Los Secretos

16. En la fiesta

—Te he visto hablando con Lore en la cocina.

—Eso no ha sido hablar.

Nadia me miró como si fuera a hacer un TFC de mi expresión.

—Díselo a tu cara.

—Carlos, dile que pare.

—Nadia, para —la regañó bromista— Venid, que os presento a la nueva.

Con "la nueva" Carlos se refería a la chica que estaba con Lore. Yo me quedé en mi sitio, intentando tomarme el tiempo de saber si me apetecía acercarme a ellos. De repente, noté un tirón de brazo que se sintió como un tropezón. Miré a los lados para saber si alguien había sido testigo de mi abrupto movimiento. Pero a nadie parecía importarle.

—Ey —dijo Carlos al llegar donde estaban Lore y "la nueva".

Lore me miró a mí primero. Yo le dije una tontería a Nadia al oído para que se riera.

—Estas son mis amigas. Nadia del trabajo y Bruna... Ella es Dina.

—Hola —me acerqué a darle dos besos—, yo no soy del trabajo —bromeé desenfadada.

Me obligaron a quedarme un rato hablando con ellos. Nadia y Carlos no sabían nada sobre Lore, yo y nuestra amistad secreta enfriada. Me sudaban las manos. Hacía días que ya no hablábamos tanto, que le ponía excusas, que le evitaba.

Y lo cierto es que le echaba de menos.

Conversar con él.

Sobre todo ahora.

Pero sabía que lo había hecho mal.

Y no veía la manera de volver atrás.

Así que lo único que se me ocurrió fue fijarme en aquellas cosas que no me gustaban de él y convertirlo en algo por lo que tenerle manía.

Su forma seductora de mirarte cuando te hablaba.

Su predilección a estar siempre atento a todo.

Su facilidad para caerle bien a todo el mundo.

Intenté alargar la lista mientras sonreía y hacía alguna aportación sin demasiado valor a la conversación del grupo.

Le miré cuando no me miraba y me acordé de algo que me erizó la piel.

>> Es tarde. Creo que me voy ya a dormir.

>> Bruna

>> Qué?

>> Nuestra amistad me da la vida.

Recuerdo haber sonreído.

Recuerdo haberme sentido culpable.

Y haberme emocionarme por tener algo que era sólo mío... nuestro.

Aquella noche soñé que nos íbamos de viaje los dos solos, en un barco de papel, tirado por delfines. El arcoíris tenía forma de flecha y a lo lejos brillaba algo. Nunca llegamos al destino, pero se sentía esperanzador.

¿Había cambiado mi forma de verlo ahora que sabía que no era gay?

Me atormentaba esa pregunta.

Estaba rota por la deriva de mi relación.

No sabía lo que estaba haciendo.

Y añadirle más complicación a lo complicado era mucha carga.

Pero le miraba y me apetecía decirle que sentía su vacío.

—Y tú, Bruna, ¿a qué te dedicas? —preguntó Dina.

—Soy periodista.

—¿Y dónde trabajas? —sonrió con genuino interés.

—En una productora. Hacemos documentales y programas para televisiones autonómicas.

—Qué interesante... ¿sobre qué temas?

—Pues, tenemos un formato que es un concurso para emprendedores, ya sabes, hacen pruebas y se selecciona el mejor proyecto... Y ahora empezamos con un documental sobre las migraciones en los años cincuenta...

Dina me cayó bien. En el entorno en el que me movía, muy poca gente te preguntaba algo sobre ti con interés real. Todo el mundo hablaba de lo suyo o te preguntaba para tomar tu respuesta como el pié para seguir hablando de sí mismos. Supongo que era el precio a pagar por estar rodeada de gente cuya profesión requería parecer el mejor en todo.

Cuando la conversación con Dina llegó a un punto muerto, le dije que tenía que ir al baño.

Me aparté sigilosa intentando que los demás no se dieran cuenta. Necesitaba un momento a solas.

Alguien salió del baño justo cuando yo llegaba y me metí. Al cruzar el umbral noté unas manos agarrándome suave por la cintura que me impulsaron hacia adelante. Escuché cerrarse la puerta. Pensé que era Nadia que me había visto y quería usar el baño. Me giré enseguida sonriendo.

—¿Qué haces? —mi sonrisa se contrajo.

—Quiero saber qué te pasa conmigo.

—No me pasa nada.

—Hace días que no me hablas. ¿Qué ha pasado? Si he hecho algo mal, dímelo...

—No.

—¿Entonces?

—Lore.

—Bruna. Sólo dime qué ha pasado... No lo entiendo.

—Que no ha pasado nada...

Se giró y puso el pestillo a la puerta.

—De aquí no nos vamos hasta que me lo digas.

«Joder» pensé. Llevaba dos copas y los filtros empezaban a desvanecerse.

—He estado liada.

—Esa es la típica excusa que se pone cuando pasas de alguien.

—Ya... —admití.

—¿Es porque tienes novio?

—¿Lo sabías?

—Claro.

—¿Y por qué no me dijiste nada? —me di cuenta de lo absurdo de la pregunta.

—¿Eso es lo que pasaba?

—Sí y no.

—Bruna. Venga.

Noté la presión

y la vergüenza

—¡Que le gustas a Nadia! —expulsé —Pero no se lo digas, por favor.

—¿Eso? Ya lo sabía... —frunció el ceño con cara de evidencia— Me lo dijo Carlos.

—Ah ¿sí? —me sentí absurda.

—¿Por eso dejaste de hablarme? ¿Porque le gusto a tu amiga? ¡Pero si tienes novio!

Esa asociación de ideas me molestó.

—¡No es por eso!

—Entonces, admites que ha pasado algo...

—Sí, pero me da vergüenza decírtelo.

—¿Más vergüenza que aquel tropezón delante de tu crush del instituto? —sonrió con dulzura y algo de picardía.

—No debí contarte eso —se me escapó la risa y aligeré algo de tensión.

Se acercó, con esa mirada entrecerrada,

su pequeña cicatriz en el labio que solo se veía si estaba realmente cerca

y ese aroma a bosque, madera y humo de chimenea.

—¿Qué perfume usas? —inspiré contrariada—. Es como estar en una cabaña, en mitad de la nada.

—Te lo digo si me cuentas qué te pasa.

Expiré por la nariz.

Ya no tenía fuerzas para seguir conteniéndome.




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