Por la mañana seguía dándole vueltas a lo raro que me había parecido que Lore no subiera al taxi conmigo.
¿Estaba dando demasiadas cosas por hecho?
Que íbamos a compartir taxi.
Que Víctor se habría ido a casa esperando mi respuesta a su mensaje y se habría quedado dormido...
Que si Lore no se sentía atraído por mí era por ser gay.
Me resulté insoportable en ese momento.
No era fácil vivir en mi cabeza.
Siempre buscando una explicación a todo.
Quizá por eso me costaba tanto encajar.
En cambio, con Iñaki, todo era predecible. Juntos habíamos acabado construyendo un mundo a medida donde podía dejar de hacer tantas suposiciones. Y aquel era el mejor sitio para esconder la cabeza. Un lugar en el que tenía asegurado un amigo que me apoyaba en todo. Un compañero que se preocupaba cuando estaba mal y se alegraba cuando estaba bien. Y un confidente con el que poder hablar de...
¿Todo?
Casi.
Durante nuestra relación guardé un secreto. Uno que, aún después de la ruptura, me perseguía. La familia de Iñaki era maravillosa. Me acogieron enseguida como una más. Me invitaban a las comidas familiares, me hacían regalos, incluso me llamaban directamente a mí para saber cómo estaba. La relación no podía ser mejor, sin embargo, yo nunca llegué a disfrutarla del todo. Porque siempre navegaba entre el agradecimiento y la envidia de un vida familiar que nunca tuve.
«¿Fue mi culpa?», era la pregunta que siempre quise hacerle a mi madre.
Y «¿por qué se fue?» la única que nunca respondió.
Inspiré.
«¿Cómo puedes echar de menos algo que nunca has tenido?», pensé.
Estaba tan acostumbrada a hacerme esa pregunta que ya la sentía más como un reproche que como una duda por resolver.
—Ya lo deberías tener superado —susurré sentada al borde de la cama.
Preparé el café. Era mi ritual de calma.
Abrí la cafetera italiana, sacudí el embudo en la papelera hasta que cayó el bloque del café usado. Ese sonido me encantaba. Lo puse bajo el grifo, rellené de agua la base y abrí el bote. Inspirar el aroma concentrado era mi segunda cosa favorita.
Con mis tostadas y el café con leche bien caliente delante, las revoluciones de mi cabeza empezaron a suavizarse.
Quizá Lore se marchó andando porque necesitaba procesar.
Quizá Víctor nunca fue la respuesta a nada.
Quizá Iñaki vio algo que yo no quería ver.
Sonó mi teléfono.
—¿Si?
—Bruna.
—Iñaki.
—¿Podemos quedar?
Me dolía la cabeza. No parecía un buen día para quedar con mi ex. Pero, aunque evitara pensarlo, era demasiado obvio que estaba coleccionando cables pelados que no paraban de echar chispas.
Cuando iba de camino a mi encuentro con él, me imaginé cómo sería volver. Fue un pensamiento fugaz.
Regresar a nuestro hogar.
Sentir que las cosas volvían a estar en su sitio.
Apagar la cabeza.
¿Y si descubrir la persona que era sin Iñaki no me estaba gustando?
Indecisa.
Complicada.
Insegura.
Caótica.
Entonces le vi y mi mente se silenció.
Habían pasado apenas unas horas de nuestro encuentro casual, pero no me parecía la misma persona.
A este Iñaki sí que lo reconocía
La misma mirada tierna.
La misma sonrisa nerviosa.
Creí que iba a confrontarme por lo de Víctor, sobre todo después de haberlos visto juntos. Pero cuando me dijo «Te echo de menos», algo saltó por los aires.
Llevaba semanas deseando escuchar esas palabras.
Pero no pude disfrutarlas.
Y pensé que era por Víctor. Porque sabía que, cuando Iñaki se enterara de que me había liado con su mejor amigo, las posibilidades de que quisiera volver conmigo se esfumaban. Me aferré a esa idea como si pudiera protegerme.
Por eso, cuando leí el mail de Víctor en el baño, sentí que me había quedado sin excusa.
>>Hola Bruna,
Perdona por no haber respondido a tu mensaje. Me hubiera gustado mucho aceptar tu invitación. La verdad es que me encantó verte. Y, sin duda, estuvo muy bien lo de la otra noche. No es que no quiera volver a verte. Pero todo es un poco raro ahora. No me gustaría hacer daño a nadie.
Quizá más adelante.
Un abrazo
Víctor<<
Me sentí rechazada y me fastidió. Pero más me molestó quedarme sin salvoconducto en una situación como aquella. Iñaki pidiéndome que volviéramos y yo pensando en cómo Víctor había osado descartarme después de todo.
Tal vez por eso, cuando Iñaki me acompañó hasta la puerta de mi casa, me aferré a la única manera que se me ocurrió de retroceder en el tiempo. Llegó a pasarme por la cabeza que besándole iba a desaparecer el rastro pegajoso de mi pésima gestión emocional.
¿Por qué mis emociones no me dejaban funcionar de una manera sana?
¿Por qué no sabía dejar ir?
¿Por qué tenía que vivirlo todo como si fuera mi último día de vida?
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Editado: 21.07.2026