—Se te ha caído algo...
—¡No, no lo hagas!
—La sonrisa.
—¡Lorenzo!
Nos reímos. Era nuestra broma. Lore decía que mi cara en reposo era demasiado seria.
—Es misteriosa, no, peor... infranqueable —se reía.
—Es un filtro para que la gente se asuste y no me moleste.
—No funcionó conmigo.
Nos conocimos en una fiesta que organizaba la empresa de Nadia y Carlos. Íbamos de acompañantes. Al presentarnos tuvimos un momento de confusión. Yo le ofrecí un apretón de manos y él se acercó a darme dos besos. Al final nos dimos la mano y los besos, rozándonos los labios accidentalmente. Sacudimos la tensión con una risa y un comentario estúpido. Nadia insistió en que la acompañara porque era la primera vez que iba a un evento de su empresa y la intimidaba. Pero tardó poco en abandonarme. Lo mismo ocurrió con Carlos. Así que Lore y yo tuvimos que hacer equipo.
—¿Bebemos? —propuso— Habrá que amortizar la barra libre —bromeó.
—Yo voto sí.
Pedimos los dos lo mismo. Mi secreto es que me copié, porque en aquella época no sabía todavía lo que me gustaba. Nos quedamos apoyados en la barra mirando el resto de la sala.
—¿Soy yo o esta fiesta es lo peor? —dijo.
—Ni siquiera están poniendo buena música —musité.
—¿Qué música te gusta? Y no digas "de todo" —me advirtió agarrándome del brazo—, por favor.
—¿Tengo cara de decir eso? —le miré levantando la ceja.
—Tienes cara de no haberte emborrachado en la vida...
Me giré y le miré a los ojos. Tomé mi copa y me bebí de golpe la mitad sin dejar de mantenerle la mirada.
—¡Chupitos! —dio una palmada sobre la barra.
—¿Chupitos de qué? —dije sorprendida.
—¡Tequila!
—¡No!... digo... ¿Ya?
—Cuanto antes mejor...
Aquella noche me emborraché tanto que perdí algunos recuerdos. Al día siguiente tenía flashes y una sensación placentera, como de haberme desprendido de algo pesado.
Recibí un mensaje de Iñaki mientras vomitaba en la pica del baño.
>>¿Qué tal anoche? Llegaste oliendo a alcohol...jajajaja
Llamé a Nadia.
—¿Qué pasó anoche? ¿Cómo llegué a mi casa?
—Buenos días para ti también —respondió con el ronroneo típico de acabar de despertarse.
—No me acuerdo, tía.
—Os fuisteis Lore y tú en taxi.
Me vino un vago recuerdo del taxi.
—No eres para nada lo que pareces.
—Ni tú.
—¿Qué parezco?
—El típico amigo de todos, un poco superficial.
—¡Y eso es malo! —rio
—No sé, seguro que has estudiado marketing o algo así —apenas podía vocalizar.
—Estás llena de prejuicios...
—Seguramente, pero tú también, ¿o no creías que yo era una estirada?
—Sí.
—Pues eso.
—Me caes bien.
—Y tú a mí.
—Aún no me has dicho qué música te gusta...
—Venga —pronuncié sintiendo que mi lengua era más grande que mi boca—, digo una, dos y tres, y decimos a la vez nuestro grupo favorito.
—Vale.
—Una, no, no... espera, tres... dos... uno...mejor, ¿vale? vale. Tres, dos, uno...
—¡The Killers! —dijimos al unísono.
Ya era la tercera vez que tenía que ir corriendo al baño a vomitar y aún no había resuelto el resto de la noche. Por lo visto me dejé llevar pero ¿hasta dónde? Tenía la sensación de que no le había contado a Lore que tenía novio y eso me preocupaba. Y, de repente, otro recuerdo.
—Te apunto mi teléfono en el móvil y mañana me cuentas cómo estás —dijo sonriendo con ironía.
Miré el móvil. Ahí estaba. Su número. Lo supe porque de nombre de contacto puso The Killers. «Ojalá tener el número de los Killers. Y llamarles para que vinieran a dar un concierto aquí mismo, a mi baño, mientras vomito», desvarié y sonreí por la tontería.
Tras varios borradores, terminé respondiendo con un «Estoy mal». Aunque lo que realmente quería decirle era: «tengo novio, no sé si te lo comenté anoche». Sentía que quería aclarar ese aspecto y, al mismo tiempo, me parecía que iba a resultar demasiado engreído por mi parte. Tenía pocos referentes en este campo: chico y chica pasando una noche divertida juntos sin que brote la atracción. Así que pensé que era gay.
Me respondió «no esperaba otra cosa» y, a partir de ahí, empezó todo.
Yo convencida de que era gay, y él no haciendo nada que pudiera desmentirlo. Nunca hablábamos de relaciones. No sé por qué. Simplemente no salía el tema. Y si alguna vez, había surgido en la conversación algún recuerdo o anécdota relativo a estar con alguien, Lore usaba las palabras de una manera que era imposible adivinar si hablaba de chicos o de chicas. A pesar ese detalle nuestra confianza escaló rápidamente y, sin querer, convertimos aquella amistad en un secreto.
Alguna vez habíamos quedado solos para tomar un café o ir de compras. Y, como siempre éramos los "más uno" de cualquier quedada entre Nadia y Carlos, acabaron viendo con naturalidad que nuestra relación se estrechara.
Nunca me detuve demasiado a pensar por qué lo llevamos así. Nada a nuestro alrededor nos forzó a tener una amistad secreta. Pero tenía la sensación de que, si dejaba de pertenecernos solo a nosotros, empezaría a convertirse en otra cosa.
Hasta que un día Nadia me dijo:
—Me gusta Lore, tía.
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conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026