Los Secretos

12. La amiga salvavidas

Nadia me llamó y, como hacía casi siempre, no atendí. Odiaba hablar por teléfono. Cuando lo escuchaba vibrar, mi cuerpo se tensaba. Sólo había un nombre en la pantalla que no me provocaba esa sensación: mamá.

Nadia insistió y, a la segunda, no me quedó más remedio.

—Hola, estaba en el baño —mentí.

—Tía, nunca a la primera... Como un día sea urgente...

«Como un día sea urgente, no me llamarás a mí», pensé jocosa.

—Soy un desastre —me justifiqué por compromiso—. ¿Pasa algo?

—Me ha dicho Carlos que hay plan en su casa...

—¿Cuándo?

—Esta noche. Lore va a dar su fiesta de cumple y nos invita.

—Uff —suspiré con desgana—. Eso va a estar lleno de gente too cool... —desprecié.

—¡No es para tanto! Sólo estudian marketing... —rio con un punto burlón.

—Es que las amigas de Lore son todas modelos...

—Venga tía, que nos invitan...

—Vaaaale —me resigné.

—Vente a mi casa a las siete y nos arreglamos aquí.

Sabía que Nadia iba a preguntarme cosas que no quería contarle. Y no solo porque fuera una persona discreta que evita hablar de sí misma, también porque los actos secretos se sienten menos reales.

—¿Has vuelto a ver a Iñaki? —preguntó sin contemplaciones mientras nos maquillábamos en su minúsculo baño.

No dije nada. La miré a través del espejo.

—¡Has visto a Iñaki! ¡Pero tía!

—No pasó nada.

—¿Y por qué no me lo has contado?

—Bueno...

—Bruna.

—Vale... pasó algo.

—¡Tía! ¿Vais a volver?

—Joder —la miré pidiéndole que relajara el interrogatorio—De momento no... Bueno... No —tomé un poco de papel de baño y me quité el labial—. Este no me queda bien.

—¡Qué dices! Te queda perfecto. Estás guapísima. Póntelo... —me lo ofreció.

—Hoy no quiero hablar de Iñaki.

«Ni acordarme de Víctor», pensé.

—¡Esa es la actitud!

«¡Pero si has sido tú la que has sacado el tema!», me mordí la lengua y sonreí.

De camino al piso de Carlos y de Lore, Nadia me ofreció su petaca. Sabía que socializar en frío me generaba cierta ansiedad.

—Creo que seremos de las últimas, así que la gente estará ya a su rollo...

No dije nada. Solo sonreí agradecida por la manera que tenía Nadia de llevarme en brazos cuando ni yo sabia que lo necesitaba. Discreta. Consistente.

—¡Chicas! —gritó Carlos al abrirnos la puerta— Pasad, pasad... Dejad las cosas en la cama de la primera habitación...

—Pongo las bebidas en la cocina —dije levantando las bolsas.

Les dejé hablando en el pasillo. Nadia y Carlos se conocían del trabajo y siempre tenían chisme para rellenar cualquier situación.

En la cocina no había nadie. Dejé las botellas de ron y de ginebra sobre la encimera. Escaneé el espacio y localicé una torre de vasos de plástico al lado de un bol lleno de agua y un pequeño hielo flotando. Me giré para abrir el congelador.

—¿Buscas hielo?

Reconocí enseguida aquella voz. Cerré los ojos por un segundo y me di la vuelta sin ganas de enfrentarme a la única situación que quería evitar aquella noche.

—Sí. ¿Os queda? —logré dibujar algo parecido a una sonrisa aunque las comisuras me pesaban demasiado.

—Tiene que haber. Compré bastante.

Se acercó a la nevera y tuve que apartarme hacia atrás, dándome un leve golpe contra la encimera. Él se giró rápido. El espacio era reducido y lo único que evitaba que nuestros cuerpos se tocaran era la bolsa de hielo.

Me miró fijamente. Sonriendo. Como si nada.

Yo bajé la cabeza y me aparté.

«¡Lore! ¡Te toca!», le reclamó una voz que provenía del salón.

«¡Voy!», dijo.

Se marchó.

«Mierda… No tenía que haber venido…», pensé.




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