Los Secretos

9. Lo que ocurrió con el mejor peor amigo

Las luces de los coches se difuminaban al atravesar la fina película de grasa que cubría mis gafas.

Resultaba molesto.

Aunque no tanto como la voz al fondo de mi cabeza preguntándome continuamente si de verdad creía que aquello era normal.

Me imaginé amordazándola.

Y, durante unos minutos, funcionó.

Salí de la autopista siguiendo las indicaciones de Víctor.

Habían pasado treinta minutos desde que arranqué el coche y se me habían hecho extrañamente cortos.

Por alguna razón, iba tomando decisiones sobre la marcha creyendo que, si realmente necesitaba reflexionar sobre aquello, el universo me mandaría alguna señal.

Un atasco inesperado.

Equivocarme en el recorrido.

Una avería.

Cualquier cosa.

Pero no.

El trayecto había sido tranquilo, prácticamente solitario y, por primera vez en mi vida antes de que existiera el GPS, sin un solo error.

Me adentré en una calle de chalés adosados idénticos y luces tenues.

Paré frente a la primera entrada y me ajusté las gafas intentando distinguir el número.

No pude.

Me las quité para limpiarlas con la camiseta, convencida de que probablemente sería peor el remedio que la enfermedad.

Entonces noté que alguien se acercaba.

Giré la cabeza rápidamente hacia la ventanilla.

Era Víctor.

Intentó abrir la puerta, pero estaba bloqueada.

Sonrió pidiendo permiso con la mirada.

Lo observé mientras accionaba el botón para desbloquear las puertas.

Víctor era atractivo, aunque sus facciones no encajaban exactamente con esa belleza estándar por la que nunca había sentido demasiada devoción.

Tenía los labios más carnosos que había visto jamás.

Los ojos de un marrón intensísimo, rodeados por dos líneas de pestañas negras y espesas.

El pelo azabache, rizado como pequeños caparazones de caracol.

Y la piel tostada.

Su sonrisa amplia cargaba balas de seducción, pero también de sencillez y calma.

—¿Has venido bien? —preguntó sentándose a mi lado.

—Sí. Lo único es que no sabía exactamente dónde parar —dije mirando hacia fuera.

—Ahí vivo yo —señaló con el dedo.

—Ah... Así de noche no... —me detuve en seco.

Ya había estado allí antes.

En casa de sus padres.

Una tarde en la que nos juntamos varios amigos en la piscina.

Pero ninguno de los dos quiso recordar aquello en voz alta.

—Qué raro que estés aquí —dijo mirándome directamente a los ojos.

Cuando alguien me sostenía así la mirada, yo ya sabía lo que iba a pasar.

Sin poder evitarlo, vi desfilar ante mí un resumen a cámara rápida de los peores momentos de mi ruptura.

Y justo cuando el dolor estuvo a punto de abrirse paso, lo bloqueé acercando mi cara a la suya.

—Y qué raro que me hayas invitado —susurré sin apartarle la mirada.

—Hacía tiempo que tenía ganas —dijo levantando las cejas en un gesto que pareció involuntario.

—¿Cuánto? —pregunté provocándolo con una sonrisa incrédula.

—Demasiado —susurró acortando la mínima distancia que quedaba entre nosotros.

Y entonces ocurrió.

El beso prohibido.

Estaba mal.

Pero se sentía demasiado bien.

Carnoso.

Cálido.

Intenso.

Casi como si lleváramos meses estudiándolo para un examen final.

Un beso llevó a otro porque lo deseábamos.

Pero también porque los dos estábamos alargando el momento de enfrentarnos a lo que realmente estaba pasando.

—¿Vamos atrás? —propuso aprovechando una pausa momentánea para respirar.

La situación escalaba y hacía rato que mi razón estaba fuera de servicio.

Mi cuerpo quería responder que sí.

Pero una parte de mí, silenciada y amordazada, seguía pataleando para advertirme.




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