Los Secretos

2. El chico de la piscina

Últimamente echo de menos los veranos de mi infancia.

Esos días largos de calor sofocante donde la única preocupación real era elegir entre playa o piscina.

La cama hecha por arte de magia.La comida rica en la mesa para cuando rugía el estómago. Y el verano parecía no tener fin.

Se vivía bien siendo hija.

Pero, aún siendo la vida tan simple por entonces, yo seguía teniendo secretos. El más importante era que deseaba vivir un romance de verano como los de las película de finales de los noventa.

El típico chico guapo que veranea en tu misma urbanización. Ese para el que eliges tu mejor bañador aunque solo tengas dos. El que te mira desde el otro lado de la piscina mientras finges leer un libro.

Yo me imaginaba perfectamente cómo empezaría todo.

Él se tiraría al agua estratégicamente cerca de mí. Su mano rozaría mi muslo. Los dos nos quedaríamos quietos dentro de la piscina.

—Perdona, creo que te he dado sin querer.

—No pasa nada.

—Me llamo Axel.

Axel. Porque los chicos de las historias de amor nunca se llaman Javi o Rubén.

Y después vendrían los paseos por la playa, compartir auriculares, los helados al atardecer y las pulseras compradas en el paseo marítimo.

Hasta la despedida. Porque las historias de verano siempre terminan con una despedida triste bajo las estrellas.

Me pasé un verano entero fantaseando con Axel. Lo tenía todo pensado: qué pasaría, cómo pasaría y cuándo.

Pero en mi urbanización no había ningún chico que me mirara desde el otro lado de la piscina.

Ni siquiera había un chico de mi edad.

Aun así, me iba hasta la playa por las tardes, cuando ya apenas quedaba gente. Me sentaba con mi libreta y un lápiz, creyéndome artista, y garabateaba dibujos mediocres mientras esperaba que mi historia estuviera a punto de empezar.

Quizá lo encontraría paseando por la orilla. O, tal vez, en la heladería. Podría pasar.

Pero Axel nunca apareció. En su lugar llegó algo que no entraba en mis planes.

La adolescencia.

Fue como un empujón por sorpresa. Pasé de imaginar un romance que daba sentido a todo mi verano a estar convencida de que nadie se enamoraría de mí jamás.

Las hormonas tomaron el control. Y empecé a fijarme en las boy bands. Take That. NSYNC. Backstreet Boys. Descubrí que era más fácil fantasear.

Con ellos nunca podría salir mal.

Soñaba con esos cantantes que jamás conocería y me despertaba sintiendo una mezcla rarísima de euforia y tristeza.

Para no perder aquella sensación, empecé a escribir todos aquellos sueños en el diario de mi comunión. Cuando todavía creía que un candado diminuto podía con la voluntad de descubrir la intimidad de alguien.

No sé cuánto tiempo estuvieron mis secretos a salvo ahí. Sospecho que no demasiado.

Me da vergüenza hasta pensar en buscar aquel diario.

Y encontrarme a la niña que empezaba a sospechar que imaginar era menos arriesgado que vivir




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