Los Secretos

25. Romper la norma

Huir del beso con Iñaki se sintió como reproducir patrones que venían por defecto en mis genes.

La misma sensación tuve cuando me mudé de nuestro piso. Aunque fuera él quien traicionó nuestra confianza, era yo la que le abandonaba. Y en ese momento pensé que me dolía tanto porque le quería.

Y sí que le quería.

¿Pero me hubiera enamorado de él si le hubiera conocido en otro momento?

¿Si no me hubiera sentido tan perdida al iniciar esa nueva etapa de mi vida?

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Estás pálida...

—Me duele un poco la cabeza.

—¿Quieres un paracetamol? Tengo en el bolso...

—Sí.

Agarré la mano de Nadia y tiré de ella por el pasillo del piso de Lore y Carlos. Llegamos a la habitación donde habíamos dejado nuestras cosas y ella se puso a buscar su bolso entre la montaña de chaquetas que había encima de la cama mientras yo sacaba la cabeza por la puerta para vigilar que no viniera nadie.

—Creo que van a sacar la tarta pronto...

—Vale —susurré.

—Tía, solo te voy a dar un analgésico. No creo que venga la poli —se burló.

—Ya, ya... —dije nerviosa.

—Bruna —me buscó la mirada.

—Vale —eché un último vistazo por la puerta, me senté a su lado en la cama, inspiré una buena dosis de aire y la solté —. Le he dicho a Lore que creía que era gay.

Nadia se rió.

—¿Qué pasa que a todos os da la risa? —dije indignada.

—¿Y eso es verdad? —preguntó sonriente.

—Claro —fruncí el ceño contrariada.

—¿Seguro...? —cuestionó

—Seguro, ¿qué? —respondí molesta.

—Creías que era gay, ¿de verdad? —hizo una pausa— O querías —pronunció lentamente— que lo fuera.

No dije nada. Apreté los labios y entrecerré los ojos.

—¿Sabe Lore que Iñaki y tu...?

Negué con la cabeza.

—¿Y no se lo vas a decir?

—¿Para qué?

—Para que lo sepa...

—¿Y qué más da?

—Creo que da mucho...

—No entiendo lo que quieres decir —negué con la cabeza— Además, tu me dijiste que te gusta, ¿no?

—Entonces sí que entiendes lo que quiero decir... —sonrió.

Volví a quedarme sin palabras.

¿Y si Nadia tenía razón?

¿Cuánto más podía seguir fingiendo que lo que se había creado entre nosotros no era para tanto?

—Te quieres ir, ¿verdad?

Sí que quería marcharme. Desesperadamente. Quería llegar a mi casa y esconderme tras un bol gigante de palomitas y un helado. Quizá hablar con mi madre y apagar el móvil después.

—No —me levanté—. No me voy.

«Esta vez no», pensé.

Escuchamos que empezaban a cantar el cumpleaños feliz en el salón.

—¡Vamos! —dijo Nadia agarrando mi mano.

—Un momento —frené en seco.

—¿Qué?

—¿Te gusta o no? —me atreví aún a riesgo delatarme.

—Ya sabes que cuando no me hacen caso... —sonrió pícara—. Se me pasa pronto.

Me miró con ternura y se me escapó una sonrisa.

—Va, vamos. Que nos perdemos la tarta.

—Espera —busqué mi bolso y me lo colgué del hombro—. Vamos.

Llegamos y la sala estaba a oscuras, solo se veía la cara de Lore iluminada por el fuego de las velas. Me quedé embobada observándole. Sonreía y se le habían enrojecido las mejillas. Cerró un segundo los ojos, los abrió y sopló. Hubo aplausos, vítores y un recital de abrazos. Aproveché el momento para colarme en su habitación. Tenía un regalo para él y quería dejárselo en su escritorio.

Mientras lo sacaba de mi bolso y lo dejaba encima de la mesa, escuché a alguien acercarse a la puerta. Miré alrededor. No tenía dónde meterme. Me tiré al suelo y me deslicé bajo la cama justo antes de que se abriera la puerta. Entraron dos personas, pude ver los pies. Escuché la voz de Lore.

—¿Qué querias ver aquí?

Y la voz de Dina, "la nueva".

—Tu habitación...

—Pues aquí la tienes. No es gran cosa...

Me moría de vergüenza. No quería ni pensar lo que ocurriría si me encontraban ahí. Deseé con todas mis fuerzas que se fueran cuanto antes.

«¿Y si se lían?», pensé.

«¡Y si se lían!».

Mi respiración se aceleró e intenté calmarla poniéndome la mano en el pecho.

«Por favor, por favor, por favor, que se vayan ya».

Entonces levanté la vista.

El regalo.

«Mierda».

—La tienes muy recogida. La cama hecha y todo...

—Claro.

—Sabías que iba a entrar alguien en tu habitación hoy, ¿no?

—Siempre hago la cama, ¿tú no?

—Si espero visita...

—Te has quedado sin bebida.

—Da igual, estoy bien.

—No, no, vamos a por otra...

—Estoy bien, de verdad. No hace falta.

—Ni hablar, soy el anfitrión y no quiero que te deshidrates...

Salieron. Me pasé la mano por la frente y estaba mojada.

Sacudí mi ropa y me quedé mirando el regalo.

Dudé por unos segundos en si llevármelo.

—¿Qué haces aquí?




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