En la universidad tuve un novio de verdad: Iñaki.
Yo tenía tan poco mundo que conocer a un vasco me parecía exótico.
Él era mayor y, según contó después, se fijó en mí enseguida por mi pelo corto, rubio platino y aquel mechón rojo que llevaba delante.
Supongo que, para alguien que no me conociera, ese aspecto podía hacer pensar que yo era una persona atrevida.
Pero precisamente ese no sería un adjetivo que usaría para definirme.
Posiblemente elegiría otros: discreta, prudente y observadora.
La realidad es que, por la suma de varios factores y una peluquera que llevaba al límite la frase «hazme lo que quieras», me planté el primer día de universidad con un look más propio de la cantante de Roxette.
Y, de alguna manera, a Iñaki le fascinaba que yo fuera una contradicción andante entre personalidad y físico.
Como buen primer novio de verdad, Iñaki empezó siendo mi amigo.
Nos hicimos inseparables muy rápido. Estudiábamos juntos, salíamos juntos de clase y nos esperábamos para entrar. Como la universidad era por las tardes, muchas veces quedábamos antes para comer cualquier cosa en un banco mientras hablábamos de intensidades.
Porque, a esa edad, todo parecen intensidades.
—No entiendo lo de tener un rollo de una noche —le dije una vez con la convicción que sólo da la ignorancia.
Recordemos que yo me había dado unos besos con mi novio del instituto y poco más.
Pero, internamente, me creía con suficiente autoridad moral no sólo para opinar sobre el tema, sino para construir todo un discurso alrededor. Y lo peor es que probablemente resultaba más convincente mi actitud al defenderlo que lo que realmente estaba diciendo.
Iñaki me siguió el juego.
Pero había algo en su manera de responder, más pausada, más interrumpida, que dejaba claro que ocultaba algo.
Yo, que ni siquiera sabía todavía lo que significaba enamorarse, sentí una decepción profunda cuando descubrí, por boca de él mismo, que ya se había acostado con alguien. Y que esa persona ni siquiera había sido su pareja.
Ese fue el primer crack en mi ingenuidad.
Después vinieron tantos que terminé desarrollando inmunidad, pero ya llegaremos a eso.
En aquel momento, Iñaki sentía que me había roto el corazón y yo sentía que él había traicionado mi confianza.
Ninguna de las dos emociones estaba realmente justificada.
Pero durante unos días fueron completamente reales.
Yo era incapaz de mirar las cosas con perspectiva y me enroqué en unas convicciones que, en el fondo, nacían de creerme mejor que los demás.
Es curioso cómo, cuando somos jóvenes y nos alejamos aunque sea un poco de nuestro entorno habitual, aparece una especie de soberbia extraña que nos hace pensar que nuestras opiniones son prácticamente la ley.
Mi secreto era que no tenía ni idea de lo que quería ni de lo que estaba haciendo.
Pero intentaba disimularlo.
A los pocos días se nos pasó aquello que fuera que nos había ocurrido.
Aunque detonó otra cosa.
—Mis amigos de casa vienen este fin de semana. ¿Quieres salir con nosotros? —me preguntó él.
—¿Qué vais a hacer? —respondí haciéndome la interesante.
—Los llevaré a l'Ovella Negra...
—Ah, ¿a beber? —pregunté con cierto desdén.
—Bueno, no en plan "¡a beber!" —respondió exagerando la voz—. A pasar el rato juntos. Será divertido. Así te los presento.
Escondía mi miedo a no estar a la altura de la vida social que se suponía que debía tener a mi edad detrás de una actitud juzgadora.
Sentía que eso me protegía.
No sé exactamente de qué.
Supongo que no eran más que prejuicios nacidos de la inexperiencia.
Pero hay edades en las que uno se permite cualquier cosa. Como los niños que aprenden a hablar y repiten palabras sin entender todavía del todo lo que significan.
La noche que salimos con sus amigos fue la primera vez que pensé que se me daba mejor relacionarme con chicos que con chicas.
Y también la primera vez, en mucho tiempo, que me sentí incluida.
Quizá porque ellos también eran bichos raros.
O quizá porque yo venía de una adolescencia alterada y, cuando te sales de la norma a esa edad, aunque no lo hayas elegido, acabas sintiéndote como una especie de proscrita.
Estar con gente que no conocía mi pasado me resultaba profundamente reconfortante.
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conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026