Estaba sola en mi piso recién estrenado, triste y consciente de la irritación de mis ojos cada vez que parpadeaba.
Observaba el comedor desde mi posición horizontal en el sofá.
Echaba de menos a mi madre.
Aún me parecía escucharla golpeando los rodapiés de la cocina con la escoba.
Se había marchado porque, en teoría, ya estaba todo hecho.
Al menos lo de fuera.
Por dentro, yo seguía completamente patas arriba.
Cero orden.
Cero mudanza hacia un nuevo lugar.
No había zafarrancho de limpieza capaz de devolverme la luz.
Al menos eso creía entonces.
Encendí el ordenador y busqué a alguien con quien hablar.
>> Hola.
>> Hola ¿qué tal?
>> Bien.
>> ¿Cómo fue el evento que tenías ayer?
>> Agotador, pero salió todo genial.
>> Me alegro. Yo estoy con un artículo, un poco atascado...
>> ¿Estás en la ofi?
>> No, me he llevado el trabajo a casa...
>> No deberías.
>> Qué remedio...
>> Bueno, pues no te entretengo...
>> Tú nunca me entretienes...
Víctor y yo llevábamos varios días hablando con cierta frecuencia.
La mayoría de conversaciones eran superficiales, pero había algo que me decía que no eran del todo inocentes.
Lo venía notando casi desde el momento en que nos conocimos, cuando nos presentó mi ahora ex.
Quise creer que aquel flirteo formaba parte de su manera habitual de relacionarse.
Y, sinceramente, había algo divertido en ello.
También familiar.
Teníamos un juego constante de ironías y vaciles que a veces se sentía demasiado íntimo.
Entre nosotros empezó a crecer una atracción extraña, atrapada en la ambigüedad de no saber si el otro sentía lo mismo.
Y todo quedó ahí durante meses.
Hasta que mi relación explotó.
Entonces rescaté aquella sensación del cajón de los descartes.
Retomé el contacto con él sin demasiadas pretensiones, pero con todo aquello revoloteándome en el estómago.
Nunca hablábamos de la ruptura.
Ni de mi ex.
Era evidente que los dos evitábamos el tema, incluso haciendo auténticas cabriolas durante las conversaciones para no enfrentarnos a la realidad de que yo era la exnovia de su mejor amigo.
Y el flirteo empezó a intensificarse.
>> Podría hacerlo.
>> ¿Cómo?
>> Se me ocurren cosas...
>> ¿Cosas?
>> No te lo puedo decir por aquí...
>> ¿Me vas a dejar con la duda?
>> Depende de ti...
En algún momento decidí dejarme llevar.
Silenciar el instinto que me decía que aquello estaba mal.
Desactivar la parte de mí que todavía se preocupaba por las consecuencias.
Me enganché a la adrenalina de hacer algo prohibido.
Y tener ese poder aliviaba mi dolor.
>> ¿Quieres venir?
>> ¿Dónde?
>> A recogerme con tu coche.
Sabía que tenía que pensármelo, pero no pude.
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conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026