Los Secretos

15. ¿Resistir o sucumbir?

«Te echo de menos»

Esas palabras eran lo único que contenía mi cráneo. La frase rebotaba de un lado a otro. Sentía la presión de tener que aguantarle la mirada para conservar cierta dignidad. Pero mi cuerpo había dejado de pertenecerme. Lo más cerca que pude llegar fue a su nariz y ahí me planté. Era un truco que me habían enseñado para afrontar mi ansiedad social.

—No quiero agobiarte. Pero necesitaba que lo supieras.

«Y yo necesitaba que no me dejaras», pensé con más rabia que pena. Aún me costaba asumir que hubiera tomado esa decisión por los dos.

Había desbloqueado una nueva sensación. Querer y odiar al mismo tiempo. Y, por unos segundos, eché de menos a la persona que había sido hasta entonces.

—No creo que se pueda dejar de querer a alguien que has querido durante tanto tiempo... Al menos no en pocas semanas —dije.

—¿Pero? —se adelantó dando por hecho que había una segunda parte.

Sonreí. Y cuando me dispuse a continuar mi alegato, vibró mi teléfono que estaba boca abajo sobre la mesa. Instintivamente lo agarré. Tenía el compromiso con mi madre de estar pendiente de los mensajes, sobre todo, si salía por la noche. Fue un pacto consensuado, que a veces me traía de cabeza.

Miré la pantalla y mi corazón se aceleró.

Mail de Víctor.

Habían pasado algunos días desde lo del coche. Y me vino un recuerdo muy nítido de aquella noche. Lo sentí en mi piel.

Que me desearan de nuevo.

La adrenalina.

El secreto.

Perdí la perspectiva de lugar, tiempo y espacio. Y me levanté de golpe.

—Voy al baño.

Noté que Iñaki me seguía con la mirada.

«Estuvo muy bien»

«No es que no quiera volver a verte»

«Me encantó»

«Quizá más adelante»

Leí por encima.

Era una respuesta a un mensaje que yo le había mandado la noche anterior. Veinticuatro horas antes de saber que le había aconsejado a Iñaki que intentara recuperarme.

«Podías venirte a mi casa», le sugería en un momento de soledad y valentía.

Sabía que al responderme por mail lo que me dijera no iba a gustarme. Creía que había logrado reconstruir algo de confianza en mí misma, pero fue interpretar un mínimo rechazo y el progreso se diluyó.

Salí del baño sacudiéndome la discordia. Busqué a Iñaki. Me esperaba colocando cáscaras de pistacho, una encima de la otra, formando torres. Me acerqué a la mesa.

—¿Nos vamos?

Me miró desde abajo.

Dirigí mi cuerpo hacia la barra.

—Ya he pagado.

—No hacía falta.

—Es lo mínimo.

Volvió a sostenerme la puerta, esta vez para salir.

—¿Hacia dónde vas?

—Hacia casa.

—¿No habías quedado? —se extrañó.

—Me han anulado el plan.

—Te acompaño.

Caminamos unos metros en silencio. Lo volví a sentir, el nudo en el estómago, la vibración de las extremidades, los calores...

Nos detuvimos en la bifurcación. A la derecha, su casa, nuestro antiguo hogar. Recto, mi guarida libre de recuerdos compartidos.

—¿Te puedo acompañar hasta tu casa?

—No sé si quiero que sepas dónde vivo —bromeé.

Seguimos. Hablamos de música, del tiempo y un poco de mi trabajo. Tardamos menos de diez minutos en llegar.

—Es aquí.

—Sabía que estabas cerca, pero no tanto —sonrió pícaro.

—Bueno —inicié el ritual de despedida.

—Gracias por quedar conmigo. Sé que no me lo merezco.

No sabía qué responderle. Desde luego que no iba a ser yo la que le quitara carga de encima, pero me conocía y, si hablaba, lo iba a hacer. Estaba dispuesta a marcharme. Convencida. Tenía la llave en la mano y la cerradura a apenas unos centímetros. Y entonces cometí un error.

Sin intención.

Sin premeditación.

Sin alevosía.

Le miré a los ojos. Y me quedé varada ahí. Viendo cómo se proyectaba en sus pupilas la película del inicio de nuestra relación. Algo parecido a un canto de sirena me atrajo. Bajé la mano y guardé las llaves en el bolso mientras mi cuerpo sucumbía al campo gravitacional de su cuerpo.

Hipnotizada por mi propio recuerdo, me dejé llevar. Y le besé.

Y me supo a casa.

Me supo a calma.

Me supo a cuando era alguien que ya no soy.

Mi deseo gritaba que lo invitara a subir. Pero mi razón me preguntaba si quería llenar mi nueva vida de recuerdos suyos.

El beso continuaba. Y cuanto más duraba, más difícil me resultaba decidir si aquello era una injusticia o una bonita despedida.

Porque no era justo darle este regalo.

¿O me lo estaba regalando a mí misma?




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