*Devian*
—¿Ya puedes decirme algo? —le exijo a Bartosz cuando llega a mi despacho—. ¿Ya quiere verme?
—No, su majestad, la futura reina sigue encerrada y sin intenciones de salir. Está muy afectada.
—Tengo que ir —digo, poniéndome de pie.
—Le recomiendo que no lo haga, su majestad —responde, temblando por el frío—. Ella puede molestarse con usted.
—¡No tiene por qué! ¡Lleva horas ignorándome! —exclamo, exasperado—. Entiendo todo lo que está pasando, la comprendo, la apoyo, pero estar separado de ella es insoportable. Yo no le he hecho nada.
—Ella lo sabe, pero está muy afectada por toda la situación —reitera—. Es difícil saber que posiblemente todos vamos a morir en los próximos días.
—Sí, lo sé —suspiro—. Pero no puede tratarme así. Yo solo quiero acompañarla. ¿Por qué…?
—Dele unas horas más.
—No, no pienso dejarla ni un segundo más.
Ignorando sus reclamos, salgo del despacho, pero de inmediato choco contra Eden, que me mira con los ojos llenos de lágrimas.
—Perdóname —me suplica con voz temblorosa, antes de lanzarse a abrazarme—. No merezco tu amor ni nada de lo que me das.
—Ahora mismo no mereces mis abrazos —gruño, pero de todas maneras la envuelvo entre mis brazos—. ¿Por qué me estabas evitando, Eden?
—Porque estoy asustada —susurra, aferrándose a mí—. Me aterra pensar que pude haberme quedado embarazada y que no sea posible que tengamos a nuestro cachorro si…
—¿Estás embarazada? —pregunto, entusiasmado, apartándome un poco.
La fuerte vibración en mi pecho me lo confirma: Niamh se está riendo a más no poder de mí.
—No, no sé —responde Eden, sonrojada—. El caso es que me aterra todo lo que está pasando. ¿Y si terminas convertido en un chupasangre? ¿Qué va a pasar?
—Recibí la vacuna —la tranquilizo—. Los monarcas debemos recibirla obligatoriamente para poder seguir al mando del ejército en caso de un contratiempo. Si me muerde un vampiro, sí, me afectará, pero no me matará ni me convertiré.
—¡¿Cómo?! —grita, asustada, palideciendo de golpe.
—Eden, ¿qué te pasa? —le pregunto, angustiado, sosteniéndola para que no se caiga—. Eden, por favor, cariño.
—¿Qué le pasa a mi hermana? —pregunta Leif, corriendo hacia nosotros—. No, Eden, no colapses tú tampoco, por favor.
—Es que… Ay, Dios, no —susurra mi preciosa loba—. Necesito estar sola, por favor.
—¿Qué fue lo que le dijiste? —me reclama mi cuñado, desconcertado—. Eden no se pone así por nada.
—No le dije nada, solo que me puse la vacuna para el veneno de…
—Ay, no, no, no, mi cuerpo —solloza Eden—. Voy a morir, no por esto, voy a morirme en el parto.
—Hermana, ¿qué tiene que ver la vacuna con un parto? ¿Estás embarazada? ¿Es eso? ¿Cómo es posible? Conoces a Devian desde hace muy poco.
—Está asumiendo que está embarazada —murmuro, intentando calmar la situación—. No lo está, o al menos de momento no creo que lo esté.
—¿Y si lo estoy? ¿Qué vamos a hacer con un montón de cachorros? Yo también tengo la vacuna —solloza Eden—. Te odio, maldito taladro, te odio mucho. Te amo, pero me caes mal, desgraciado.
—¿De qué hablas, Eden? —insiste Leif—. ¿Qué tiene que ver que…?
—Que Raisa me habló de los efectos secundarios de la vacuna —jadea mi mujer—. Y dice que ahora entiende por qué tuvo tres cachorros en lugar de uno, como debería haber sido. La vacuna aumentó tu fertilidad de forma anormal.
—No tiene sentido, Eden —digo, extrañado—. En todo caso, Raisa debió haber recibido…
—Sí, la recibió al llegar a la manada —asiente Leif—. Le hicimos creer que se trataba de otra cosa, por supuesto, porque a nadie le habría hecho gracia gastar recursos en una humana, pero la recibió.
—Oh, entonces no voy a tener seis —susurra Eden, temblando—. Gracias a Dios.
—Estás loca, Eden, de verdad —gruñe Leif—. Pensé que algo malo te estaba ocurriendo.
—Tampoco la regañes —la defiendo, abrazándola de manera protectora—. Te recuerdo que no solo tú la estás pasando mal. Todos estamos hundidos hasta el cuello en esto.
—Lo sé, lo sé, pero Eden se está angustiando por algo que puede que ni siquiera llegue a pasar.
—Leif —pronuncio su nombre con tono de advertencia.
—No, mi hermano tiene razón —murmura Eden, rompiendo nuestro abrazo con cuidado—. Estoy haciendo dramas innecesarios cuando el mundo se está yendo al infierno.
—No digas eso, puedes hacer todos los dramas que quieras. Eres la reina —la consuelo, fulminando con la mirada a Leif—. Lo único que no quiero es que te alejes.
—¿Podemos ir a caminar un rato? —me propone mi loba—. Estoy agobiada y los niños se han ido a dormir muy temprano.
—Vayan —suspira Leif—. Creo que sí les hace falta salir antes de que el clima se ponga aún más frío.