Los Secretos

11. Nadie es perfecto

—No puede ser —dijo Iñaki bruscamente.

Mi cuerpo se estremeció y contuve la respiración por instinto «¡¿Qué le ha contado Víctor?!», grité en mi mente. Él se levantó con ímpetu y se puso la mano en el bolsillo.

—¿Quién me llamará a estas horas? —dijo visiblemente contrariado.

Inspiré sin mover un músculo. Mi mirada seguía sus movimientos. Y el bloqueo emocional sólo me permitía esbozar una sonrisa de salvapantallas.

—Vengo enseguida, es del trabajo —aclaró mostrándome su móvil.

—Claro, no te preocupes —pronuncié con una sonrisa fingiendo serenidad.

Me quedé sola y fue lo mejor que podía pasarme en ese momento. Mi mente estaba tan nublada que empecé a pensar en cosas que no venían al caso.

«Aquí hace calor, ¿o soy yo? Debería hacer ya el cambio de armario».

Miré alrededor y fui más consciente de dónde estaba y qué hacía allí.

«Céntrate. Has quedado con tu ex, el que te rompió el corazón, la única persona con la que lo has compartido todo, y ahora te está diciendo que... ¿Qué me está diciendo? —fruncí la nariz— ¿Quiere volver? ¡Cómo vamos a volver! ¿Quiero volver?», mi cabeza practicaba una coreografía de negaciones y afirmaciones que podía marear hasta al mejor marinero.

No quería admitirlo, pero mi cuerpo anhelaba su abrazo. Volver a un lugar conocido, al que fue mi refugio durante tantos años, a sentirme protegida, acompañada y salir de esta especie de selva salvaje que era vivir por mi cuenta.

—Perdona, cambio de turno de última hora... —dijo Iñaki de pie a mi lado.

—No pasa nada —le contesté inclinando la cabeza y subiendo la mirada, con ese gesto que, tantas veces antes, me había dicho que le parecía tan sexy.

—¿Aprovecho y pido otra? —ofreció señalando la barra.

—¿Otra?

Miré la hora en mi teléfono, escondiendo la pantalla vacía de notificaciones. Podía marcharme, ya que había adelantado la excusa para salir huyendo cuando lo necesitara. Era sencillo, solo tenía que decir que me esperaban e irme para pasar la noche en casa sola, repasando esta conversación una y otra vez.

—Siempre que puedas... —dijo amablemente.

—Creo que para una más me da tiempo.

Aunque no quería creerlo, sabía lo que significaba aquello. Se me conoce por anticiparme a todo. Es algo que me resulta fácil, natural. Y estaba claro que con la segunda cerveza empezaba el juego de verdad. Soltar, deshinibirme, hasta lograr la excusa perfecta para hacer lo que realmente deseaba.

Pero, antes de eso, tenía que saber lo que Víctor le había contado.

Iñaki volvió sonriente de la barra. Tenía un aura especial, era capaz de suavizar situaciones tensas con una mirada.

—¿Tienes hambre? He pedido unas bravas.

Le sonreí agradecida.

—¿Qué te dijo Víctor? —le dije sin esperar a que se sentara.

Me ardía la pregunta en la boca tratando de encontrar el momento adecuado para soltarla.

—Que hablara contigo —dijo sin inmutarse.

Volví a quedarme sin respiración. Y sin aire no hay palabras.

—Le dije que pensaba en ti, que me arrepentía de lo que había pasado...

Se me abrieron los ojos instintivamente. Y me di cuenta de que, muy a mi pesar, mi expresión se correspondía con mi sentimiento.

—Me aconsejó que te lo contara. Que tenías que saberlo...

—¿Víctor? —me faltó el aire al pronunciar las últimas letras de su nombre y tragué saliva.

—Sí... Y tiene razón. Si no lo hago, me va a dar algo...

Me había quedado estancada en lo de Víctor y me costaba procesar más allá. Una sensación extraña recorrió mi cuerpo. «¿Tan poco le gusto?», pensé.

—Entiendo que te sorprenda...

Estaba mirándole fijamente sin darme cuenta.

—Víctor me dijo que no esperara que me recibieras con los brazos abiertos...

«Otra vez Víctor», pensé. Cada vez que escuchaba su nombre notaba un pinchazo en el estómago.

—Pero, ¿qué quieres hacer?

La presión de tener que decir algo se sentía real.

—Quizá pedirte que vuelvas conmigo es demasiado, ¿no? —expiró por la nariz y dibujó una sonrisa de inseguridad.

Bebí. Había reducido considerablemente el tiempo entre tragos.

Quería decirle que me moría por besarle, por abandonarme a la pasión del reencuentro, por volver a hundir mi nariz en su cuello y acariciarle el pelo. Quería pedirle que me dijera que me quería como nunca había querido a nadie.

Seguí con el dedo las gotas de agua que se habían acumulado en la mesa y tracé un círculo que recorrí, una y otra vez, durante algunos segundos.

—¿Cómo se vuelve a algo que ya no existe?




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