Los Colores de Jimmy

Capítulo 18

No quiero entrar en detalles.

No me interesa.

De golpe, la corta distancia que hay entre nosotros se vuelve como kilómetros y he vuelto a sentirme solo. Marginado.

Por qué soy tan imbécil, por qué. POR QUÉ. NO. TE. HAGAS. ILUSIONES. CON. UN. CHICO. HETERO. JIMMY. Cuántas veces me lo debo repetir para aprender.

Steve no tiene la culpa. Él parece contento. Es bellísimo con sus hoyuelos marcados pero yo no puedo sentirme contento también por él. Resulta que ahora hasta Miranda va a visitar a su suegra amada, que ojalá fuese mi suegra. ¿Cómo sería que la madre de Steve fuese mi suegra? Él me está contando algo pero no lo capto. Mi cabeza comienza a divagar imaginándome a este chico como mi pareja, llegando juntos en su camioneta, pienso en su mano pasando de la palanca de cambios a mi rodilla mientras me sonríe y vamos a su casa para un almuerzo familiar. Pienso en su madre contándome cosas vergonzosas de cuando Steve era pequeño. Pienso en mis abuelos haciendo de sus bromas extrañas en la mesa y todos riendo por compromiso. Pienso en Miranda…y todo el mundo de mis sueños se esfuma.

—¿No es fabuloso? —dice Steve.

Parpadeo y reacciono.

—Esto… ¡sí! ¡Fabuloso! —digo en un tono fingido que capta y me arroja un vistazo cargado de suspicacia.

—Bien—se frota las manos y mira por la ventanilla mientras aparca el auto—. Ya llegamos.

Observo donde él lo hace.

Esto es un maldito par   que para niños.

 

 

—Ven—me dice y sale corriendo  como un chico, tras un puente.

Lo sigo y nos metemos bajo éste, cubierto de una enorme enredadera de flores, hierba descuidada y espinas. Nos sentamos en el suelo y capto que frente a nosotros hay una pared con grafitis.

El gesto de él se viene abajo.

—Ese muro no estaba antes—comenta en un murmullo—. Había una vista hermosa de la puesta de sol...en fin. Lo demás no ha cambiado. Este lugar está bien...no sé por cuánto tiempo pero ahora lo está.

Parece haberse decepcionado.

—Steve—le digo—. ¿Qué tiene este lugar que lo hace diferente a los demás? Por algún motivo lo escogiste y no creo que un muro de ladrillos y pintadas sea la respuesta.

—Eres un listillo—contesta como si tuviese cinco años—. Es un lugar importante, sí.

Se sonroja un poco y toma su mochila de la cual saca una barra de cereal con chocolate. La rompe, me ofrece un trozo y acepto: tiene relleno de maní y dulce de leche, algo empalagoso para mi gusto pero si viene de él, por supuesto que me fascina.

—Aquí—dice luego de un instante en silencio—, solía traerme papá, de niño. Le gustaba porque no mucha gente suele venir y es un parque lindo al que el municipio debería cuidar mejor.

No le veo nada diferente a otros parques, pero el significado sentimental que Steve le ha asociado a este lugar es muy valioso. Su padre. No he sabido nada de él.

—Sí—convengo—. El parque está bien.

Los hay más bonitos pero no romperé sus ilusiones.

Él sonríe y el clima de confianza que se ha generado es muy valioso puesto que Steve me acaba de confesar sobre este lugar y sobre Miranda. Se desenvuelve conmigo sólo porque una vez le ayudé. Este chico tiene una necesidad de ser escuchado que sorprende.

Por un instante, sólo por un pequeño instante cruza en mi cabeza, la idea de contarle sobre mi sexualidad. Él ha sido honesto, conviene que también lo sea.

Hasta que abro la boca y retrocedo a último segundo, cambiando de idea:

—Steve ¿por qué me trajiste a este lugar a mí?

Quizá una entrada al tema sea conveniente antes de soltarle, lo que sería motivo para alejarlo definitivamente de mí.

Respecto al hecho de haberme traído, podría habérselo pedido a su mejor amigo, Francis o a Miranda (incluso tendría mucha más coherencia que así fuere). Quizás a su hermano o a su madre, pero ¿quién se supone que soy yo como para acompañarle? ¿El chico que lo escucha? ¿Su terapeuta?

Mi cerebro logra aproximar una respuesta antes de qué él la diga: me ha elegido a mí para poder animarse a volver a este sitio acompañado, pero a la vez, busca sentirse solo y ¿quién mejor que yo para estar ausente aún contando con mi presencia? De repente veo que sus ojos se humedecen y ríe, algo nervioso.

—No lo sé. Tú sabes tanto de mí que, pensaba, comprenderías cuando algo es significativo. Sabes lo asquerosamente poco afectuoso que soy y más aún con este tipo de cosas.

—¡Lo comprendo! —me apresuro a responder—. Lo comprendo, Steve. No te sientas mal. Además, conmigo no lo sabrá nadie, puedes estar tranquilo.

—Tampoco nadie sabrá que me acompañaste, ¿verdad?

Me mira con un deje de complicidad que detesto.

Que nadie lo sepa y todo en lo que a mí se refiere, está fundido en la invisibilidad y en la nada absoluta.

Sólo le contesto un “ajá” y permanecemos en silencio durante gran rato de la tarde hasta que la luna brilla en el cielo. Steve se anima a contarme sobre su padre y sobre las salidas en familia, también declara que falleció hace tiempo, pero no de qué manera, sólo es un «papá murió» y al parecer no ha superado su ida. Ese tipo de cosas no se superan.




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