Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 42: Una familia unida

*Devian*

Por más humano que sea, cuando estoy con Eden, mi cuerpo no quiere descanso. Es por eso que la hago mía literalmente hasta que el sol se asoma entre las montañas e ilumina de una forma inusual la habitación.

—Creo que nos pasamos un poco —susurra Eden al incorporarse y ver todo el desastre que hemos dejado en la habitación.

No hay parte de este lugar en la que no hayamos estado. Mis preciados muebles están resquebrajados y costará una fortuna reparar el tocador donde antes dedicaba tanto tiempo a mi cabello.

Ahora eso no me puede importar menos. Tener el cabello corto me gusta más porque me deja hacer todo lo que quiera.

—Sí, pero me da igual —suspiro, haciéndola acostarse de nuevo—. Ya vendrán los empleados a limpiar.

—¿Estás loco? —resopla—. De ninguna manera vamos a dejarles este desastre a tus pobres empleados.

—Pero…

—No, no quiero que me tachen de ser una reina sucia y desmedida.

—Lo de desmedida no creo que lo piensen, pero sucia…

Eden me golpea el brazo, haciéndome reír.

—Ya, tranquila, loba quejumbrosa.

La vibración en mi pecho me hace cosquillas; seguramente Niamh se está riendo.

—No soy quejumbrosa, soy respetuosa —gruñe—. No está bien que me dé la gran vida a costa de los demás.

—Por eso es que te adoro tanto, y sé que les vas a gustar a todos esos aldeanos.

—No sé, no creo que…

—Me da lo mismo si no lo hacen, si sus insulsos cerebros no notan lo hermosa y especial que eres. Con que te quiera yo es más que suficiente.

—Qué fácil para ti decirlo —farfulla—. Eres el rey y haces lo que quieres.

—Sí, y eso es seguir las órdenes de mi reina —sonrío, y el soplo en mi pecho me avisa del suspiro de su loba—. Voy a limpiar la habitación para que nadie más tenga que hacerlo.

—No, yo te ayudaré.

—Prefiero que te pruebes la ropa que van a traer para ti —replico—. Después iré a ver cómo te queda.

Eden se levanta de golpe al notar que la luz es más brillante que antes. Por un momento me permito contemplar su exquisita figura, bañada en los dorados rayos del sol.

Un sol que está vivo y que le está viendo todo a mi mujer.

—¡Cúbrete! —le grito mientras me lanzo sobre ella.

Su grito me revienta los tímpanos, pero me invade el alivio en cuanto estamos lejos de esa luz horrible.

—¿Qué te pasa? Si ni siquiera hay edificios altos por aquí —se queja.

—No, pero ahora sabemos que el sol es un perverso que…

—¡Ay, mi Dios! —exclama asustada—. Tienes razón, acaba de vernos.

—Tenemos que ponernos en contacto con Leif para saber cómo van las cosas —digo con seriedad—. Odio interrumpir nuestra preluna de miel, pero no queda otra.

—Qué término tan bueno —se ríe—. Preluna de miel.

—Sí, pero la luna de miel será mucho mejor. Voy a llevarte a…

—No podemos viajar por ahora —me interrumpe—. Por favor, Devian, quiero que nos casemos cuando sepamos qué va a pasar con mi cachorra.

—De acuerdo —respondo con resignación—. Todo se hará como digas. Solo espero que no pase mucho tiempo.

—Te aseguro que no será así —me asegura—. Tendremos que ver qué pasa con la luna llena.

—Nunca entenderé por qué Lunaire tenía que ser la elegida —suspiro—. Ni siquiera es mi hija, pero siento un pesar enorme por Leif, por Raisa, pero sobre todo por ti.

—Lunaire es mi bebita, como mi hija —responde con lágrimas en los ojos—. A los tres los amo por igual, pero ella también es mujer y sus sentimientos son más delicados y nobles. No me perdonaría que su inocencia se perdiera, que no pueda…

—Calla —le suplico—. Eso no sucederá. Vamos a salvarla, sea como sea.

Tras vestirnos con las primeras batas de seda que encontramos, nos dedicamos a ordenar lo más evidente. Le repito varias veces a Eden que no es necesario que me ayude, pero ella insiste en hacerlo y pronto me doy cuenta de que es tan fuerte como yo.

—Creo que jamás me necesitarás para cargar muebles —bromeo, enfurruñado.

—Claro que te voy a necesitar —se ríe—. Ni loca me arriesgaré a que me dé una hernia. No me mires con esa cara, que sí puede pasar.

—¿De verdad? —pregunto nervioso—. Pero…

—Sí, y más cuando vives tanto tiempo en el mundo humano como yo lo hice —suelta un suspiro—. En fin, confío en que me dejes ser loba de vez en cuando.

—Claro que sí, loba descarriada —le digo con dulzura mientras me le acerco.

La tensión entre nosotros se ve opacada por la preocupación que todavía sentimos.

—Vamos a llamar a Leif —susurro—. Así nos quedamos tranquilos antes del desayuno y de terminar de limpiar todo esto.

Eden se lanza a mis brazos y la atrapo con facilidad.




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