Los cachorros perdidos del alfa cruel

Capítulo 50: Salió el sol, pero...

*Raisa*

Las voces y los gritos se escuchan tan fuerte que siento que la cabeza está a punto de estallarme. Sin embargo, no puedo reaccionar, no puedo pedirles que se detengan. Tampoco puedo hacer nada contra el frío aplastante que embarga cada célula de mi cuerpo y me sacude sin control en los brazos de Leif, que me grita que regrese.

«Mis cachorros», pienso con desesperación.

Antes de siquiera abrir los ojos y observar el sufrimiento de mi compañero, me doy cuenta de que ellos faltan. Mi corazón de madre lo siente: ellos están lejos de mí.

—Mis… cachorros —susurro, deseando con todas mis fuerzas que mi presentimiento no sea real.

El rostro perfecto de Leif se contrae de dolor. No necesita decirme nada, su expresión me da la mala noticia.

—No, no, no —susurro.

A lo lejos, Eden solloza desconsolada.

—Los tres se fueron —susurra Leif, terminando de destruir cualquier ilusión—. No hay rastro de ellos en todo el palacio y sus huellas se perdieron.

—¡No! —grito desesperada, intentando levantarme de la cama—. No, tienes que encontrarlos, por favor. Ellos no pudieron irse; se los llevaron.

—Sí, seguramente eso fue lo que pasó —me responde Leif mientras trata de contenerme—. No te muevas así, por favor. Vamos a encontrarlos, te lo juro.

—No quiero juramentos, quiero hechos —respondo furiosa, forcejeando con todo lo que tengo, aunque sé que es inútil—. Tengo que buscarlos; mis bebés tienen que aparecer.

—Ya no es posible buscarlos —me dice Devian, acercándose al pie de la cama—. La nieve ahora está bloqueando todas las entradas y salidas del palacio.

—Nuestra búsqueda fue el último recorrido que pudimos hacer —me explica Eden, con la voz rota—. Lo siento tanto, Raisa. Mis pulgas se perdieron por mi culpa. Yo dejé dormir a Lunaire y…

—Pero Lunaire estaba en tus brazos —sollozo—. No pudo haber huido así. ¿Qué hizo?

—Me tocó el rostro —murmura.

—Luego Riven lo hizo conmigo —mascullo.

—Ellos tenían un plan —suspira Devian, agotado—. Encontramos rastros de somnífero en el rostro de Eden y en el tuyo. Es algo muy potente; por eso se quedaron dormidas con solo una caricia cerca de la nariz.

—No, no puede ser —susurro, frotándome el rostro con ambas manos.

Esto tiene que ser una amarga pesadilla. No he pasado tantos años alejada de ellos como para que ahora tenga que hacerlo de nuevo.

No solo me han arrebatado a mi cachorra, sino también a mis otros dos hijos. Solo de pensar en que no volveré a verlos, siento que empiezo a volverme loca.

—Tienen que aparecer —mascullo—. Esto no puede estar pasando.

—Vamos a buscarlos —me asegura Leif, entrando a la cama conmigo—. Los vamos a encontrar, no pierdas la fe, Raisa.

—Siento que esta espera será larga, eterna —murmuro, con amargura y la mirada perdida—. No quiero vivir sin mis cachorros. No puedo.

—También lo son todo para mí —susurra Leif—. Y por eso no podemos rendirnos. Vamos a encontrar una manera de salir de este palacio e iremos a buscarlos. No pueden haberse ido muy lejos.

—Mis pulgas —solloza Eden, hundiendo el rostro en el pecho de Devian—. Ellos son fuertes, pero este frío está matando a cualquiera que se atreva a salir.

—Confiemos en que lleguen a algún sitio con fuego —le dice Devian, que parece sufrir tanto como ella.

Sé que esas son fantasías absurdas, que es probable que mis cachorros no puedan resistir estar afuera por demasiado tiempo. Sin embargo, necesito creer que lo harán para no volverme loca. Cuando logremos salir de este palacio, sabré si podremos vivir o si estamos condenados a irnos con ellos por esa cruel obsesión que el dios del sol siente por mi Lunaire.

No pienso vivir ni un instante más si ellos ya no existen en este mundo.

***

*Leif*

Ha pasado ya una semana desde que mis cachorros no están. Kael habla poco o nada, solidarizándose con mi Raisa, que está muerta en vida. Yo me siento igual, pero por alguna razón he mantenido la fuerza para continuar con la búsqueda junto a Eden y Devian. No quiero rendirme; no puedo aceptar que mis hijos hayan sido tan solo estrellas fugaces que se pierden en el firmamento.

Tengo que volver a verlos, devolverle la vida a Raisa y recuperar la mía.

—El clima se ha mantenido estable —me comenta Devian cuando me lo encuentro en el pasillo para el turno que me toca con él—. No hace más calor, pero tampoco hace más frío.

—La temperatura está aumentando —respondo—. Tú no lo notas porque eres humano, pero yo puedo sentir más calor. Mis dedos ya no están entumecidos.

Para demostrar mi punto, flexiono los dedos casi con la misma agilidad de siempre. Devian resopla y niega con la cabeza mientras me muestra sus manos pálidas y de uñas moradas.

—No sirvo de mucho siendo humano, al parecer —murmura.

—De hecho, me sorprende que estés hablando conmigo sin temblar —replico—. Raisa y tú han resistido demasiado.




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