Los Secretos

7. Volver a verle

—¿Sí?

—Bruna.

—Iñaki.

—¿Qué tal estás?

—Bien —pausé un momento para respirar y calmar los nervios—. ¿Y tú?

—Bien... —se quedó callado unos segundos—. Me gustaría hablar contigo.

Hasta ese momento yo estaba convencida de que lo tenía superado.

Habían pasado dos semanas de contacto cero, después de otras tantas suplicándole que no desapareciera de mi vida.

Tras el arrastre vino el reproche.

Después, la decisión radical.

El enfado.

La tristeza.

Y, finalmente, la remontada.

Todo el mundo me decía que recuperarse de una relación tan larga llevaba tiempo. Como mínimo, dos años.

Yo no podía esperar tanto.

Quería pasar página ya.

Y si dos semanas me habían parecido eternas, no quería ni imaginar lo que serían meses o, peor aún, años.

Porque pasar de la oscuridad más absoluta a empezar a distinguir un pequeño hilo de luz se sentía casi como lograr un milagro.

Así que quise demostrarle mis avances.

Y restregárselos por la cara.

Fingí tener muy claras mis decisiones.

Lo hago a veces.

Guárdame el secreto.

—Dime —respondí intentando sonar digna.

—¿Podemos quedar?

—¿Para qué? —me forcé a resistir.

—Para hablar.

¿Dónde estaba la fuerza de voluntad cuando realmente se la necesitaba?

Porque saber que no debes hacer algo no siempre basta para impedir que lo hagas.

La última vez que nos vimos intentamos convencernos de que el mundo se equivocaba y de que sí podíamos ser amigos.

Pero no era verdad.

Tardamos una copa en besarnos y media más en recuperar antiguos vicios: las caricias, las sonrisas cómplices, la facilidad de volver al otro.

Nadie me había explicado que la complicidad es una de las cosas más difíciles de destruir.

Y tampoco que las emociones siempre intentan regresar a su zona de confort.

Iñaki había sido mi primer lugar seguro después de mi familia

No conocía otra cosa.

Y no sabía si era capaz de construir algo así por mi cuenta.

—¿Cuándo quieres quedar? —pregunté finalmente.

—Esta noche, si puedes.

—Tengo planes —mentí.

—Ah, pues...

—He quedado a las diez. Si quieres, podemos vernos antes. Depende de la prisa que tengas... —dije con falsa superioridad.

—Me va bien. ¿Quedamos a las siete en la cafetería de al lado del metro?

Una de las decisiones que tomé, con la mente completamente nublada, fue buscar piso en el mismo barrio donde habíamos vivido juntos.

Mudarse fue fácil.

Saber que lo tenía a dos cruces de distancia no.

Mi argumento oficial consistía en decir que era la zona mejor conectada con mi trabajo.

Mi secreto era que me aterraba romper con absolutamente todo al mismo tiempo.

Quería vestirme para dejarlo sin aliento.

Pero en mi armario no existía el tipo de ropa con la que yo creía que podía conseguir ese efecto.

Básicamente porque nunca me había sentido cómoda llevando cosas que llamaran demasiado la atención.

Así que terminé poniéndome un suéter negro que contrastaba con mi piel pálida y mi melena rubia, unos vaqueros oscuros y un delineado de ojos de dudosa precisión.

También me puse un poco de colorete.

Salí de casa en el tiempo de descuento, como parte de mi venganza que no por pequeña dejaba de resultarme satisfactoria.

Lo vi esperándome en la puerta de la cafetería.

La calle hacía cuesta arriba y yo había subido tan rápido que estaba prácticamente sin aire.

—Hola —dijo sonriendo.

—Hola —respondí mientras intentaba recuperar el aliento y ocultar el temblor de mi voz.

—¿Entramos? —preguntó sujetando la puerta para dejarme pasar.

Iñaki era cuidadoso.

Una de esas personas que te abrazan justo cuando lo necesitas aunque no seas capaz de pedirlo.

Conocía perfectamente mis gustos, las cosas que me hacían ilusión y las que detestaba. Valoraba los detalles tanto como yo. Me dejaba notas por casa, preparaba regalos absurdamente personalizados con juegos de pistas, sabía cocinar y tenía un talento especial para hacer masajes.

Yo quería pedir un café.

Pero pedí una cerveza.

Él también.

Sonreíamos intentando fingir una normalidad que ninguno sentía.

Yo golpeaba la mesa con dos dedos siguiendo un ritmo ansioso.

—Estás muy guapa —dijo.

—Gracias. Tú también —respondí mientras sentía palpitar el párpado de mi ojo derecho.

Bajé la cabeza y pestañeé varias veces para que no se notara.

Sentía que estaba perdiendo años de vida con la espera.

¿Qué quería decirme?

¿Se habría enterado?

Nada en él parecía indicar enfado. Ni en la llamada ni ahora, teniéndolo delante.

Aun así, mi cabeza repetía una y otra vez la misma idea.

Lo sabe.

Se ha enterado.

Va a confrontarme por ello.

Por haberme liado con su mejor amigo.




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