Nunca se termina de conocer a la gente, Eden —replica con seriedad—. Y yo no me voy a arriesgar a que alguien te lastime. Si eso pasa, todos vamos a perder la cabeza.

El estómago se me contrae, aunque no sé si es de miedo o de emoción. Tal vez sea una mezcla de ambas cosas.

—Por favor, no seas tan recelosa y déjame cuidarte —me pide—. Sé que solo soy un humano, que podrías defenderte sola de cualquier peligro, pero…

—Está bien —lo interrumpo, tomándolo de la mano—. Tampoco es que yo pueda con todo sola. Mi loba no está tan desarrollada por todos esos años que pasé en el mundo humano.

—No estarás desarrollada tú, pero yo sí, ¿eh? —me reprende Niamh, que parece recién despertada porque suena ronca.

—Seguramente Niamh no está de acuerdo —ríe Devian.

—¿Cómo sabes que habló? —pregunto con el ceño fruncido.

—Puedo ver que subes los ojos cuando ella habla, y creo que esa leve vibración en el pecho también me lo indica.

—¿Vibración en el pecho? —preguntamos Niamh y yo al mismo tiempo, confundidas.

—Sí, y justo ahora lo acabo de sentir de nuevo.

—¿Desde cuándo comenzó eso?

—No lo sé, creo que siempre —se encoge de hombros—. Solo que ahora es más notorio.

—Ay, me siente, nuestro taladro nos siente —dice Niamh, emocionada.

Yo me siento desconcertada. Jamás he escuchado que algo así ocurra entre compañeros, ni siquiera entre lobos.

—Ahí está de nuevo, ¿está emocionada? —pregunta Devian, riéndose—. Sí, debe quererme mucho.

—No sabes cuánto, papucho —responde Niamh, moviendo la cola de forma inapropiada.

—Ya basta, loba en celo —gruño—. La odio cuando se pone así.

—¿Cómo que loba en celo? —pregunta Devian, curioso—. ¿Ustedes dos están…?

—Ni lo digas —lo corto, enfurruñada—. Es ella la que se pone rara, no yo.

—Bueno, hace rato tú estabas… mejor me concentro en conducir.

—Sí, creo que será lo mejor —gruño—. Guau, de verdad no tenía idea de que esto podía pasar.

—Tal vez tengamos una conexión más profunda que cualquiera —sonríe, encogiéndose de hombros.

—Después de todo lo que pasa con Lunaire, ya no puedo alegrarme por estas cosas —admito con un suspiro—. No lo tomes a mal, cariño, yo…

—Lo entiendo —me interrumpe, volviendo a tomar mi mano—. Pero al menos me tienes para luchar juntos por esto. Contactaré con todas las brujas que sean necesarias hasta dar con la indicada.

—Bien, confío en ti.

Me recuesto en su brazo y contemplo a la gente con una sonrisa. Sin embargo, unos cabellos rubios llaman mi atención. En esta parte del mundo no es común ese color de cabello, así que me enderezo enseguida.

Pero esa persona ya no está.

—¿Qué te pasa, Eden? —me pregunta Devian al verme frotarme los ojos—. ¿Te sientes cansada? Ya casi llegamos.

—No, no, es que creo que vi mal —me río—. Pensé que por esta zona no era habitual ver gente rubia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.