Nos liamos el día de mi cumpleaños, cuando fui a recoger mis cosas al piso que compartíamos para mudarme definitivamente.
Llegué con la lección perfectamente memorizada a base de repetición mental.
Entrar.
Llenar maletas.
Salir lo antes posible.
Pero, en cuanto crucé el umbral de aquel piso, fue como entrar en un campo magnético y perder la cobertura dentro de mi propia cabeza.
Sólo podía sentir pena y miedo.
Pena por mí, por él y por la vida en común que habíamos arruinado.
Miedo al abismo que sabía que me esperaba al volver a cruzar aquella puerta y no regresar nunca más.
Apenas pronunciamos un saludo.
Yo me puse inmediatamente a recoger mis cosas, avanzando como un caballo con anteojeras, mirando sólo al frente y evitando cualquier distracción periférica.
Iñaki me seguía en silencio de una habitación a otra.
Yo notaba que quería decir algo.
Y, aunque me avergüence reconocerlo, también me regodeaba un poco en la satisfacción de que fuera detrás de mí.
En un momento de distracción me agarró del brazo y me frenó.
—Me da mucha pena lo que ha pasado —dijo.
—A mí también —respondí, cometiendo el error de mirarle a los ojos.
—No sé qué hacer. Estoy perdido.
Lo dijo con la mirada aguada.
—Yo tampoco...
Entonces se sentó en el suelo y tiró suavemente de mi mano para que me sentara con él.
Me acariciaba los dedos mientras seguía sujetándome la mano y aquella intimidad me revolvió el estómago.
Yo todavía no tenía el conocimiento suficiente para prever las consecuencias de mis actos. Sólo sabía aferrarme a lo conocido.
Así que dejé que su mano subiera lentamente por mi brazo hasta el hombro.
—No quería que esto acabara así —susurró.
En aquel momento casi no le escuché.
Estaba demasiado distraída por las sensaciones.
Pero mi subconsciente grabó aquellas palabras con precisión quirúrgica para después atormentarme repitiéndolas una y otra vez.
Eso sería más adelante.
En aquel momento yo era poco más que una marioneta pasando todo lo que él decía y hacía por el filtro de mi propia subjetividad.
Creía que sus gestos nacían del deseo de no perder la relación cuando, en realidad —y esto lo entendí bastante tiempo después—, para él la relación ya estaba rota.
Aun así, me besó.
Y yo me agarré al salvoconducto de la confusión para devolverle el beso.
Aquello activó una especie de piloto automático.
Éramos dos personas completamente desbordadas dejando que las malas sensaciones se transformaran en placer.
Y descubrí algo nuevo.
Cuanto más le odiaba, más le deseaba.
Eso me desconcertó profundamente.
Yo, que siempre intentaba ondear la bandera de la coherencia, me veía atrapada dentro de mis propias contradicciones, debilitada por la intensidad emocional y completamente incapaz de entender lo que estaba ocurriendo.
Después, el globo se desinfló.
Y me encontré tumbada en mi antigua cama, tapada con mis antiguas sábanas, al lado de mi antiguo novio.
Mi secreto fue creer que, si fingía que aquello no tenía importancia, dolería menos.
Como si acostarnos una última vez hubiera servido para empaquetar el final de una forma bonita.
Así que me despedí y salí arrastrando dos maletas enormes con una extraña sensación de cotidianeidad, como si en realidad fuera a volver.
Pero mientras bajaba en el ascensor, cruzaba el vestíbulo y salía a la calle, volvió aquella desagradable sensación.
La traición.
El correo que había descubierto, semanas antes, después de hacer un trabajo de investigación digno del FBI.
Ese en el que le contaba a la chica que había conocido que ya no me veía de la misma manera.
Y el preludio de horas y horas de conversaciones donde yo quería saber mucho y él quería contar muy poco.
—Me arrepiento de haber mandado ese mail —me dijo una vez.
Y yo, anulada por el impacto, era incapaz de entender el significado de esas palabras.
Si se arrepentía de haberlo enviado.
De haberlo escrito.
O de haber pensado realmente todas las cosas hirientes que había puesto ahí.
Incluso hubo momentos en los que intentó darle la vuelta a la historia y reprocharme comportamientos que, según él, habían desgastado nuestra relación.
Cuando le pedí un ejemplo, me dijo que yo nunca sacaba la basura.
Todavía hoy no sé si hablaba completamente en serio o si simplemente intentaba aliviar su propia culpa.
Pero el hecho de plantar en mi cabeza la semilla de que, quizá, si hubiera bajado más veces la basura, nada de aquello habría pasado, rozaba la crueldad.
Yo, que presumía de conocerlo mejor que nadie, empezaba a descubrir a una persona completamente distinta de la que había construido en mi cabeza.
Y no creo que él fuera realmente así.
Pero, durante aquel largo proceso de distanciamiento, se convirtió en la persona más egoísta que había conocido hasta entonces.
Pasaron algunas semanas y yo seguía sintiendo que cinco años enteros de mi vida habían desaparecido de un plumazo.
Me perturbaba no saber de él.
Pero mis amigas me sostuvieron mientras yo era incapaz de hacerlo sola.
Me escucharon.
Me soportaron.
Me ayudaron a sobrevivir a la versión más triste de mí misma hasta que, poco a poco, conseguí empezar a sostenerme por mi cuenta.
Comencé a salir más.
A explorar mis propios gustos.
A construir una rutina nueva.
Los pensamientos sobre él aparecían sobre todo cuando estaba sola en casa, así que intentaba estar fuera el mayor tiempo posible.
Conciertos.
Cenas.
Algún coqueteo.
Y entonces llegó su llamada.
#1484 en Novela contemporánea
#459 en Joven Adulto
conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026