Lunaire
Aunque quiero confiar en que las cosas van a estar bien, mi corazón me dice que no es así. Tengo mucho frío, quiero a mis papás y a la tía Edén a mi lado. Siento que de un momento a otro voy a desaparecer, y eso me asusta mucho.
—¿Qué te pasa, Lunaire? —me pregunta Riven, acercándose—. ¿Tienes frío?
—Sí, tengo mucho frío —susurro, a punto de llorar—. Los demás están tardando mucho.
—Sí, y eso debe significar que están arreglando las cosas —responde sonriendo—. No te preocupes, hermana.
—No sé, no sé. Tengo miedo —suspiro—. No quiero que me lleven.
—No te van a llevar, Lunaire —dice Dean, que viene con una manta rosada—. Toma, esto te hará sentir mejor.
—¿Quiere un té, señorita? —me pregunta la amable doncella que está cuidándonos—. Tenemos sabores muy deliciosos.
—No, pero te lo agradezco —respondo, triste—. No creo que pueda tomar nada. Si lo hago, voy a vomitar.
—Oh, niña, no diga eso —responde, acariciando mi cabello—. Tiene que levantar esos ánimos. Mi madre siempre decía que al mal tiempo hay que poner buena cara.
—¿Lo ves? Tienes que sonreír —me dice Riven, sentándose con las piernas cruzadas frente a mí—. Nuestros papás y los tíos van a hablar con esa cosa, y no te vas a ir.
—Si eso es así, ¿por qué siento que todo se está congelando? —pregunto asustada—. Hace un rato no hacía tanto frío.
—A veces el viento invernal es impredecible —dice la doncella—. No tiene que preocuparse, es algo normal. Estamos en invierno y, aunque en este territorio no haya nieve, a veces las temperaturas bajan mucho.
—¿De verdad? —cuestiono con esperanza—. ¿Crees que esto se va a pasar?
—Pero por supuesto —sonríe la doncella—. No deben tener miedo, niños. Esto se pasará dentro de poco y volverá a salir el sol.
—No, no, el sol no —digo muy asustada.
Me levanto del cofre donde estamos sentadas y comienzo a caminar rápido, sin saber a dónde ir. Ahora que sé que ese dios me quiere llevar, tengo muchísimo miedo de él. Los grandes no quieren decirme todo lo que pasa, pero yo ya lo sé: estamos en peligro por mi culpa.
—Hermana, tienes que calmarte —me pide Dean—. Esa bola de fuego no nos hará nada.
—¿De qué están hablando? —nos pregunta la doncella, que parece realmente intrigada por todo lo que pasa—. ¿Eres alérgica al sol?
—Tiene miedo de quemarse porque a papá le pasó una vez —le explica Riven—. Ahora le da miedo salir afuera porque cree que nos va a pasar a nosotros.
—Entiendo —murmura la doncella—. Señorita Lunaire, insisto en que tal vez debe tomar el té.
No la escucho, o no quiero hacerlo. Sigo pensando en las personas que quiero. ¿Y si el dios del sol los hizo cenizas?
—No quiero té, quiero que todos vuelvan —murmuro, abrazándome porque cada vez tengo más frío—. Necesito que vuelvan, saber que no se van a ir.
—Van a regresar, Lunaire —me promete uno de mis hermanos, pero ya no sé cuál de ellos es.
Ya no sé qué hacer. Me gustaría no ser grande y poder entender qué está pasando. Jamás he querido ser grande; la tía Eden dice que eso apesta, pero ahora sí quiero serlo. Si fuera grande, todos me dirían bien lo que está pasando y podría tomar una decisión.
—Creo que tengo que irme —musito—. Sí, si me voy, quizás dejen de tener problemas por mi culpa.
—¡No! —gritan mis hermanos.
—Sí, tengo que hacer eso para que nadie más corra peligro. Por mi culpa, papá se quemó dos veces y ahora tienen que ir a hablar con esa cosa. Ya no quiero que pase nada malo.
—Van a pasar cosas muy malas si tú te vas —me advierte Riven, muy serio—. Deja de pensar en tonterías, Lunaire.
—Sí, ya no nos pongas más nerviosos —pide Dean.
—Está bien —respondo, triste.
La doncella termina convenciéndome de que me tome el té, pero antes de que pueda probarlo, papá y mamá regresan a la habitación y me toman en sus brazos para besarme muchas veces. Mis hermanos y yo preguntamos muchas veces por qué están llorando, pero ninguno nos responde.
—Solucionamos todo —me dice papá—. No te irás de nuestro lado y seremos muy felices.
—¡¿De verdad?! —pregunto feliz—. ¿De verdad me voy a quedar?
—Sí, mi amor, y estaremos juntos siempre.
—¿Se resolvió todo tan fácil? —se ríe Dean—. Seguro le dieron mucho miedo.
—Sí, fue tan cobarde que salió corriendo.
—Me retiro —anuncia la doncella antes de irse.
—¿Me voy a quedar? —pregunto otra vez, sin poder creerlo—. Si es así, ¿por qué lloran?
Mis padres se quedan callados un segundo, y eso me basta para saber que hay algo que no encaja. Los adultos siempre se quedan en silencio cuando van a decir una mentira.
—Lloramos de felicidad, hija —me responde papá.
—¿Puedo ir con la tía Eden para decirle?