Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 47: Debes ser fuerte, el amor siempre lo vence todo

*Raisa*

Cuando estoy a punto de dejarme abrazar por Leif, los gritos de Lunaire resuenan por todo el lugar. Incluso siendo humana, puedo sentir cada matiz de lo que grita y no dudo en correr a buscarla junto con los demás.

—Mi amor, ¿qué está pasando? —le pregunto asustada mientras me recuesto a su lado para abrazarla.

—El muro… el muro se va a romper —solloza—. Los vampiros nos van a atacar y vamos a…

—No, no, tranquila —le suplico—. Nada de eso va a suceder, mi amor.

—Tenemos que estar preparados —murmura Devian—. Lunaire, ¿puedes hablar exactamente de lo que soñaste?

—No, Devian, no. Solo debió ser una pesadilla —le dice Eden—. Es mejor que vuelva a descansar.

—No, no, quiero hablar —replica mi niña, que se abraza a su padre cuando él también se sienta en la cama—. Todo fue real. No fue un sueño. El dios del sol habló conmigo y me dio un poquito más de tiempo, pero los vampiros van a romper el muro.

El silencio que sigue a sus palabras es realmente aterrador. Todos nos miramos los unos a los otros, tratando de encontrar una respuesta, pero no la hay.

La amenaza es real y ya ha alcanzado a mi pobre Lunaire, justo lo que no queríamos que pasara.

—Está bien, puedes hablar de ello. Vamos, sobrina —le dice Devian—. Puedes hacerlo a solas si tú quieres.

—No, quiero hacerlo aquí —murmura mi hija—. No hay mucho que decir. Estamos en peligro. Va a acabar con nosotros porque yo no quiero irme de aquí.

—No te vas a ir, hija —le contesta Leif—. Pase lo que pase, vamos a permanecer juntos.

—Entonces esa bola de fuego nunca se escapó, nos mintieron —gruñe Riven, molesto—. ¿Vamos a morir y querían que creyéramos que no iba a pasar?

—Eso no es justo —dice Dean con la voz rota—. Teníamos derecho a saber.

—No vamos a morir. Vamos a pelear contra esos monstruos —les dice Lunaire, levantándose a toda prisa de la cama—. No se enojen con los grandes, ellos solo quieren protegernos.

—¡Pero es que nos vamos a morir! —grita Riven, a quien corro para atrapar entre mis brazos—. Mami…

—No te enfades, mi amor —sollozo, apretándolo contra mí—. No pudimos hacer que se rindiera, pero tampoco podíamos entregarle a tu hermana.

—Entiendo —susurra Dean—. Eso sería imperdonable. De ninguna manera podemos entregar a nuestra hermana.

—No, no podemos —susurra Riven, recuperándose—. Solo queremos que no nos mientan más.

—Les prometo, hijos, que nunca más les volveré a ocultar nada —les dice su padre, sentándose a nuestro lado—. Lo siento mucho, mis cachorros, no quería mentirles. Lo único que quería era que estuvieran tranquilos, que no cargaran con ese miedo. Saber que algo malo puede pasar no es agradable.

—No, pero necesitábamos saberlo, no ilusionarnos con la idea de que vamos a ser felices —replica Dean, cabizbajo.

Me acerco a mi niño y lo hago sentarse en mi regazo. Él me mira con tristeza, pero se abraza a mí para dejar que lo consuele. Haberme enfocado tanto en Lunaire me hace sentir una mala madre con mis otros cachorros, que también me necesitan y son incluso más víctimas de todo esto.

—No sé qué es lo que va a pasar, pero les prometo que no pienso dejarlos nunca —susurro—. No vamos a ceder ante toda esta presión.

—Quiero que nos prometan que, de ahora en adelante, cumplirán cualquier orden —les dice Leif—. Si se les pide que se queden en cierto lugar, eso harán. Si se les pide que luchen y se defiendan, también.

—¡Sí, papá! —exclaman mis hijos, con una energía que me parte el alma.

—Siento mucha culpa —solloza Lunaire, que es abrazada por su tía Eden.

—No, mi pulga hermosa, no tienes la culpa. El culpable es esa tonta bola de fuego —masculla—. Tú eres la niña más especial de todo este mundo.

—Si soy especial, entonces eso es algo malo —replica mi hija, mirándose las manos con rabia—. Yo… no quiero ser yo, tía Eden. Quiero ser otra; no me quiero ir.

Sin saber qué responderle, me vuelvo a acercar a ella. Lunaire voltea a verme con los ojos llenos de lágrimas y mostrando un dolor que me atraviesa el alma

Esto no solo me rompe como madre, sino también como la niña que alguna vez fui. Sé lo que es ser extraña, no encajar del todo en ningún lado y no poder gozar nunca de una libertad verdadera.

Nunca habría deseado que mis hijos vivieran algo como esto. Esto sobrepasa cualquiera de mis pesadillas.

—Raisa, ¿qué tienes? —me pregunta Leif, angustiado, mientras me sostiene.

—No… lo sé —murmuro débilmente—. No me siento bien. Hace mucho frío y quiero vomitar

—Creo que está bajando su presión —dice Eden, corriendo hacia mí—. Raisa, esto es demasiado para ti. Incluso para nosotros es difícil, y tú eres humana.

—Quisiera que todo esto fuera un sueño —farfullo, recargando la cabeza contra el pecho de Leif—. No puedo soportar esto, que me quiten a mi niña, que estemos todos en peligro, que…

De pronto, ya no puedo hablar. Leif empieza a gritar angustiado, llamándome de forma desesperada, pero yo no puedo reaccionar. Estoy tan angustiada y me siento tan mal que ya no me quedan fuerzas para reaccionar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.