Los Colores de Jimmy

Capítulo 1

Llegué a casa de los abuelos en agosto.

Llovía a cántaros, de esos diluvios que anuncian el final del verano.

Cuando mamá dio su bendito anuncio "Jimmy, nos vamos" lo hizo en voz baja, casi en su susurro. Casi en un acto de complicidad. Porque los gritos de papá eran una incómoda molestia de fondo que impedía cualquier conversación coherente. Que obligaban a mamá hablar como corresponde dejándola en una posición de sumisión absoluta, siendo anulada y lo que es aún peor, dejándose anular.

"Nos vamos" dijo, cuando lo que esas palabras ocultaban era en verdad un "Te vas".

 

 

La lluvia empapa el cristal a mi derecha mientras leo desde el asiento de acompañante.

Celine (mi madre) se sorbe la nariz durante todo el viaje y se quita alguna lágrima cada tanto. Me resulta vergonzoso verla así, ¿cuánto más piensa soportar esto? Muchas veces quise irme de casa pero jamás pensé que me terminarían echando.

El viaje es de cinco horas pero me niego a tener que soportar el doloroso silencio entre nosotros. Lo que tengo aún más decidido es que no me pasaré todas esas horas bajo la tajante obligación de "algo hay que decir, algo hay que hablar", por lo tanto llevo mis auriculares y una novela vieja para el camino. Además la grata compañía de Algodón de Azúcar durmiendo en mi regazo. Jamás dejaría solo a mi gato. Es un regordote de dos años, color blanco con negro y una manchita en el hocico al estilo lunar francés.

Cada tanto mamá decide detenernos en lugar donde la lluvia cesa para que saque al gato quien no parece tener necesidades fisiológicas correctas ya que no se molesta en dormir durante todo el camino.

Él lo sabe. Él está triste. Él está al tanto de que ya es hora.

¿Quizá pensará que me separaré de él? Eso jamás. Pero es cierto que distanciarlo de su entorno conocido implica algo no menor.

Cuando ya empiezo a reconocer el vecindario de Susan y Ernie (mis abuelos), estoy a punto de terminar El Retrato de Doran Gray, libro con el que me cargué. Y se me crea un nudo en la garganta terrible. ¡DEBERÍA SER ILEGAL QUE UN AUTOR MATE A SUS PERSONAJES! ¡Es un acto de cobardía!

Debo tragarme el dolor, la angustia, debo tolerar la opresión en mi pecho que crece y crece como una bestia hambrienta, ávida por el sufrimiento de los demás.

"Mierda, Jimmy, no llores. Sólo... ¡no lo hagas! Porque mamá pensará que lo haces por ella. Pensará que tiene que ver en algo con lo que te ocurre. Creerá que tiene algo que ver en tu vida, que influye de algún modo en ti y no hay nada en el mundo más errado que eso. Siempre vivió al margen de lo que te ocurre o mejor dicho, ellos siempre te empujaron al margen de su mundo y eso es una carga, una cruz que ya no puedes ignorar."

Trato de convencerme a mí mismo logrando así que las lágrimas no sean más que una capa cristalina que ponen una barrera entre el mundo y yo.

Me concentro en el libro. Leo y releo algunas oraciones, completamente enojado con Oscar Wilde. Maldito Basil y maldito Dorian, todo es una mierda.

Los personajes que un escritor ha asesinado perdurarán en su memoria para siempre; los ha inmortalizado. Porque son un fragmento de él mismo, le corresponden y ese escritor es un cobarde sin duda: ha intentado enterrar una parte de sí.

Mamá detiene el auto y entre tanta angustia, ver la casa de los abuelos logra un efecto en mí: como si un rayo de luz agujerease la oscuridad del cielo abarrotado de nubes desintegrándose. ¿Esperanza quizá? Lo que fuere no termina de quitar mis temores. Tener que salir y enfrentar un devenir condenado por el pasado lo vuelve aún peor.

-Mamá, no quiero bajar del auto.

Me llevo una mano temblorosa a mi boca. He soltado las palabras sin tener la firme convicción de querer hacerlo.

Algodón de Azúcar (o simplemente "Don" como prefiero llamarle) se reacomoda en mi regazo y apoya sus patas delanteras en el borde de la ventanilla para ver qué hay afuera.

-Mamá...-insisto-. No...quiero.

Porque sé que en cuanto ponga un pie fuera, mi vida se habrá acabado por completo.

Ella no es capaz de mirarme, sólo tiene la mirada perdida en sus puños sobre el volante como si éste le fuese a dar la bendita solución a todos nuestros problemas. Al menos, en lo que a mí se refiere.

-Hijo, ya lo hablamos...

-Tú y papá lo hablaron-corroboro lleno de ira-. Dispusieron de mí sin mi consentimiento ¡y eso está mal!

-¡No! -Descubro que su mirada se ensombrece por una densa capa de lágrimas-. No está mal; es por tu propio bien.

¿Es que los padres vienen con un cassette donde tienen que repetir ese discurcito de mierda hasta el cansancio? "Es por tu bien, yo sé lo que te conviene, tú no, tú eres un inútil". Vamos, es lo que dejan entrever sólo con mencionar las primeras cuatro palabras.

-Un año viviendo con los abuelos no me hará bien-enfatizo cada sílaba.

A continuación deviene un prolongado e incómodo silencio. La obligué a escucharme. La obligué a detener sus pensamientos que tratan de convencerla que su opinión no tiene importancia sino siempre la de papá. Lo obligué a detenerse y a escucharme justo ahora que todo se encuentra al borde de caer en el abismo.

Pero no es tarde, mamá. Tienes la chance. Tienes la chance ahora de saber lo que quiero, de escuchar a este niño triste que trataba de consolarte mientras te pasabas enojada o deprimida en casa durante los últimos diecisiete años: desde el momento mismo en que nací hasta el día de hoy.

-Mamá-le recuerdo que sigo ahí.

Ella parpadea. Se la ve perpleja.

Don empieza a inquietarse.

-Está decidido-responde y su voz es apenas perceptible como si algo le rasgase en la garganta y yo sé que se trata de remordimiento.

Pero también soy consciente de que tampoco podré hacerla cambiar de opinión.




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