Me sudaban las manos y nunca lo habían hecho.
Las frotaba por debajo de la mesa y notaba cómo se deslizaban con facilidad. Era una sensación desagradable, pero no podía parar de hacerlo.
—Necesito que hablemos.
Las palabras de Iñaki se volvieron un dedo acusador en mi cabeza.
«Lo sabe», pensé, convencida de que Víctor se lo había contado.
«¿Qué hago? ¿Lo cuento como algo natural? Al fin y al cabo él es el que me dejó. Yo puedo hacer lo que me dé la gana».
Mientras él me miraba, supongo que esperando mi cara de curiosidad, yo intentaba mantener un semblante neutro hasta que decidiera cómo enfrentarme a aquella situación.
Pasaron unos segundos y lo tuve un poco más claro.
Iba a hacerlo. Iba a adelantarme y contarle que sí, que me había dado cuatro besos con su mejor amigo en la parte de atrás de mi coche y que me daba igual su opinión al respecto.
Y justo cuando estaba empezando a mover los labios para decir la primera frase...
—Te echo mucho de menos.
Mi boca se cerró de golpe.
Le miré completamente descolocada.
Y me di cuenta de que aquella no era la cara de alguien que acaba de enterarse de algo terrible. Al contrario. Su expresión se parecía más a la de un perro pidiéndote con los ojos un trozo de lo que estás comiendo.
No pude articular palabra.
Por la sorpresa.
Pero también porque aquel escenario no entraba dentro de mis apuestas.
—Estuve de viaje hace unos días —continuó— y en el tren, de vuelta, no paraba de pensar en que no ibas a estar en casa cuando llegara. Y me puse muy triste. Me pasé todo el viaje llorando…
Verdaderamente no sabía qué decirle.
Por una parte, su sufrimiento me entristecía.
Por otra, me consolaba saber que no era la única que lo estaba pasando mal.
Como vio que yo seguía callada, continuó hablando.
—Sé que te he hecho mucho daño. Quiero que sepas que no tengo nada con esa chica...
—No quiero saber nada sobre eso —le respondí, apremiada por la indignación.
—De verdad que nunca pasó nada. Me confundí. No supe valorar lo que tenía en ese momento. Pensaba que...
—Prefiero que no me cuentes estas cosas —insistí—. Son malos recuerdos.
—Lo sé. Perdona. Es que lo hice todo tan mal... y para nada. Ni siquiera me gusta ella.
Estaba claro que necesitaba que yo tuviera aquella información que nunca antes me había dado.
Y eso que, al principio de dejarlo, nos habíamos visto un par de veces.
Pero...
«¿Por qué ahora? ¿Ha tenido una especie de epifanía? ¿Qué pasaría si le dijera que me he liado con Víctor? ¿Me vería de la misma forma?».
Bebí un largo trago de cerveza intentando ordenar mis pensamientos.
—Hablé ayer con Víctor...
Mis ojos se abrieron de golpe.
Sentí como si el corazón pudiera moverme la piel del pecho.
Hice pinza con los dedos sobre la camiseta para tratar de separarla del cuerpo y que él no notara nada.
Otra vez las manos sudadas.
Algo dentro de mí me decía que tenía que adelantarme a lo que fuera a decirme.
Que tenía que confesar.
Y que tenía que hacerlo ya.
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conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026