Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 49: Este no puede ser el final

*Leif*

Pasar el tiempo con mi familia es a lo único que puedo aferrarme, pero cada instante, incluso los buenos, me pesa como una maldita tonelada.

No puedo aceptar la idea de que el tiempo se va como agua entre los dedos, que todo a nuestro alrededor se congela como si no valiera nada, como si solo fuésemos parte del paisaje.

—Hace… más frío —se queja Raisa a pesar de que la abrazo.

—Mi calor ya no es suficiente, ¿verdad? —susurro, devastado.

—No —dice con la voz temblorosa—. Pero no es tu culpa, hemos hecho todo lo que hemos podido.

—De igual manera, siento que soy un inútil. Mañana es Año Nuevo y yo simplemente…

Soy incapaz de terminar la frase y abrigo más a Raisa, cuyos dientes castañean. El calor de su piel ha disminuido peligrosamente. Sin embargo, no hay médico que pueda ni que se atreva a venir. La nieve ha bloqueado todos los caminos y el sol no ha vuelto a salir.

Estamos caminando, lentamente, hacia una muerte segura.

—Simplemente actuaste como el padre que eres. No ibas a sacrificar a Lunaire.

—Pero me estoy cargando a nuestros dos hijos, a ti, a mi hermana y… carajo, siento que…

—Tranquilo —susurra con dulzura, recostando la cabeza en mi pecho—. Sé que no hay solución, pero estamos juntos, Leif. Juntos hasta el final.

—Lo que pasa es que no quiero que sea el final —murmuro, aferrándome un poco más a ella—. No puedo aceptar que lo sea.

—Yo tampoco —musita—. Pero al menos sé que no nos rendimos.

—Sí, en eso tienes razón —murmuro.

La alzo en mis brazos y la llevo con paso lento hacia el salón principal, donde ahora todos nos refugiamos. Prácticamente ya no hay intimidad para nadie; nos hemos propuesto casi no separarnos, salvo para dar pequeños paseos, como el que acabo de dar con Raisa.

—Este frío cala los huesos —se queja Riven, que está junto a la chimenea—. Ya quiero dejar de sentirlo.

—Parece que esa bola de fuego solo quiere hacernos sufrir —gruñe Dean.

Raisa y yo nos miramos por un instante. Eso basta para confirmar lo que ya sabemos: nos están torturando. No solo lo hace físicamente, sino mentalmente.

Todos estamos agotados, derrotados, muertos antes de estarlo de verdad. Aquí ya no queda nadie que tenga la más mínima esperanza, y eso afecta las ganas de disfrutar el tiempo que queda.

No se puede disfrutar cuando sabes que no puedes hacer nada por quienes amas.

—¿Dónde está Devian? —pregunto al percatarme de su ausencia.

—Fue a su despacho —murmura Eden, que está intentando dar de comer a Lunaire—. Parece que hay novedades, pero no quiso que lo acompañara.

No puedo evitar que la tristeza me invada. En tan poco tiempo, los ojos de mi hermana se han ido apagando. No nos falta comida ni personal a nuestra disposición, pero el frío penetrante se está llevando nuestra alma, arrancándonos las ganas de vivir.

La obsesión de esa deidad por Lunaire nos está consumiendo lentamente.

—¿Cuánto tiempo queda? —pregunta Lunaire con voz débil, negando con la cabeza al ver cerca la cuchara—. No, tía, no quiero más.

—Pero tienes que comer algo, mi amor —protesta Eden.

—No tiene sentido comer —murmura mi hija—. Pronto no vamos a necesitar hacerlo.

Embargado por la desesperación, me levanto de la silla y corro hacia ella para alzarla en brazos. Mi hija no llora ni dice nada; simplemente yace en mis brazos como si su alma ya hubiera salido de su cuerpo.

—No digas eso, por favor —le ruego—. Todavía quedan unas horas; podemos hacer algo.

—Puede ser —suspira—. Pero es difícil.

Sin responderle nada, sigo abrazándola, fingiendo que el tiempo no pasa, que no voy a perderla y que vamos a encontrar una solución en el último segundo.

—Te quiero mucho, papi —susurra—. Gracias por no rendirte.

—Nunca lo haré —le aseguro, aliviado al ver que el color regresa a sus mejillas—. No vuelvas a decir esas cosas y termina de comer.

—Está bien, papi. Te prometo que ya no voy a decir esas cosas.

Dejo a mi hija junto a Eden de nuevo y, con alivio, veo que está comiendo otra vez. No sé qué le he dicho, pero funcionó.

—Papá siempre me calma —susurra mi cachorra cuando Eden le pregunta.

Cuando estoy a punto de abrir otras latas para mis hijos —que ellos sí conservan el apetito intacto—, se abre la puerta y entra Devian. Su mirada es tranquila y su pulso parece calmado; sin embargo, percibo algo extraño en la rigidez de su caminar.

—Leif, necesitamos ir a la entrada del palacio.

—¿Qué sucede? —preguntan Raisa y Eden al mismo tiempo.

—Nada demasiado importante —responde Devian—. Dejaron más provisiones.

No me altero, a pesar de saber muy bien lo que eso significa. Eden y Raisa se mantienen quietas, aunque el aumento de su ritmo cardíaco comienza a alarmar a los niños.




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