Los Secretos

19. Los detalles

Miré por la ventana del restaurante y le vi caminando en línea recta unos diez pasos y volviendo por el mismo camino. Así una y otra vez.

—¿Qué os queda? —preguntó Carlos.

—Íbamos a pedir el postre...

—Vale, me apunto.

Yo seguía observando a Lore, parecía molesto. Gesticulaba en exceso y, se podía leer la frustración en sus facciones.

—¿Le pasa algo a Lore? —dije sin apartar la mirada de la ventana.

—No me ha dicho quién le llamaba, pero parecía que no le apetecía mucho... —dijo Carlos.

«¿Lo he dicho en voz alta?», pensé confusa.

—¿Qué os pongo de postre?

—¡Tiramisú! —dijimos los tres al unísono y nos reímos.

—No hay un tiramisú más bueno que el de aquí —le aclaró Carlos al camarero con un punto de flirteo bastante evidente.

Había pasado un rato, Nadia y Carlos rebañaban su plato y todavía quedaba postre en el mío, pero Lore seguía sin entrar. No sé por qué me puse nerviosa. Me urgía saber qué le ocurría. Volví a mirar por la ventana y me di cuenta de que ya no estaba hablando por teléfono.

—Ahora vengo...

Nadia y Carlos comentaban algo divertido sobre el camarero y apenas se dieron cuenta de que me levantaba de la mesa. Mejor.

Salí y, al sonar la campanita de la puerta, Lore se giró. Me vio y quiso sonreír. Pero se le quedaron las comisuras a medio camino.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, ya voy...

—¿Ha pasado algo? —le insistí.

—Nada, mi padre... nada importante.

Su cara expresaba lo contrario a lo que decía.

—¿Entras? Tenemos tiramisú... —le ofrecí compasiva.

—Necesito un minuto.

No me había dado cuenta de lo luminoso que solía ser Lore hasta ese momento en que parecía haberse apagado.

—Te dejo solo, entonces.

Me giré lentamente, por si decía algo más, por si, de repente, se daba cuenta de que necesitaba compañía. O, quizá, porque yo quería ser esa compañía.

—¿Te quedas conmigo?

Me detuve en seco, de espaldas a él. Cerré los ojos y repetí sus palabras en mi mente. Y, entonces, lo escuché. Se creó la primera grieta.

—Claro —susurré.

Nos sentamos en el escalón de un portal que estaba a pocos metros. En silencio. Lore observaba la calle sin prestar demasiada atención a lo que ocurría. Yo estaba totalmente absorbida por las corrientes efervescentes que llevaba dentro. Quería ignorarlo. Pero mi mente elaboraba pensamientos a destajo:
«Ahora no»

«No estropees algo tan bonito»

«Estás confusa, tienes demasiados frentes abiertos»

«No es especial, sois amigos»

De repente, mi mente se silenció. Y entonces...

«¿Cómo sería besarle?»

—¡No! —se me escapó.

—¿Qué? —se volvió a mirarme extrañado.

Pensé rápido. Nerviosa. Avergonzada.

—¡Que NO puedes perderte el tiramisú! Está increíble.

Me temblaron las piernas,

las manos

y hasta los párpados.

Retuve el resoplido que necesitaba expulsar con urgencia y guardé el aire en mis mejillas hasta que pude desinflarlas con disimulo.

Algo me decía que, si realmente pensaba que Lore era gay, nada de aquello estaría pasando. Pero ese era mi secreto. Uno profundo, de esos que no quieres que suban a la superficie.

Recordé la primera vez que lo vi. Antes de que nos presentaran oficialmente en la fiesta de la empresa de nuestros amigos. Coincidimos un día, aunque nunca me había sacado el tema, probablemente ni se acordaba.

Fue algo fugaz, de cruzarnos por la calle, él con Carlos y yo con Nadia. Un «hola y adiós» porque nosotras íbamos con mucha prisa. Apenas unos segundos pero suficientes para que ocurriera algo que tuve que enterrar rápido y profundo.

—Quizá si lo hablas, te quites algo de carga — le dije viendo que seguía algo ausente.

—Estoy bien —me miró—. No quiero fastidiar la noche.

—No vas a fastidiar nada.

Suspiró.

—Ya se me ha pasado un poco... —sonrió levantando solo la comisura izquierda— Gracias por acompañarme —dijo ya más relajado.

Me produjo mucha pena verle así. Pena y ternura.

—¿Te apetece ya ese tiramisú?

—¿Tan bueno está? —volvió su sonrisa de siempre.

—No te lo imaginas —exageré mi expresión para hacerle reír.

—Venga, vamos... —se levantó primero.

Estiró su brazo para ayudarme. Tiró un poco más fuerte de lo necesario y acabé a escasos centímetros de su cuerpo. Y antes de poder detenerme, le abracé.

«No debería», pensé.

Él me devolvió el abrazo, aferrándose a mi cuerpo, como si ese gesto fuera a liberarle.

Al separarnos, nos reímos.

—Habrá que emborracharse... —dijo.

—Bueno, pero no como la última... Aún estoy intentando recordar si dije alguna tontería.

—Dijiste muchas —rio jocoso.

—¡¿Muchas?! Ya me las estás contando....

Entramos al restaurante riéndonos. Nadia nos miró.

—Hemos pedido otra ronda —dijo.

Nos sentamos y le acerqué mi plato a Lore.

—No debe estar tan bueno si te has dejado la mitad —dijo sonriente.

—Si no lo quieres me lo como...

«¿Qué demonios está pasando? —pensé— ¿Desde cuándo le guardo comida a Lore?».




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