—¿Te acuerdas de Víctor?
Nadia y yo quedamos para hacer el plan que más nos gustaba cuando llegaba el calor: tomarnos unos tintos de verano en nuestra terraza favorita de la ciudad.
Habían pasado algunas semanas desde que me mudé y dejé atrás mi vida con Iñaki. Al menos, las suficientes como para hablar de ello.
Durante ese tiempo, Nadia esperó pacientemente a que me decidiera a contarle los detalles y, conociéndola como la conozco, eso debió de costarle.
—¿Cómo estás?
—Mejor. Creo que he pasado de sentirlo todo a no sentir nada.
—Es normal —me ofreció su mano apoyándola en la mesa y puse la mía encima—. Sólo te pido que no te hagas la fuerte. Cuenta conmigo.
Me avergonzaba que me conociera tan bien.
Era cierto, me costaba pedir ayuda.
Pero no por soberbia. Era porque nunca sabía calibrar bien la dimensión de lo que yo consideraba problemas y no quería molestar a los demás con mis tonterías.
Aunque sabía que una ruptura así no era ninguna tontería, no tenía ni idea de cuánto tiempo se suponía que tardaba una persona en recuperarse. Ni cuándo dejaría de sentirse el vacío. Por eso prefería encerrarme y pasar el proceso sola.
Pero Nadia era única en hacerme sacar la cabeza de mi caparazón y sacudirme a la ermitaña que aspiraba ser en aquel momento.
—Vamos a hacer algún plan esta noche —propuso.
—Buff, no me apetece demasiado.
—Venga, que hace tiempo que no salimos... —me puso ojitos de súplica.
—Bueeeno... —claudiqué rápido.
—¡Bien! Aviso a Carlos.
Mientras Nadia hablaba por teléfono y entre Carlos y ella elaboraban el plan, me acerqué dentro del local a pedir dos bebidas más.
—¿María? —puse sobre la barra los dos vasos vacíos.
—Dame un segundo —dijo agachada bajo la barra.
En ese momento me giré a mirar hacia la entrada del local, completamente abierta, y noté una brisa que se sintió como estar en un chiringuito frente al mar. Cerré los ojos por un segundo y al abrirlos, los vi.
Iñaki
y Víctor.
Parpadeé insistentemente durante unos segundos. Pero era real. Quise girarme. Buscar una columna donde esconderme. Monté la estrategia rapidísimo en mi mente pero no me dio tiempo a ejecutarla. Iñaki me vio.
—¡Bruna! —se acercó con naturalidad.
—Hola —sonreí como si me hiciera ilusión verle.
—¿Te acuerdas de Víctor?
El amigo se había quedado un par de pasos atrás y la pregunta de Iñaki le obligó a acercarse.
—Claro.
No entendí esa presentación ya que, cuando éramos pareja, quedábamos con Víctor a menudo.
Hubo unos segundos de confusión. Al parecer ninguno sabíamos cuál era el protocolo a seguir en esa situación.
No todos los días te encuentras con tu ex de cinco años y su mejor amigo con el que te estabas dando besos dos noches atrás.
—¿Qué tal Víctor? —le dije cuando hizo ademán de acercarse.
—Bien, ¿y tú? —me pareció notarle incómodo.
Me acerqué a darle dos besos con cierta malicia.
Él se dejó llevar.
Al rozar la primera mejilla inspiré suavemente y se me expandió el estomago. Burbujas, pinchazos, cosquillas, pellizcos, todo a la vez.
Con la segunda mejilla, noté que me puso la mano en la cintura. Y sentí la euforia cortándome la respiración.
¿Cómo se podía sacar tanta adrenalina de una situación tan retorcida?
—Voy a pillar mesa —le dijo a Iñaki aparentemente sereno y decidido.
—¿Estás sola? —me preguntó Iñaki.
Y sonó a que, de haberle dicho que sí, me hubiera invitado a sentarme con ellos. Eso me molestó bastante.
—No, estoy con Nadia fuera.
—¿Otra ronda Bruna? —dijo Maria, ya incorporada y recogiendo los vasos que le había dejado en la barra.
—Sí —la miré para respirar un poco de oxígeno antes de volver a enfrentarme a los ojos de Iñaki.
Esperé unos larguísimos segundos a que mi pedido estuviera preparado. No quería seguir ahí. No quería darle la oportunidad de que me hiciera preguntas que no quería responder. Así que me adelanté yo.
—¿Qué tal estás?
—Bien, bien, con mucho curro —respondió.
—Eso está bien...
No era lo que quería decir y estoy segura de que se me notó.
—Aquí tienes.
—Gracias. Te pago ya así...
No terminé la frase en voz alta, pero sí en mi cabeza: «me la tomo de trago y nos largamos de aquí».
—Me alegro de verte —mentí.
—Y yo también. Te veo bien —no pudo resistirse, se lo vi en la mirada.
—Lo estoy —volví a mentir.
Giré rápido la cabeza en dirección a Victor y le pillé mirándonos. Quiso disimular. Alcé la mano para despedirme y salí del local.
Nadia aún hablaba por teléfono ajena a lo que me había pasado. Enseguida colgó.
—Dice Carlos que vayamos al Vía láctea.
—Vale.
Levantó la mirada del teléfono, seguramente extrañada porque no le había puesto ninguna pega.
—¿Qué pasa?
—Acabo de cruzarme con Iñaki.
—¡¿Dónde?! —hizo el gesto de levantarse de la silla.
—Están dentro —la miré fijamente para que rebajara la intensidad.
—¿Están?
—Con su amigo...
—¿El feo? —me susurró jocosa.
—No es tan feo —quise ponerme un esparadrapo en la boca.
A Nadia le encantaba exagerar y repetir, fuera de contexto, cosas que habíamos dicho en broma como si fueran verdad.
—Creo que me quiero ir —me sinceré.
—Claro. ¿Nos la tomamos o la dejamos?
—Nos la tomamos —sonreí.
—Pues brindemos... Por nosotras, que somos las mejores.
Nos fuimos a cenar a una pizzería napolitana donde hacían la pizza Margherita más rica que yo haya probado. Nadia hablaba, mucho, y yo intentaba seguirle la conversación aunque me distraía, constantemente, revisando el móvil con la esperanza de que Víctor me mandara un mensaje.
Comencé a inventar escenarios en mi cabeza. Víctor le decía a Iñaki que se iba a casa, pero en realidad venía a buscarme. Porque necesitaba verme. Porque lo que había pasado en aquel bar tampoco le resultaba indiferente.
#1484 en Novela contemporánea
#459 en Joven Adulto
conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026