Los Secretos

3. Fuera de sitio

—¿Vas a quedarte en casa todo el día?

—Seguramente…

—Es sábado, ¿no hacen nada tus amigas?

—Lucía tiene comida familiar y Gemma está en un seminario de arte todo el finde.

—¿Y el resto?

—Creo que salían luego a tomar algo por el centro…

—¿Irás?

—No lo sé.

Prefería no decirle a mi madre que el plan de tomar algo iba a terminar siendo jugar al duro y emborracharse a base de calimocho templado y escuchar a los demás hablando de sus ligues.

—Sal y disfruta. Aprovecha ahora.

Me molestaba que me lo dijera. Sentía que todo el mundo parecía saber cómo había que vivir la adolescencia menos yo.

Pero no dije nada, simplemente seguí ojeando mi revista.

Por aquella época tuve el grupo de amistades más amplio que tendría jamás. Éramos unos diez, pero con las que más afinidad había era con Lucía y Gemma.

A Lucía la conocí el primer día de instituto. A mis ojos, ella era perfecta. Estilosa a la hora de vestir, responsable, inteligente y la que mejor sabía quedar con todo el mundo.

Gemma, en cambio, era un espíritu libre, apasionada del arte y la filosofía. Tenía una forma de mirar el mundo muy distinta a la del resto y las ideas sorprendentemente claras para su edad.

Yo envidiaba el don social de una y la rebeldía de la otra.

En el instituto descubrí una nueva sensación que me ha acompañado el resto de mi vida y que he guardado como uno de los secretos que más espacio ocupa.

Sentía que iba uno o varios pasos por detrás de lo que sucedía a mi alrededor.

Era como si mi mundo estuviera cubierto con unas cortinas opacas. Dejaban ver algo, pero no suficiente como para entender lo que pasaba al otro lado.

Así que, cuando todos los demás corrían, yo apenas empezaba a caminar.

Y así, los cuatro años de instituto.

En el último curso me eché un novio casi por inercia. Tenía tantas ganas de pertenecer al grupo que podía permitirme actuar como si fuera otra persona.

¿Era yo o era esa especie de impostura rara que trae consigo la adolescencia?

Cualquiera podría haberlo dudado.

Guardé muchos secretos en aquella época.

Por ejemplo, que en realidad no me gustaba besar a mi novio.

Me gustaba pensar que, por fin, iba al mismo ritmo que el resto., pero aquello implicaba demasiado para mi forma, todavía inmadura, de entender la sexualidad.

Tanta lengua.

Tanto toqueteo.

Todo me parecía excesivo.

Supuse que el problema era mío.

Me cansé pronto y le dije que no éramos compatibles.

Demasiado beso y poca conversación.




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