*Eden*
Niamh suelta una estruendosa carcajada al ver al chiquillo que se presenta ante nosotros como el imponente dios del sol. Por su estatura y su delgada constitución, debe tener como unos doce años.
—Oye, qué voz para estar tan chico. ¿Qué será cuando sea más grande? —dice Niamh entre risas, pero la ignoro.
Algo no está bien, definitivamente. Ese niño de cabellos dorados no se mueve de una forma natural y arrastra las piernas como si apenas pudiera controlarlas. Más que una criatura, parece un experimento de laboratorio, uno muy bonito, pero al fin y al cabo, un experimento.
—¿Eres el dios del sol? —le pregunta mi hermano, atónito—. ¿Un niño…?
—Esta no es su apariencia real —explica la bruja, asesinándolo con la mirada—. Por favor, sea más respetuoso.
—No necesito protocolos, lo que quiero es sencillo: deben entregarme a Lunaire de inmediato —exige el chiquillo con voz de trompeta.
Me abrazo a Devian, no sabiendo si reír o llorar. ¿Cómo voy a tomar en serio a un mocoso? Los únicos niños a los que tomo en serio son mis pulgas.
—El sanarme fue contra mi voluntad —dice Raisa, que suena más firme de lo que me habría imaginado—. Estoy dispuesta a volver a ser como era antes, pero por favor…
—Puedo ayudarte volviéndote cenizas, si tanto te molesta volver a estar sana —sonríe el niño.
—Ah, no, agárrenme, que yo sí le doy —mascullo furiosa, subiéndome las mangas de la camisa, pero Devian me atrapa por la cintura para que no avance—. Suéltame.
—No, Eden, maldita sea —farfulla—. Te vas a quedar quieta, quieras o no.
—Pero es que…
—No, Raisa no volverá a su estado de antes, pero queremos llegar a un acuerdo —dice Leif, colocando a su mujer a sus espaldas para protegerla—. Lunaire es muy pequeña aún, nos necesita, necesita a sus hermanos y a su familia. ¿Cómo puedes quitarle eso?
—Ella sabe bien que le di la oportunidad de estar junto a ella y sus hermanos —responde el experimento, señalando a Raisa—. Se le proporcionó un lugar, un tiempo considerable y un trato justo, pero decidió romperlo.
—Pero también necesita a su padre —insiste mi cuñada—. No es…
—El vínculo con su padre solo la hará desear aferrarse a esta tierra —replica el dios del sol—. Por eso no tenías permitido dejarla más tiempo junto a él. Fui benevolente, te di tiempo de más y tú simplemente, como cualquier mortal, has decidido desafiarme en cuanto te sentiste poderosa.
—Eso no es verdad; nosotros la convencimos —intervengo—. Raisa no tiene la culpa.
Devian suelta un gruñido por lo bajo, casi al mismo tiempo que Niamh.
—Qué lindas nos vamos a ver cuando nos vuelvan diamantina, niña tonta —me regaña Niamh con un tono tan salvaje que se me hiela la sangre.
Es verdad. Lo único que voy a provocar es que ese infeliz astro nos convierta en montañitas de ceniza o diamantina.
El dios del sol me mira fijamente y, por un segundo, me preparo para ser pollo rostizado, de ese que tanto le gusta a mi pequeño Dean. Sin embargo, él solo esboza una sonrisa perturbadora.
Ninguno de sus gestos es natural, ni siquiera el pestañeo. Parece una caricatura grotesca, pero no una para niños, sino uno de esos programas extraños que pasaban en la televisión a altas horas de la noche.
—Nadie que pueda pensar por sí mismo puede ser obligado a algo que no quiere —me responde, con una voz mucho más baja y peligrosa.
De pronto, comienzo a percibir un frío ligero, pero tan glaciar que temo que la temperatura del planeta esté descendiendo.
—No, nadie me obligó. Accedí porque creo que es lo justo —dice Raisa—. No quiero perder a mi hija ni tampoco quiero que Leif tenga que hacerlo. Sé que fallé, pero no es justo que ella pierda sus vínculos, ni que tengamos que pagar por algo que no pedimos.
—Era inevitable que yo encontrara a mi compañera —replica el dios del sol—. No importa qué hubieras hecho; estaba destinado a pasar.
—Por favor —suplica Leif—. Al menos tienes que darnos más tiempo. Ella tiene que crecer tranquila y feliz.
—Crecerá tranquila y feliz —nos asegura el niño siniestro—. La diferencia está en si lo hace llorando por su familia o recordándolos como algo feliz.
—¿Así que no hay opciones? —pregunta Leif, que no parece resignado, sino dispuesto a acabar hecho trizas con tal de no ceder—. ¿Esa es tu última palabra? ¿De verdad vas a apartar al ser al que deberías amar de su familia por tus deseos egoístas? ¿Dónde está el amor, eh? Esto que haces…
—El amor también es hacer trascender —sonríe la criatura—. Ella no los necesita, aunque ahora crea que sí. Será tan feliz que pronto los olvidará.
—Cómo se nota que sabes poco o nada sobre el amor —comento con una sonrisa amarga.
—No pienso discutir más —sentencia el dios del sol—. Ahora he comprendido cuán egoístas pueden ser los seres humanos y la crueldad del castigo que se me ha impuesto.
—¿A qué se refiere? —pregunta Devian.
—El castigo de la diosa —explica la bruja, que ha permanecido impasible escuchando la conversación—. A causa de su crueldad para con los humanos, lo ha castigado una y otra vez. Este es el último ciclo que debe soportar para obtener el perdón.