Los Secretos

24. Herida abierta

Durante mucho tiempo pensé que estaba muerto.

Me resultaba más fácil que asumir que no quería volver.

Nunca lo conocí. Pero dejó un vacío proporcional a su cobardía.

Gracias a mi madre, hubo pocas veces en mi vida en que sintiera que mi familia no era normal. Aunque, por mucho empeño que ella pusiera, algunos recordatorios eran inevitables: un día del padre, un «¿y tu papá?» en la escuela o un baile entre padre e hija en una comedia romántica. Poco a poco, sin ser muy consciente, aprendí a evitar esas situaciones.

Hablaba poco de mi vida.

Trataba de no llamar la atención.

Esquivaba miradas.

Me acostumbré a ser la niña que no tenía padre.

La que siempre tuvo más preguntas que respuestas.

—¿Tú te acuerdas de él? —le dije a mi hermano cuando tenía unos seis años.

—Poco…

—¿Cómo era?

—No sé, a veces me vienen imágenes, como de una película que vi hace mucho tiempo…

—¿Era cariñoso contigo?

—Sí…

Esto era todo lo que me atrevía a preguntar. Lo demás lo suponía.

Aunque me asustaba crearme una imagen de él que no era real, a veces no podía evitar idealizarlo. Me miraba en el espejo y buscaba rastros suyos en mis gestos. Sabía que había alguna foto escondida entre las cajas de recuerdos que se amontonaban en un armario que nunca se abría. Una vez miré ahí. Y sí que me parecía. Sobre todo en la sonrisa.

Me imaginaba cómo sería conocerle y qué le diría. Había repetido ese diálogo tantas veces en mi cabeza que se me metió en algún sueño.

Pero durante mucho tiempo no quise preguntarle nada a mi madre directamente. Sentía que le iba a recordar algo que le haría mucho daño. Y, aunque ocurría poco, alguna vez se le escapaba un recuerdo. Como aquel día que estábamos preparando cajas para mudarnos.

—¿Qué hago con esto? —preguntó mi hermano con una figurita en la mano.

—Cuánto tiempo… Te encantaba jugar con esto cuando eras bien pequeño —agarró la figura y la miró con nostalgia.

—Es bastante feo —dije yo— ¿De dónde sale?

—Lo compramos en Suiza. Tu hermano tendría dos o tres años y se cayó en unas piedras. No paraba de llorar el pobre… lo vio en un escaparate y se le pasó… —miró a mi hermano instintivamente—. Tu padre lo compró.

Nos quedamos en silencio. Yo miré a mi hermano y él a mí.

—¡Es feísimo! —dijo y lo lanzó a la caja de cosas para donar.

Pocas veces dejó que viera su vulnerabilidad. Esta fue una de ellas. Y fue cuando me di cuenta de que lidiaba con su propia batalla emocional. A veces pienso que eso debió de unirnos más, pero pasó lo contrario.

De tanto intentar protegernos el uno al otro, al final se nos olvidó encontrar otra manera de conectar.

Todavía vivía en casa cuando cumplí los dieciocho. Y mi madre y él organizaron una comida con mis abuelos, Gemma y Lucía, y algunos amigos de la familia. Recuerdo a todo el mundo diciéndome que ya era mayor de edad y enumerándome todas las cosas que podría hacer a partir de ahora.

Sacarme el carné de conducir

Beber alcohol

Explorar el mundo

Y pensar siquiera en abandonar el ala protectora de mi madre, me erizaba la piel. Me tocaba ir a la universidad, conocer gente nueva, salir del entorno que controlaba. Y lo peor era que tenía que fingir que me apetecía.

Recuerdo esconderme por unos minutos en mi habitación mientras todo el mundo reía y conversaba. Al poco vino mi hermano.

—¿Qué haces aquí?

—Nada, ya voy.

Se sentó a mi lado en la cama.

—Da vértigo, ¿no?

No dije nada.

—Al principio cuesta. Seguro que piensas que no vas a poder —hizo una pausa—. Pero sí que puedes.

Se me atascó la congoja en la garganta.

Nos quedamos en silencio mirando a la pared.

Noté que ponía su mano sobre la mía y la agarré con fuerza.

—Tranquila —susurró—. Pase lo que pase… —apretó mi mano.

Los dos lloramos en silencio, con la mirada perdida, pensativos.

Cuando se marchó, le escondí una nota en su maleta.

Sí que puedes. Te quiero

Muchos años después, mi hijo encontró por casualidad esa nota en su cartera.

—¡Mamá, una sorpresa!— me gritó ilusionado corriendo con el papelito.

Sonreí.

«Pase lo que pase… ».




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