Los Secretos

1. Primer secreto

1. El primer secreto

Hay secretos que no le contamos a nadie. Y hay secretos que ocultamos hasta de nosotras mismas.

El primer secreto que recuerdo lo guardé antes de tener edad para entenderlo. Fue a los seis años. Estaba en la cama, a oscuras, pensando en algo que ninguna niña de mi edad debería pensar antes de dormir:

«¿Cómo debe ser morirse?».

La ocurrencia vino de repente, sin motivo aparente. Y eso me llevó a imaginar las cosas que más echaría de menos:

los abrazos de mi madre,

ver la tele con mi hermano,

los regalos,

los globos de helio.

Esa fue la primera vez que recuerdo haber notado cómo el miedo erizaba mi piel. Salí corriendo de la habitación, con la garganta atascada y la respiración acelerada, para acurrucarme en los brazos de mi madre.

—¿Qué ocurre? —me dijo acariciando mi espalda.

—Nada.

—¿No puedes dormir?

La abracé más fuerte, en silencio.

—¿Quieres dormir conmigo? —ofreció mientras me apartaba un mechón de pelo de la cara con suavidad.

—Sí.

Durante un tiempo mi mayor miedo fue dejar de existir. No perder a las personas que quería, sino desaparecer. Nunca compartí ese pensamiento con nadie. Intenté esconderlo hasta de mí misma.

Años después, siento que ese pensamiento sigue influyendo en mis decisiones. Y no sé si soy yo quien las toma, o la persona que he ido creando a medida que he ido guardando más secretos.

—Bruna, ¿qué ocurrió anoche?, ¿estás bien? —me dijo mi madre la mañana siguiente a mi inquietante revelación vital.

—No sé, me di un susto —le mentí.

—Sería una pesadilla...

—Sí, soñé algo malo.

—¿Y lo recuerdas?

—No, no me acuerdo.

Yo siempre me acordaba de lo que soñaba. Pero, a veces hacía que no, porque no sabía si eran normales las fantasías que podía crear en mi cabeza.

—¡Bruna!

—¿Qué pasa?

—¿En qué estás pensando? Te has quedado embobada.

—No sé.

A mi hermano le mosqueaba bastante cuando hacía esas cosas. Quedarme mirando a la nada mientras me hablaba y no reaccionar.

—Algo estabas pensando... ¡Mamá, Bruna dice que no piensa!

—¡Yo no he dicho eso! —le tapé la boca ofendida.

—¿Entonces?

—A ti te lo voy a contar...

Desde muy temprano tuve claro que lo que había en mi cabeza era solo mío. Nadie podía entenderlo. Guardarme las cosas me salía de forma natural, aunque todavía no tuviera demasiados motivos para hacerlo.

Y entonces llegó Santi, mi primera decepción amorosa.

Íbamos a la misma clase. Pero, nunca habíamos tenido una conversación de más de dos palabras.

—Bruna hará pareja con Santi...

El día en que la profesora nos puso juntos a hacer un trabajo de clase sentí, por primera vez, que los deseos se podían cumplir sin la mano experta de mis padres de por medio.

Y, mientras leíamos la tarea, compartiendo fotocopia y con las cabezas a milímetros de tocarse, me di cuenta de que el corazón puede latir tan fuerte que parece que se va a salir del pecho. Más tarde descubrí que aún podía hacerlo con más intensidad.

Hasta entonces pensaba que Santi no sabía ni que existía. En cambio, yo estaba pendiente de todo lo que hacía y forzaba situaciones para encontrarnos. Como ir a la papelera a sacar punta a un lápiz ya afilado solo porque él estaba ahí.

Pero nunca hubo un avance real, por más que yo quisiera.

Hasta que un día, su madre llamó a la mía para invitarme a su fiesta de cumpleaños.

Recuerdo perfectamente la sorpresa y la sensación de incredulidad.

«¿Sabe que existo?», pensé.

Enseguida me puse nerviosa.

«¿Cómo va a querer que vaya si nunca me habla?»

«¿Y si su madre se ha confundido de niña?»

—¿Estás segura de que soy yo? —le pregunté a mi madre en cuanto colgó el teléfono.

—Claro.

La seguridad con la que respondió me devolvió la ilusión.

—¡Santi, ven a despedirte!

—Gracias por venir —me dijo dándome un abrazo y se marchó corriendo.

Aquello fue gasolina para mi imaginación. De vuelta, en el coche, no podía dejar de verlo acercándose a mí en el recreo, hablándome, dedicándome miradas a lo lejos buscando mi complicidad.

Estaba convencida de que eso iba a ocurrir. Que el lunes, en el colegio, todo iba a ser distinto. Mejor.

Y llegó el día. Entré en clase con la mochila cargada de euforia. Le busqué y lo vi acercándose. Tomé aire. Venía hacia mí nada más verme, aquello era mejor de lo que había imaginado.

Pero pasó de largo.

A saludar a su amigo.

Santi nunca cambió su forma de actuar conmigo.

Al principio no lo entendí.

Después empecé a pensar que había visto señales en gestos sin importancia.

Y no fue la última vez que mi versión de la historia cobró más peso que la realidad.




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