Los Secretos

17. La persona que no seré

—No podemos.

Puse mis manos en su pecho y le empujé ligeramente. Traté de hacerlo con decisión, aunque el cuerpo me temblara.

No sabía cuánto tiempo me aguantarían las rodillas.

Ni la fuerza de voluntad.

Él dio un pequeño paso atrás, agachó la cabeza y cerró los ojos.

—Lo siento —le dije.

Me salió solo. Debía haber sido más fuerte y no haberme dejado llevar por la satisfacción de tenerlo a mi disposición. Me recorría la culpa por la espalda.

Pero quería, quería con fuerza volver a ser la persona que fui con él.

Y que el amor siguiera siendo algo que no duele. Un lugar de calma. Donde no existía la amenaza. Y no había que darle muchas más vueltas: se sentía, se cuidaba y ya está.

Pero ahora el amor era algo envenenado. Manchado por la inseguridad y la desconfianza.

¿Quién era yo después de eso? Si había perdido la capacidad de ver lo bonito. Y sólo deseaba aferrarme a él, aunque fuera lo malo conocido.

—Creo que me voy a ir —dijo con un hilo de voz.

«No quiero que te vayas», pensé y me puse mala cara a mí misma. «No quieres que se vaya, pero tampoco quieres que se quede. No quieres que te deje. Pero tampoco quieres algo que está herido de muerte.

No quieres darle lo que te pide.

Pero tampoco quieres que esto signifique no veros nunca más, ni volver a escucharle reír, ni a agarrarle la mano, ni volver a pillarle mirándote embobado, ni que adivine lo que piensas...».

Tenía algo extraño dentro del pecho. Frío.

Sólo podía tomar la decisión correcta si congelaba mi corazón.

Pero el frío duele, quema.

No me cabía ninguna duda de que iban a quedarme cicatrices.

Entonces me abrazó.

—Te quiero, lo sabes ¿no?

Inspiré profundo. Y dejé que una parte de mi corazón se descongelara, una pequeña, suficiente para que saliera algo de compasión.

—Yo también te quiero.

No dijo nada más. Dio media vuelta y se alejó. Pero, aunque no lo pronunciara, de alguna manera lo dijo.

«Siento haberlo roto. Siento no haber estado a la altura».

Subí a casa agotada.

En las piernas, ese entumecimiento tras un gran esfuerzo físico.

En la garganta, esa bola que no pasa.

En los ojos, la humedad retenida.

Ahora sí. Había deshecho el grueso nudo, tenso por el paso del tiempo y áspero por las inclemencias. Sin guantes, totalmente desprotegida. Mis manos en carne viva por el esfuerzo y mi respiración acelerada.

«Ya está —me dije— ¿Y ahora qué?».

Me senté en el suelo de la entrada de mi piso. Pensaba que, cuando se tomaba una decisión tan importante, la vida comenzaba a saber de otra manera. Creía que podría visualizar el cambio enseguida. Que me sentiría empoderada. Pero sólo sentía vacío. Porque durante años me había imaginado una vida que ya no iba a ocurrir.

Sería el cansancio emocional.

O la sensación de soledad.

Pero se me juntaba la impaciencia por pasar página con la pereza de empezar de nuevo.

Pasaron unos minutos. Me levanté, como un autómata, y fui a cambiarme de ropa. Estaba todo en silencio, hasta mi cabeza. Me hice un sándwich y me senté en el sofá. Suspiré varias veces entre bocados.

Estaba dispuesta a que el duelo me engullera aquella noche.

Y me llegó un mensaje:

>> ¡He conseguido el trabajo!

Salté encima del sofá. Iba a escribir pero me pudo el entusiasmo. Y llamé.

—¡Enhorabuena! —dije nada más descolgó.

—Estoy que no me lo creo aún.

—Te lo has currado un montón. Iba a pasar sí o sí.

—Gracias a ti, menos mal que me animaste a presentarme...

—¡Qué bien! ¿Cuándo empiezas?

—El mes que viene.

Nos quedamos en silencio al darnos cuenta, al mismo tiempo, de que nunca habíamos hablado por teléfono antes.

—Gracias por llamarme —dijo.

Pude intuir que se había ruborizado.

—Me ha salido solo.

—¿Qué haces?

—Nada. En casa. Iba a verme una peli.

—¿Cuál?

La realidad era que no iba a ver nada. Iba a dejarme abrazar por mi miseria hasta quedarme dormida.

—No lo he decidido aún.

—Yo iba a ver Inception.

—¡Me encanta esa peli! No me importaría verla otra vez...

Encontraba reconfortante volver a aquello que sabía que me gustaba.

—¿La ves conmigo?

Me puse tensa. Y no me salió la voz.

—Podemos hacer video llamada mientras la vemos. Sin sonido, sólo con la imagen y el chat —aclaró.

Respiré aliviada.

Valoré la propuesta.

Mi ánimo decía que no.

—Dame diez minutos —le indiqué.

Colgamos y fui corriendo a mirarme en el espejo del baño. Tenía los ojos enrojecidos y la cara demacrada, llevaba un camiseta con el logo de la NASA que usaba para estar por casa porque tenía el cuello dado de sí. Le pregunté a mi reflejo si debería cambiarme. Dijo que no hacía falta.

Vimos la película y hablamos durante horas. Primero de la trama, las escenas y las teorías, luego de su nuevo trabajo, de las oportunidades que no te esperas, de las aventuras. Y más tarde de cualquier cosa que se nos ocurría.

>> Suelo montar buenas fiestas por mi cumpleaños

>> Apuesto a que invitas a mucha gente...

>> Cuantos más mejor... jajaja

>> ¿Cuándo es?

>> En tres semanas. Vendrás ¿no?

>> Si me invitas...

>> Creo que quedaba implícito.

>> Entonces iré.

>> Me hace mucha ilusión que vengas.

Lo tomé como una exageración y seguimos hablando. Sin darnos cuenta, estaba a punto de amanecer.

>> Es tarde. Creo que me voy ya a dormir.

>> Bruna

>> Qué?

>> Nuestra amistad me da la vida.

>> Gracias por esta noche. La necesitaba.

>> Y yo.

Sin saberlo, Lore me había salvado. Durante aquellas horas, no había pensado en nada ni en nadie. No mantuve ninguna compostura, ni me perdí en interpretar lo que él quería decir. Le veía a él, no a una persona a la que caer bien, ni a la que impresionar, simplemente a un ser que apreciaba mi compañía. Y me sentí bien.




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