Los Secretos

21. Las zonas grises

—¿Nos vamos?

Me sobresalté al escuchar su voz tan cerca. Me había quedado absorta mirando el móvil.

—¡Ay! —se me escapó.

—Perdón —me puso la mano en el hombro y apretó con suavidad.

Me levanté deprisa. Recogimos nuestras cosas, le di un último sorbo a mi bebida y salimos del local. Nos pusimos a andar. Yo con el móvil en la mano por si me vibraba.

—¿Te importa si nos sentamos un rato en algún sitio antes de ir la fiesta? —me propuso.

—Claro. Ahí hay un banco —señalé.

Se estaba bien en la calle y me pareció que Lore necesitaba respirar un poco. Nos sentamos y tuve la intención de preguntarle si estaba bien, pero no quería que pareciera que me preocupaba en exceso.

—Hace dos días hice la entrevista que te comenté.

—¡Anda!, ¿esa que no querías hacer?

—Sí.

Sonreí.

—¿Y…?

—Tenías razón, no perdía nada. Me presionaba demasiado.

—¿Fue tan dura como pensabas?

—Fue intensa, pero ya está. La hice —sonrió aliviado.

—¡Qué bien! ¿Y cuándo sabrás algo?

—Me dijeron unos días. Supongo que pronto.

Lore perdió la mirada en las terrazas del fondo de la plaza.

—¿Por eso estás así hoy? —sonreí pícara.

—¿Cómo?

—¿Raro?

—Puede ser —agachó la cabeza.

—Menos mal, pensaba que te ocurría algo conmigo —mentí como cebo.

—¡Qué va! —me miró a los ojos con decisión— No, contigo precisamente no… —susurró.

Mentiría si dijera que sus palabras no acariciaron mi ego. Inspiré esperando que se me ocurriera algo que decir.

—Perdona —murmuró agitado y volvió a perder la mirada en el ambiente de la plaza—, es mi padre… —tomó aliento—. No puedo más.

Y, de golpe, volvió a desvanecerse su luz.

—¿Estáis mal? —dije pensando que habrían discutido por algo.

Esas dos palabras detonaron algo en él. Algo que parecía que llevaba mucho tiempo guardándose.

—¿Mal? Mal estaríamos si alguna vez hubiéramos estado bien —frunció el ceño pensativo—. Precisamente me vine a vivir aquí para que me dejara respirar un poco y siento que ha sido peor —paró de hablar, giró su cuerpo en el asiento para dirigirlo hacia mi dirección—. Quiere que trabaje para él —me explicó—. Y que cuando se jubile me quede con la empresa de la familia… ¿Tú sabes lo que puede ser tenerle detrás del cogote todo el santo día? Yo no puedo hacer eso…

Me bloqueé. Quería decirle algo que le reconfortara y que sintiera mis palabras como un abrazo, pero no se me ocurría nada.

—Siempre mejor. Nunca nada es suficiente para él. Estudié lo que quería, gestión empresarial, marketing… estoy haciendo el master que me obligó. Dejé de nadar, dejé mi banda, dejé todo lo que me gustaba porque no era lo que se esperaba. Pero no, nada es suficiente —dijo visiblemente enfadado.

Aquella confesión fue tan inesperada que me sentí mal por haberle tenido envidia antes. Aunque no se lo hubiera dicho a nadie.

—Seguro que tu padre no es ni de lejos así… —dijo como una coletilla, como algo que se dice para buscar confort en la experiencia positiva del otro.

No me lo esperaba y se sintió como un golpe a traición.

Mi pecho se cerró.

Mis manos temblaban.

—Lore… lo siento… no te preocupes pero voy a llorar —le avisé por inercia.

Las lágrimas bajaron por mis mejillas como ríos por sus cauces. Y yo sonreía tratando de convencerle de que las gotas que mojaban mi camiseta no significaban nada.

—¿Qué he dicho? —se alarmó.

—Nada, nada… perdona —me limpiaba las mejillas y cerraba los ojos con fuerza para evitar que siguieran cayendo— Es que…

—¿Es por tu padre? —me interrumpió con expresión de culpa.

—Estamos hablando del tuyo… no quiero…

—No quieres, ¿qué? Dime qué he dicho Bruna. No quería hacerte llorar.

—No has sido tú.

—Dímelo.

Me miró a los ojos compasivo mientras me secaba las manos con las suyas. No había habido un momento más íntimo que aquel entre nosotros.

—Mi padre… —contuve la respiración.

¿De verdad iba a contarle algo que no le había dicho a nadie antes?

No es que fuera un secreto. Pero era mi madre la que siempre lo contaba.

Yo nunca había sido capaz de pronunciarlo.

—Mi padre se machó cuando nací yo.

—¿Se marchó?

Deduje por su gesto que había interpretado que era un eufemismo para decir que murió.

—Nos abandonó.

Me fijé en su cara desencajada. Y mis lágrimas pararon en seco. Respiré.

—Joder. Lo siento muchísimo. Y yo aquí hablándote de mis mierdas…

—No, no, no. Por favor, no lo hagas.

—¿El qué?

—Compadecerme.

—Tienes razón. A mi tampoco me gusta que lo hagan cuando hablo de mi padre.

—¿Hablas de tu padre con alguien?

—No —sonrió—, precisamente para que no me compadezcan.

Sonreí. Quise reír pero me pareció demasiado para la situación.

Lore levantó su mano y me pidió permiso con la mirada para acercarla a mi cara.

—Siento mucho que hayas tenido que vivir con esa carga —dijo mientras me secaba la última tanda de lágrimas que habían empapado mi mejilla.

—Y yo siento que tu padre te lo haga pasar tan mal. No es justo. Debería dejarte elegir lo que quieres hacer con tu vida.

—No soy quien él esperaba —dijo muy bajito, casi para adentro.

—Eso no significa que seas menos…

Sonó mi móvil. Miré y me acordé de Víctor. Pero era Nadia.

> ¿Dónde estáis? Venid ya.

Le mostré la pantalla a Lore y nos reímos, ligeros de carga.

Llegamos a la fiesta y había ambiente.

—Pensaba que esto estaría más muerto —dijo Lore animado.

Nadia y Carlos estaban sentados en unos sofás al fondo de un salón, cocina, comedor bastante alargado. Me costó reconocerlos porque la estancia estaba solo iluminada por esas bombillas de colores típicas de los árboles de navidad.

—Ya era hora —dijo Carlos.

—Ahí hay bebida —señaló Nadia la isla de la cocina.

—Voy a por algo —dije.




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