—La vida nunca acaba siendo lo que nos imaginamos Bruna.
Cuando llegamos al Vía Láctea, tuvimos que abrirnos paso entre la gente para poder alcanzar la barra. Íbamos en fila, Carlos, Nadia, yo y Lore, los cuatros agarrados de la mano. Había algo en la manera en que Lore apretaba mi mano que me hacía especialmente consciente de su presencia. Era como si me estuviera diciendo «estoy aquí» sin pronunciar una palabra. Y esa sensación me conectó de golpe con un recuerdo.
—No creo que pueda ser veterinaria —le dije a mi madre con los ojos húmedos.
—Es normal que ahora te sientas así... Estás triste por Luna.
—Sí, pero... —una lágrima escapó a mi esfuerzo por contenerla— Es que, ¿cómo voy a soportarlo si se muere un animal por mi culpa?
—No sería tu culpa... Si está enfermo, tú puedes ayudarle, pero no siempre podrás salvarle... A veces hay cosas que no tienen solución.
—Eso me destrozaría...
—Te entiendo...
—No es normal, ¿no? Rendirme así. Después de toda mi vida diciendo que iba a hacerlo...
—No te estás rindiendo, cariño. Estás tomando otro rumbo. Vas a cambiar muchas veces de opinión en tu vida —sonrió con templanza.
—Para una cosa que he tenido clara siempre...
—Hay muchas esquinas en este camino —dijo con la mirada perdida en la nada—, y por eso la vida nunca acaba siendo lo que nos imaginamos Bruna.
Entonces me lo tomé como una bonita manera que tenía mi madre de quitarme un peso de encima. Pero acordarme de esa conversación, de repente, sin venir al caso, justo cuando Lore agarraba mi mano, me pegó fuerte.
¿Estar con Iñaki para siempre era la vida que me había imaginado?
¿O era el camino que seguía porque no había encontrado esquinas?
¿Era la ruptura la esquina?
¿O era Lore?
Sin querer le apreté la mano y se la solté de golpe. No le miré, pero supe que se extrañó por el gesto. Hice como si nada.
—¿No estás escuchando la canción? —me dijo cerca del oído.
Salí de mi flashback y sonaban The Killers. Le sonreí y le mostré mi teléfono.
—¿No has cambiado mi nombre? —sonrió orgulloso.
—Me gusta pensar que son los Killers de verdad —bromeé.
Carlos fue pasando copas y Nadia se puso al lado de Lore. Quise escuchar su conversación pero no pude. Y Carlos se me acercó.
—He visto que has salido entes a hablar con Lore, ¿te ha contado algo?
—No, pero estaba raro.
—Seguro que era su padre. No le da tregua.
—Sí, eso sí que me lo ha dicho. Que era su padre. Pero le ha quitado importancia.
—Ya... siempre lo hace.
—¿Se llevan mal o algo? —noté que Carlos estaba receptivo y quise indagar.
—No sabría decirte. Sé que lo tiene encima siempre. No le deja respirar. Le cuestiona todo lo que decide. Nada le parece bien...
Bebí de mi copa. Y, por un segundo, sentí envidia.
—¡Nadia! —gritó Carlos— Mira, si están ahí los de cuentas... Vamos a saludar.
Se la llevó prácticamente arrastras. Y Lore y yo nos quedamos solos, otra vez.
—Menos mal que estás tú —me dijo—. Si no, estaría siempre solo cuando salgo con Carlos.
—Podrías relacionarte...
—Buff, ¿hoy? —la desgana cuajó en su expresión—, no me apetece nada.
—A ver —me propuse cambiar su humor— ¿Qué prefieres... —le miré directamente a los ojos— hablar del tema o distraerte?
Se lo pensó.
—Distraerme —sonrió complacido.
—Vale —miré alrededor—. Esos de ahí parece que se van. Corre. Pilla la mesa.
Me quedé en la barra un segundo y fui tras de él.
—¡Vamos a jugar! —puse un vaso de chupito vacío en la mesa— ¿Tienes una moneda? —sonreí orgullosa.
—No me lo puedo creer —rio con ganas.
—¿Quieres jugar a la versión normal o a la pro? —inventé.
—¿Cuál es la pro?
—Un turno cada uno. Si la cuelas, eliges entre que yo beba o que te cuente algo personal. Y lo mismo al revés.
Se quedó callado y me arrepentí por si había forzado demasiado.
—O lo hacemos a lo tradicional. El que la cuele hace que beba el otro...
—No —dijo rápido—. Me gusta tu versión. Hagamos eso...
Lo que Lore no sabía es que yo había jugado poco pero practicado mucho durante mi adolescencia, por si llegaba el día en que me apeteciera pertenecer al grupo.
—Venga, primero tú —le ofrecí.
Hizo rebotar la moneda en la mesa y la encestó.
—¡Sí! Bebe —dijo apuntándome con el dedo.
Lo agradecí. Aunque yo sola me había metido en eso, prefería evitar la posibilidad de que me preguntara.
En mi turno yo también acerté. Quería saber lo que le ocurría con su padre. No podía pensar en otra cosa. Pero, él había elegido distraerse. Así que decidí que bebiera.
—No nos estamos atreviendo, ¿o es cosa mía? —dijo sonriente.
—Cuanto más borrachos, más verdad —bromeé.
Jugamos varias rondas y ninguno hizo una sola pregunta.
Nadia y Carlos aparecieron.
—Estáis en modo adolescente, eh —se burló el amigo.
—Nos han dicho que se van a una fiesta de un colega del trabajo, a un piso que está aquí cerca. ¿Vamos? —ofreció Nadia.
Lore y yo nos miramos. Y ambos bebimos al mismo tiempo.
—Es aquí al lado —insistió Carlos.
—Ir tirando. Y mandarnos un mensaje con la dirección. Acabamos de pedirnos esta —alzó su copa.
Ellos ya habían llegado a ese nivel de alcohol en que todo les parecía buena idea. Nosotros aún no, aunque estábamos cerca. Se fueron apoyados el uno en el otro.
—Me ha gustado esa maniobra.
—Te leía en la cara que no te apetecía mucho el plan.
—¿A ti sí?
—¿Estar persiguiendo a estos dos borrachos por las calles de Malasaña hasta que encuentren la dirección de una fiesta que posiblemente esté en las últimas a estas horas? No gracias.
Nos reímos.
—Te hacía más complaciente.
—¿Por qué?
—No sé. Sueles ser bastante sociable. Eso sólo puede ser porque te apuntas a todas.
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conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026